una broma que nadie filma

si el libro no tiene eso, inefable, milagroso,
que hace que una palabra común, 
oída mil veces, sorprenda y golpee;
si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco,
entonces, ¿qué es un libro?

– josefina vicens | el libro vacío

todos mis días son el domingo antes de que mamá se quitara la vida, dice genaro, el personaje principal de balas en los ojos. es ~exactamente~ así como sucede. en mis pesadillas, por ejemplo, siempre son las cuatro de la tarde. siempre hay una cama de hospital, en ella siempre está acostada mi madre, flaquísima y con la piel imposiblemente gris. aún se llama patricia (su nombre es una almendra que se rompe entre mis dientes), pero ya está envuelta en un silencio cósmico y lastimoso. en mi pesadilla mi madre todavía es mi madre, pero está siempre a punto de dejar de serlo.

existen algunos momentos y ocasiones extrañas en este complejo y difícil asunto que llamamos vida, escribió melville, en que el hombre toma el universo entero por una broma pesada, aunque no pueda ver en ella gracia alguna y esté totalmente persuadido de que la broma corre a expensas suya. la repetición de emociones causada por un duelo es una ocasión así, por eso la vida de genaro es una broma que nadie filma. vivir una pérdida como la suya tiene un efecto doble: por un lado vuelve a quien la sufre un ser pequeño y vulnerable que estira sus brazos para que alguien lo toque; por el otro es algo inevitablemente íntimo, que lo aleja radicalmente del mundo y lo convierte en el árbol que cae en medio de un bosque sin que nadie lo escuche.

es en parte por esto que balas en los ojos es una novela dolorosamente acertada. su virtud está en retratar sin pomposidad ni adornos la vida de alguien que habita con una ausencia y con la hiriente necesidad de estar describiéndola todo el tiempo, la maldición del escritor. genaro –y todos nos llamamos genaro, porque todos vivimos con un agujero en el centro del pecho– está perpetuamente actuando su vida en un foro de butacas vacías:

apenas entro a la casa me pongo a llorar como un bebé. chillo y chillo. y cuando me doy cuenta de que sólo estoy interpretando a un sujeto que llora, entonces lloro más. hasta convencerme. hasta quedar agotado. y con los ojos cerrados pienso en mi madre muerte y pienso en lo abandonado que me siento.

en la contraportada del libro se habla de un vacío sentimental, de una escasa preocupación humana. creo que ése es un diagnóstico equivocado, que genaro (o, para el caso, gabriel) es justamente lo contrario: un hombre que sabe que el temor a la oscuridad es lo mismo que el temor al arma con la que su madre se quitó la vida, que persigue durante meses a una mujer para después escapar de su departamento, abrumado, con el paquete de condones sin abrir en la bolsa del pantalón. lo que encarna genaro no es el vacío sentimental, es la ~abundancia~ sentimental de alguien que sabe que el río está siempre sucio, que es siempre el mismo y que todos estamos condenados a ahogarnos en él.

mi intención en un principio era escribir una reseña del libro de gabriel que, más importante que ser un buen amigo, es un espléndido escritor. le pido una disculpa por no saber hacerlo, pero hay libros a los que más que reseñas dan ganas de escribirles poemas. espero que se dé cuenta de que esta breve nota es mi manera de celebrarlo y de abrazarlo a la distancia. ya nada más le falta plantar el árbol, tener el hijo.

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Isabel Zapata

Nació en la Ciudad de México en 1984. Estudió la licenciatura en Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la maestría en Filosofía en la New School for Social Research. Es poeta, traductora, editora y antílope.
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