Breve historia mundial del spoiler

spoiler_alert_doomsdaySpoiler alert: esta columna tiene muchos, muchos spoilers. Casi va a explotar.

Breve línea del tiempo

En el año 44 a.C., un adivino ciego y metiche le dijo a Cayo Julio César: “Cuídate de los idus de Marzo”. El dictador romano hizo oídos sordos a la advertencia y el mero día quince del mes le llovieron veintitrés puñaladas, que debieron parecerle un final narrativamente muy bien logrado.

En la Judea regida por el emperador Tiberius y el procurador Pilatus, Yeshua bar-Yose avisó: “resucitaré al tercer día”. Y así les arruinó la sorpresa a todos.

En el teatro de la Grecia Antigua, a alguien se le ocurrió la grandiosa idea de poner, entre escena y escena, un molesto grupo de gente llamado coro, cuya función era echarles a perder el rato a los espectadores, contándoles lo que estaba por suceder a continuación en la obra.

Según la versión de un tal William Shakespeare, en el año de 1040, un trío de brujas le anuncia a Macbeth, barón de Glamis, que será rey de Escocia. Macbeth no tolera que le hayan contado lo que seguía en la historia, así que del coraje va y mata al rey Duncan.

España, 1492. El almirante genovés Cristoforo Colombo se apresura a contarles a Fernando de Aragón e Isabel la Católica todo lo que vio en su reciente viaje a las Indias (en realidad el continente americano). Ya para qué vamos, dijeron los reyes.

Roma, 1606. Después de pintar a la virgen María utilizando por modelo el cadáver de una prostituta, Caravaggio mató por accidente a un tal Tomassoni. Alguien tuvo el mal gusto de soplarle que se había girado una orden de aprehensión en su contra y que su final sería la muerte. Conocido dicho final, el pintor italiano ya no le vio el caso a quedarse en la capital y decidió mudarse a Nápoles.

Entre 1848 y 1874, el compositor y dramaturgo alemán Richard Wagner escribe una tetralogía operística de aproximadamente dieciocho horas, El anillo del Nibelungo, basada en famosas historias de la mitología germánica. Esto apenas representa un hecho histórico, dado que los personajes y sus devenires eran del dominio popular, por lo que no tenía ya sentido ir a ver las óperas.

Reino Unido, 1932. Se publica por primera vez Brave New World (conocida en español como Un mundo feliz), novela distópica futurista del escritor inglés Aldous Huxley. Desde entonces se vive con el miedo de que las predicciones de la realidad postulada por la novela sean ciertas y entonces no haya valido la pena vivir.

México, DF, 1997. Afuera de una sala cinematográfica, un grupo de personas esperamos en fila entrar al estreno de Titanic, de James Cameron. Una amiga mía comenta lo trágico de que aquel barco se haya hundido una triste noche de abril de 1912. Un niño, desconocido para nosotros, gira la cabeza con desdén; “gracias por contarme el final de la película”, dice.

Facebook, 2013. El amigo de un amigo me reclama la inelegancia de no advertir, al inicio de una reseña sobre Lincoln ―película de 2012― que contaría el final del filme. Al respecto se ha llevado a cabo una rigurosa investigación: no existe ninguna película o libro sobre la vida completa del ex presidente estadounidense que no termine en que le vuelan los sesos afuera del teatro.

Twitter, 2014. Una horda iracunda le reclama al escritor norteamericano Stephen King haber develado, antes de la transmisión del capítulo, la muerte de un personaje de la exitosa y somnífera serie televisiva Game of Thrones, basada a su vez en una colección de libros publicados mucho antes de la producción de la serie, en la que también muere el citado personaje.

Apéndice

A lo largo de la historia de la humanidad pueden encontrarse numerosos casos de historias estropeadas por la impertinencia de aquellos a quienes les fueron reveladas primero. Este fenómeno, conocido en fechas recientes como spoiler (del verbo inglés to spoil, arruinar), causa especial escozor en las diversas esferas del gremio artístico, sobre todo en las que tienen al relato como materia prima. Con los años se ha conformado un público más o menos homogéneo que ha elevado el secreto de la historia a nivel sacro, enarbolando frases como “ya me contaste el final” o “ya me arruinaste la película”, de tal forma que todo aquel que ose revelarlo obtendrá por acuerdo tácito el título de Apestado. El Apestado suele sostener que el arte de la historia está constituido en un 10% por el qué y en un 90% por el cómo, o que un buen libro no depende de sus vueltas de tuerca, o que si ya hay un libro o cómic previo a la adaptación cinematográfica, lo que se revele de ella no constituye, lógicamente, un spoiler. Pero todos estos argumentos resultan inválidos en una época regida por los valores de la sorpresa y la impresión inmediata. Luego, el Apestado es un ser marginal caracterizado por su mal gusto y su indiscreción. La condena social al spoiler, piensa él, es un síntoma de la decadencia de la apreciación artística y de la madurez del Espectador. Pero ya nadie quiere oírlo, nadie quiere oír nada, nadie quiere saber nada.

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada