Bluets, vii (y último)

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Image by David Gray / Getty Images

215. A menudo sucede que tomamos el dolor como si éste fuera la única cosa real, o al menos la cosa más real: cuando llega, todo lo de antes, lo de alrededor y, quizá, lo de adelante, tiende a sentirse fugaz, delirante. De todos los filósofos, Schopenhauer es el portavoz más hilarante y directo de esta idea: “como regla, el placer nos parece mucho menos placentero, el dolor mucho más doloroso, de lo que esperábamos”. ¿No le crees? Él te ofrece esta rápida prueba: “compara los sentimientos de un animal que se está comiendo a otro con los del animal que está siendo comido”.

216. Hoy es el quinto aniversario, dicen en el radio, del día en que “todo cambió”. Lo dicen tan seguido que lo apago. Todo cambió. Todo cambió. Bueno, ¿qué cambió? ¿Qué reveló la pala? ¿Por quién vino? “Estoy en duelo porque el duelo no puede enseñarme nada”, escribió Emerson.

217. “Sólo nos es dado lo que el corazón puede soportar”, “lo que no te mata te hace más fuerte”, “nuestras penas nos brindan las lecciones que más necesitamos aprender”: este tipo de frases enfurecen a mi amiga lesionada. En efecto, uno estaría en un apuro al buscar una lección espiritual que requiera que alguien quede cuadripléjico. La tibia noción de que “hay una razón para todo” que sostienen sus conocidos religiosos o cuasi religiosos es, para ella, otra forma de violencia. No tiene tiempo para eso. Está muy ocupada preguntando qué es lo que, en esta forma modificada, hace una vida vivible, y cómo puede vivirla.

218. Como su testigo, yo no puedo dar fe de ningún motivo, ninguna lección. Pero puedo decir esto: cuando la observo, sentada junto a ella, ayudándola, llorando con ella, tocándola y hablando con ella, he visto la médula brillante de su alma. No puedo decirte cómo es con exactitud, pero puedo decir que la he visto.

219. Así mismo puedo decir que mirarla me ha convertido en una creyente, aunque no sé qué o en qué, exactamente, he empezado a creer.

220. Imagina a alguien diciendo “nuestra situación fundamental es jubilosa”. Ahora imagina creerlo.

221. O olvídate de la creencia: imagina sentir, aunque sea sólo por un momento, que eso fuera verdad.

222. En enero de 2002, acampando en Dry Tortugas, en una isla que es básicamente un fuerte abandonado noventa millas al norte de Cuba, hojeando un ejemplar de la revista Nature. Leo que el color del universo (lo que sea que esto signifique – aquí me parece que es el resultado de un estudio del espectro de luz emitido por alrededor de 200,000 galaxias) finalmente ha sido deducido. El color del universo, dice el artículo, es un “turquesa pálido”. Claro, pienso, mirando con nostalgia el horizonte del golfo brillante. Siempre lo supe. El corazón del mundo es azul.

223. Unos meses después, de vuelta en casa, leo en algún otro lado que este resultado fue un error, debido a la falla de una computadora. El color real del universo, dice el nuevo artículo, es beige claro.

228. Para mantener a sus amigos al tanto de los cambios en su condición, que han sido muchos, mi amiga lesionada es ahora capaz de escribir cartas mediante un software de reconocimiento de voz. “Mi vida puede cambiar, cambia”, asegura ­– y lo hecho, lo hace, a menudo de maneras asombrosas. Sin embargo, hacia el final de estas cartas, normalmente incluye un párrafo que reconoce su dolor físico constante y su intensa pena por todo lo que ha perdido, una pena que ella describe como sin fondo. “Temo que, si no escribiera sobre las dificultades bajo las cuales trabajo, estaría falseando la realidad triturada de la cuadriplejia y la lesión de médula espinal”, dice. “Así que aquí está, el párrafo que afirma rotundamente que sigo sufriendo”.

229. Estoy escribiendo todo esto en tinta azul para recordar que todas las palabras, no solamente algunas, están escritas en agua.

231. Ése mes me toqué todas las noches pensando en ti y me venía en aquella cama angosta, sabiendo todo el tiempo que estaba plantando las semillas para un nuevo desastre. El desastre no vino entonces, pero vino después. “Though six days smoothly run, / The seventh will bring blue devils or a dun” (Byron, 1823). A lo mucho puedo decir que esta vez aprendí mi lección. Dejé de esperanzarme.

232. Tal vez con el tiempo también dejaré de extrañarte.

233. Que el futuro sea desconocido es, para algunos, la manera que tiene dios de suturarnos en o al momento presente. Para otros, es la marca de la maldad, un signo seguro de que la mejor manera de entender nuestra existencia entera es como una especie de broma o error.

238. Quiero que sepas, si alguna vez lees esto, que hubo en tiempo en el que hubiera preferido tenerte a mi lado que cualquiera de estas palabras; hubiera preferido tenerte a mi lado que todo el azul del mundo.

239. Pero ahora estás hablando como si el amor fuera una consolación. Simone Weil nos advirtió lo contrario: “el amor no es una consolación”, escribió. “Es luz”.

240. Entonces bien, permíteme tratar de reformularlo. Mientras estuve viva, aspiré a ser una estudiante no de la nostalgia, sino de la luz.

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Isabel Zapata

Nació en la Ciudad de México en 1984. Estudió la licenciatura en Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la maestría en Filosofía en la New School for Social Research. Es poeta, traductora, editora y antílope.
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