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Birdman (or Who gave this son of a bitch his green card?)

Birdman! color

Birdman es como debe ser el arte, nos cuenta una historia dentro de un ambiente muy específico (el mundo del teatro en Broadway) pero que funciona en cualquier lugar del mundo, porque se sostiene en conflictos tan sólidos como universales y atemporales. Todos tenemos, en mayor o menos medida, el deseo de trascender, se trata de una angustia con la que cualquiera puede identificarse, si bien aquellos que alberguen cualquier tipo de ambición artística se verán doblemente involucrados con la situación de Riggs. La cinta es despiadada al mostrar cómo, muchas veces, los conflictos que para quien los padece representan su todo, su mundo entero, al mismo tiempo son poco menos que intrascendentes para el resto de las personas a su alrededor. Iñárritu hizo, en palabras suyas, una película sobre el ego, y eso abarca muchas cosas y puede leerse de distintas maneras; pero a fin de cuentas todos tenemos un Birdman diciéndonos pestes al oído en algún punto de nuestras vidas.

Esta podría considerarse más una película de director que de actores; por supuesto que las actuaciones son grandiosas, todas ellas (la película se derrumbaría con la más mínima falla en actuación, en fotografía, en edición), pero la omnipresente y meticulosa guía del director es clara tras cada una de ellas. En una película de este tipo resulta vital un casting acertadísimo, elaborado de la misma forma en que un cocinero excelso sabe exactamente la gama de ingredientes que resultarán en un platillo delicioso. A esos ingredientes los entremezcla en un juego de choque de caracteres; es aquí donde Iñárritu muta de cocinero a experto biólogo, pues la interacción entre la variedad de caracteres que ha soltado en el pequeño hábitat creado para ellos se desarrolla de forma impecable, completamente natural. Iñárritu, como un dios bondadoso, se preocupó por dotar de un alma propia a cada uno de sus personajes, y después, como un demonio malicioso, procedió a retorcerlas, estirarlas y a jugar con ellas, con tantas risas de parte suya como lágrimas y angustia por parte de ellas.

Otra faceta, esta ya no únicamente del director, sino en compañía de Lubezki, es la del dúo de prestidigitadores. Juntos crean, primero, la efectiva ilusión de una larga toma ininterrumpida ―que, además, no se trata simplemente de una ocurrencia sino que sirve de forma efectiva para la historia; si Birdman fuera un libro, la toma continua con sus movimientos de cámara y encuadres sería la excelsa prosa―, y dentro de ese acto de magia se mantiene siempre la que es, en realidad, la principal labor de un mago: encontrar la manera más artificialmente natural y hermosa de mostrar un acto preciso, bien planeado, que termina maravillando al público.

El ritmo es impecable, la forma en que todos los eventos se conectan entre sí, las pausas en las acciones, los diálogos, las escenas más tensas y las más ácidas, todo está distribuido de la misma forma en que el ojo experto sabe repartir las flores en un jardín monumental. Resulta muy apropiado que la película entera, incluso las escenas en la calle o en un bar, transmitan una sensación muy teatral. Teatro íntimo.

Si bien la academia decidió, por un lío de cuestiones técnicas dignas de la burocracia mexicana, dejar la música de Antonio Sánchez fuera de la contienda por el Oscar a mejor banda sonora, resulta evidente para todos que la película sería muy distinta sin esa batería tan parecida a un tigre: grácil, frenética, agresiva y bella. Si la truculenta toma-secuencia con sus encuadres y movimientos de cámara son la prosa de la historia, la batería de Antonio es la muy precisa puntuación.

Respecto a la discusión sobre qué tan “mexicana” es la cinta, En mi opinión se ha pasado por alto el elemento más fuerte y profundamente latinoamericano de Birdman: ahí podemos encontrar, de forma efectiva y elegantísima, la herencia directa del célebre realismo mágico, con todas sus letras. Esos elementos asumidos con tanta naturalidad dentro de la historia (Riggs levitando, así casual, en su camerino al inicio de la cinta, haciendo girar lentamente una cigarrera tan sólo con señalarla, elevando los pies por sobre el piso ―Remedios la Bella, anyone?) son más realismo mágico que cualquier cosa escrita por Murakami (soy fan del buen Haruki, pero sus toques fantásticos no entran del todo en la definición precisa del escurridizo subgénero, aunque ya se le considera dentro de sus fronteras). Ese realismo mágico, además, se permite bambolearse un poco por momentos, según lo necesite la historia; primero en un delirio grandilocuente ―en que se prueba que, si Iñárritu quisiera, podría filmar dos o tres excelentes películas para Marvel con la mano en la cintura― y, por supuesto, con el hermoso final, que encuentro directamente hermanado de sangre con la poética final de El Laberinto del Fauno.

Birdman es un certero e inteligente estudio de una parte importante del alma humana ―la parte de la importancia personal, de la ambición, el deseo de trascender y el deseo de que el propio trabajo sea reconocido, la necesidad de reconocimiento como forma de amor―, pero un estudio explicado con un poema. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.