Al último caudillo

Te fascinaría el mausoleo que erigieron siete años después de tu asesinato […] porque tú, de naturaleza simpática, sabrías mejor que nadie que se trata de una broma, y una muy pesada.

Permítame hablarle de tú que ya son otros tiempos.

Te fascinaría el mausoleo que erigieron siete años después de tu asesinato. No porque dos mujeres indígenas custodien la entrada con una mazorca y un mazo en las manos, ni mucho menos por los revolucionarios y campesinos representados alrededor del monumento. No son motivos estéticos, sino porque tú, de naturaleza simpática, sabrías mejor que nadie que se trata de una broma, y una muy pesada. Es un enorme rectángulo de concreto, apología de tu lucha, en medio de una colonia opulenta. Si las estatuas tuvieran ojos, podrían observar continuamente el trajín de automóviles de lujo por la calle empedrada que las rodea.

Alrededor de tu monumento, hay niños vendiendo cigarros como los que tú hacías para ganarte la vida cuando eras un infante. Justo cuando la hacienda de tu familia de Siquisiva había quedado tan destruida como actualmente está tu monumento. General, así como perseguiste a Zapata y a Villa, parece que a ti te persigue la desgracia aun después de la muerte. No vayas a pensar que las personas vienen exclusivamente a visitarte, en realidad no saben mucho del manco de Celaya. Saben que luchaste en algún lugar por alguna causa. Lo que algunos no ignoran es que en ese lugar te asesinaron.

Sentados en las bancas, hay personas de todas las edades, vienen a leer el periódico o a dormirse. También hay algunos indigentes que utilizan las esquinas del monumento para pasar la noche como si buscaran tu amparo.

El agua de tu espejo está verde y ya se alcanzan a apreciar grandes fisuras en la estructura del monumento. Aunque deberías de ver cómo lo dejaron la última vez que intentaron pintarlo. No les alcanzó la pintura, dejaron la parte superior del mismo color que el cemento. El problema es que algunos vienen a rayar sus paredes, general. Claro, no vaya usted a creer que son las viejas consignas de “Sufragio efectivo no reelección” o “Tierra y libertad”. Más bien se trata de frivolidades como “Marco, te amo. FABIS” o simples garabatos sin sentido. Porque hace ya tiempo, general, que tu prosapia se quedó sin uno.

No me gustaría contarte, cómo ha sido utilizada tu figura y la de otros revolucionarios para construir una de las maquinarias políticas más poderosas. El partido político al que me refiero se apresuró a convertir a los próceres asesinados en monumentos. Y el tuyo fue uno de los primeros, inaugurado en 1935 por el presidente Lázaro Cárdenas. Con decirte, general, que hubo un escritor peruano que le llamó la dictadura perfecta. Imagínate, el presidente electo en 1976, José López Portillo, apoyó sus discursos en las viejas promesas de la Revolución Mexicana.

Esas promesas fueron las que nunca llegaron a Feliciano Cruz, un anciano de origen oaxaqueño que ahora es el comisionado de mantener limpio el monumento. Se mudó al Distrito Federal porque su familia no alcanzó porción de la famosa repartición de tierras. Solía ser un campesino como tú, que te jactabas de serlo. Como cuando un diplomático no te reconoció en tu hacienda del Náinari. Pensó que estabas disfrazado de campesino y le contestaste: “Disfrazado estaba en la Ciudad de México, como presidente”. Pero te costó la vida la avaricia de volverte a disfrazar, cuando traicionaste a la Revolución y te reelegiste en 1928.

Te platicaba de Feliciano a quien sus arrugas le cargan más edad que sus 72 años, aunque tiene una postura impecable. Es chaparro, viste de sombrero y botas. Vive atrás del monumento desde hace más de 14 años. Ya no tiene un oído fino, pero cumple a la perfección su rutina. Tiene la obligación de abrir el monumento los siete días de la semana. Si no está abierto, se puede caminar hasta su casita blanca, donde vive con su esposa, para pedir que abra la puerta metálica y fría de tu recinto. Quienes pasan por ahí seguido, suelen llamarlo “el apá”.

Feliciano dice que gana el salario mínimo. Pero para que te hagas una idea, un salario como ése no alcanzaría para disfrutar de un banquete de mole y cabrito, como el que te ofrecieron el 17 de julio de 1928 en el restaurante “La Bombilla”. Ni mucho menos para adquirir un Cadillac como el que te llevó ese funesto martes al lugar de tu muerte. Aunque ya intuías tu destino en ese restaurante. Incluso tu amigo Juan de Dios Bojórquez se percató que tu talante dicharachero y bromista comenzó a diluirse hasta ese día.

Las esculturas de granito fueron encargadas a Ignacio Asúnsolo, quien creció en Parral, Chihuahua, localidad donde enfrentaste a Villa por primera vez. Algunos años después, Asúnsolo se dio a la tarea de esculpir el Monumento a la División del Norte que está en mejores condiciones que el tuyo. La primera vez que entraste a la ciudad de México estabas acompañado de dieciocho mil hombres; hoy no llegarías ni a los cincuenta aunque tu monumento fuera restaurado.

Pero no te ilusiones con la restauración de tu mausoleo. ¿Sabes por qué? Porque si tú hablas a la Delegación Álvaro Obregón, te dirán que el mantenimiento del inmueble es responsabilidad del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero si se te ocurre hablarles, te provocarán diciendo que no conoces la “ley federal” y que la responsabilidad es de Instituto Nacional de Bellas Artes. Y si finalmente te atreves a marcar al INBA, ellos cerrarán el círculo arguyendo, eso sí, muy amablemente, que la responsabilidad es de la Delegación Álvaro Obregón. Entonces, ahí te encargo, general.

Dice el ex coordinador general de la autoridad del espacio público, Daniel Escotto Sánchez, que eres uno de los varios monumentos abandonados en la ciudad de México. El arquitecto estuvo a cargo de la remodelación de la Alameda Central y el monumento a la Revolución, lugares que importan más debido a que la gente los visita con frecuencia. Escotto comenta que hay que tener mucha paciencia para saber qué institución está encargada del mausoleo. Recuerda que cuando quiso restaurar el monumento a la Revolución, tuvo que acudir al INBA y al INAH, pero el acceso no fue sencillo.

No todo es tragedia, general, la nueva administración de la autoridad del espacio público, ha declarado que habrá remodelación al parque de La Bombilla, sin embargo, no saben si éste proyecto incluye la restauración del monumento. Y es que no hay presupuesto, general.

Tu mausoleo es una lección de geometría básica: un rectángulo sobre una plataforma cuadrangular. Hay que subir algunos peldaños para sumergirse en un escenario que discurre entre lo lúgubre y lo decadente. Es una lástima que no puedas recorrer los mausoleos erigidos a la memoria de los narcotraficantes en Jardínes del Humaya en Culiacán, Sinaloa. Para empezar, las de ellos sí tienen flores y, a veces, son miles. Hay gente pobre que anhela tener esas tumbas como casas.

En cambio, sería difícil utilizar tu monumento como casa. A pesar de que por fuera es estrepitoso por la altura, la mayor parte de tu rectángulo está hueco. Te enfadarías porque no tiene chiste. En cambio, harías una broma sobre la estatua que te representa. El escultor, Asúnsolo, plasmó tu figura cuando todavía estabas en buena forma. Te esculpió con un bigote abundante y sin la mano derecha. Traes puesto unas botas que parecen incómodas y un cinturón sin gracia. La mirada, eso sí, penetrante, como pensando en cómo ganarle la batalla al olvido.

Si se quiere subir hay que hacerlo por unas escaleras en caracol completamente oscuras. La sensación es desesperante sobre todo porque falta el aire. Cuando al fin llegas, te percatas de que no hay nada. Feliciano deja pasar a cualquiera, así que las parejas aprovechan para subir al techo de tu mausoleo y manosearse toda la tarde. Hay otros que suben a fumar mariguana, la que sirve para financiar esos mausoleos que son más dignos que el tuyo. También se puede encontrar a jóvenes inhalando Resistol que con el paso del tiempo es igual de fatal que la pistola automática calibre 35 con la que te asesinaron.

Me falta hablarte de la parte inferior de tu mausoleo. Es igual de oscura y, como en el resto del monumento, no hay nada que ver. Anteriormente ahí se encontraba tu brazo flotando en formol como ejemplo de tu humor negro. Esa mano que perdiste en una batalla en Santa Ana del Conde. La misma mano que salió disparada como “pájaro de cinco alas” cuando alguien aventó una moneda al aire. Aquella tragedia que casi te hace quitarte la vida cuando miraste tu cuerpo desmembrado. Por azares extraños la pistola que te pusiste en la cabeza no tenía balas. Pero tu mano ya no está en tu mausoleo. En 1989 el presidente Carlos Salinas decidió que se la incineraran y pusieran las cenizas junto al resto de tu cuerpo en Huatabampo.

Después de tu muerte, los presidentes de esta nación empezaron a tener poder absoluto. Que si querían usar al ejército para asesinar estudiantes, órale ahí tienes; que si querían robarse millones, pues qué más da. Justo ese poder que anhelaste. El México de los años posteriores a tu muerte hizo de tu broma: “no hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos” su filosofía de vida.

Eres el último presidente mexicano asesinado. Lo más cercano a eso fue el atentado contra Luis Donaldo Colosio en 1994. Pero cuando lo mataron era candidato a la presidencia por parte de ese partido del que te platicaba, el Partido Revolucionario Institucional. De este hecho, tres cosas son curiosas. Colosio también era de Sonora; su asesinato, como el tuyo, jamás quedó esclarecido; y también, como a ti, le levantaron su estatua. No hemos cambiado tanto, general.

Al menos tienes la compañía de Feliciano, que se sienta a tu derecha a leer el periódico todos los días y se preocupa de que estés limpio. En ese monumento de concreto derruido concluyen tus ocho mil kilómetros en campaña. Pero si sigues siendo ingenioso, dicharachero y simpático, no te aflijas, sabrás bien que se trata de una broma. Todo es una broma.Iconofinaltexto copy

Este texto fue publicado antes en la revista Spleen Journal: [click] . 

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Daniel Melchor

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