Buscar a Dios entre gemidos

30 Mayo, 2017

La literatura cada vez se me asemeja más a esa taquillera del metro que está como recluida en su oficio asqueroso. Sofocada y ruca pero con las uñas siempre bien pintadas. Todos los días reparte miles de “un viaje” a una bola de sujetos sin rostro pero con anhelos de llegar sabrá dios a dónde. Algunos, por civismo, educación o simple necesidad de destacar le dan los buenos días pero para ella eso es lo de menos, diligente reparte tickets sin modificar su mueca de imperio devastado.

Naturalmente esta comparación tiene que ver con el hecho de que me mudé cerca de metro Tacubaya. Si viviera, no sé, en Coapa, andaría diciendo que la literatura es un fayuquero que vende películas pirata antes de que salgan en cine. Si me mudo a Rusia diré que la literatura es mermelada con requesón.

Y es porque la literatura está en todo, en las cosas más insospechadas.

31 Mayo, 2017

Un maestro le lee a sus alumnos un fragmento de “El mico” de Mauriac. Entre ese grupo de estudiantes está la que un día será mi novia. Cuatro años después caminamos de la mano por la calle repleta de librerías de viejo en Guadalajara. Ella compra un ejemplar de tal novela breve. La lee, asombrada. Un día que no traigo nada abajo del sobaco y me espera un viaje largo en el metro ella me dice: “llévate este”. La novela es perfecta, dura, terrible.

Nadie conoce el destino de los libros.

Me vuelco sobre cuanta novela del Premio Nobel de Literatura francés encuentro. Hasta ahora he leído tres libros suyos de golpe. No me pasaba algo así desde Faulkner. Mauriac llamaba a sus personajes “mis monstruos” y de ellos decía que “buscan a dios entre gemidos”. Esta revelación es muy poderosa. Pienso en todas las novelas que he leído en las que los personajes solicitan la ayuda divina más bien con inermes ruegos y bobas oraciones. Mauriac escribe sobre el pecado, sobre cómo es posible llegar al bien por el sendero del mal.

“El río de fuego” es acerca de un hombre inicialmente obsesionado por cogerse sólo a mujeres vírgenes. Esto, si se quiere, lo vuelve un ser humano despreciable. Conoce a Gisela, se enamora de ella. Después descubre que esta tiene una hija. Nuestro amigo “no sufría porque otro hubiera poseído a Gisela, sufría porque toda caricia le era ya conocida”. Este es un gran ejemplo de lo complejo de los personajes de Mauriac. No son celos burdos lo que apesadumbran al héroe, es la imposibilidad de mostrarle un mundo nuevo de placer a la amada. Algo así.

La que más fácil se consigue es “Nudo de víboras”. Un anciano millonario odia a la humanidad, el amor de su madre siempre le estorbó, desprecia reconocerse en los gestos de sus hijos, nunca amó a nadie, le repugnan sus nietos y las parejas emocionales que eligieron sus hijos, quiere vengarse de su mujer porque no llegó inmaculada a la noche de bodas. Es apático y grotesco. En efecto, un monstruo. Es su anhelo no dejarle una sola moneda de herencia a su familia. Así que decide buscar al hijo bastardo que abandonó por ahí para legarle a él dicha fortuna. Esto es sólo el planteamiento. De entrada uno piensa: “no tengo nada que ver con este hombre terrible”. Mauriac es tan genio que en escasas doscientas páginas nos pone del lado del ruco. De nuevo: uno llega al bien por el camino del pecado. O mejor dicho: no hay mal ni bien, sólo almas tratando de llegar a la tumba con el deber cumplido y la fe no tan magullada.

Mauriac nos hace escarbar en nosotros mismos. Es cierto: yo tampoco creo en la fallida estructura familiar. Uno puede amar paternalmente a quien sea, en eso creo. La trampa de la sangre nos está carcomiendo. Yo soy un personaje de Mauriac, soy un pecador y heme aquí jimplando por la ayuda de dios todopoderoso desde mi teclado en una oficina. Miro a mi alrededor y no reconozco la gracia divina en nada. Y eso es doloroso, otro tipo de orfandad.

Con su permiso, me seguiré ahora con “El desierto del amor”.Iconofinaltexto copy

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
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