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A un año del #NoEraPenal: trampa de indignación

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Confesión (y sin miedo)

Durante años Arjen Robben llegó a ser mi jugador favorito de futbol. Lo descubrí por allá del 2004 cuando juagaba en el Chelsea de Mourinho. Quedaba asombrado por su control de balón como en pocos jugadores he visto, ese quiebre prodigioso y predecible que tiene en la pierna zurda y sobre todo, su gusto por la velocidad.

Lo seguí en el Madrid y también en el Bayern. Tuvo goles memorables y jugadas donde yo aplaudía frente a la tele. Recuerdo con claridad ese gol en al Euro 2008, contra Francia: a pase filtrado de Sneijder, Robben toma la pelota, la esconde por instantes y la encaja en el ángulo izquierdo. La pelota recorrió por debajo el techo de la portería maravillosamente. Festejó con cara de “¿Fui yo? Lo siento”. También el que le hizo al Manchester United en cuartos de final de la Champions en 2010, una volea exquisita que brilló en el rincón de la portería de los ingleses. Su festejo fue de “tssss, ¿verdad que duele?” En fin, me gustaba mucho el futbol del holandés.

La gran simulación: el indignarse por todo

Traigo al caso a Robben no para hablar de su carrera (perdón, me cuesta trabajo no describir goles y jugadas), sino para hablar de algo que en internet puede marcarse también como un #NoEraPenal: la indignación. Bien. Tenemos por caso muchos casos: perros maltratados, desapariciones forzadas, guerras políticas, policías corruptos siendo policías, alguien que no cede el lugar a otro alguien, papás apuntando a sus hijos con un arma, conductoras desnudándose porque su selección ganó, una rata empanizada que al final fue pollo, la decepción de una película o una serie, una pésima ejecución de una obra de teatro… ¡No sé! Y ese es mi punto: la indignación en Facebook se ha llevado a tal grado que cae en el ridículo por su intención de ganarle a la realidad (ya ni es denunciarla). Como Robben, precisamente.

El día de los octavos de final, el delantero encarnó la gran simulación de su carrera futbolística. Lo sé porque durante años me aventé muchos de sus partidos. La manera mediocre (y válida) de conseguir la victoria hizo que muchos lloraran la indignación por todos lados. Chorreando angustia, diría Abigael Bohórquez. Así quedamos. México jugó un medio tiempo fenomenal, seguro, fortalecido por el calor sanguíneo y el de gradas. Al minuto 48 se puso 1-0 con ese golazo infernal de Giovani Dos Santos. Al 87 Sneijder rompió el pulso de las redes y de los que vimos ese gol. Y es aquí la parte clave: la indignación puede lograr cierto control del juego, pero nunca será el pitazo final.

Un partido amañado: la indignación como bandera

Si te indigna que alguien tome de los testículos a un perro “cumples” (uso este verbo porque la presión social exige obligaciones morales) como usuario denunciarlo en la red y compartir tu indignación; pero si te indigna que a partir de eso la gente lo siga haciendo, temo decir que la ingenuidad te ha metido un gol como el de Sneijder. Lo peor es pensar que le estás haciendo un bien al animal indignándote porque haya gente que no se indigna.

Mi escudo ante el maltrato animal es no ver esos videos, mi cobardía hacia esas quemaduras del sentimiento humano hacia el reino animal me protege, pero yo sé que en este momento le están quemando las huellas a un tigre o están crucificando a un gato o hay un festival de carne de perro. Pocas cosas en esta época harán que me sorprenda de lo que es capaz el hombre. Ya ni siquiera me espanto que haya gente que ame más a un perro que a otro humano (yo amo más a mi perro viejo que algunas personas). Esconder eso me haría Robben: simular que estamos jugando mejor escondiendo mis verdades y mis carencias. Lo que me espanta es que la gente se indigne porque existe eso.

 

Marcador temporal

Lo que ocurre en Facebook es una carrera de indignados. Todos buscamos ser el más indignado para tener el premio Nobel de Indignación. Para librarnos (egoístamente) de no pertenecer “al grupúsculo ignorante de los que no les importa nada lo que ocurra ni lo que pase”; con tal de que sepan desde nuestra biografía mental “que a mí sí me importa lo que ocurre porque me indigno y ya con eso estoy medio librado de que me tachen de conforme, malinchista, bla, bla, bla. Algo estaré haciendo, y ellos saben que estoy siendo consciente políticamente de lo que ocurre”. Otro gol. Usuario 0-2 Ingenuidad.

La indignación en Facebook, creo, es también una simulación. Un caerse en el campo frente a las cámaras para conseguir ese penal que no es. Indignarse es simular que nos importa: en una cancha como Facebook donde hay memes y vines misóginos, racistas y demás, ¿por qué sí tomarnos en serio la indignación en casos que nos duelen? ¿Por qué no al ver un video de alguien que imita a la mamá arquetípica reírnos en lugar de indignarnos, si precisamente, miles se están riendo de ella? ¿Por qué no echarnos al mártir porque haya expresiones como oktl sino hasta que el presidente del INE dice, precisamente, una burla de ese tamaño? A ver, si ya nosotros mismos, usuarios que a diario buscamos y nos aburrimos y seguimos buscando algo que nos sorprenda en pleno 2015 (cosa que ya no creo que ocurra) hemos hecho de esta plataforma la peda total de la parodia, del darle la vuelta a todo, de reírnos con toda clase videítos y memes que vistos desde otro ángulo (el tramposo: el que usamos: el que gusta para el consumo), ¿por qué tanta indignación? Si somos capaces de reírnos de más cosas de las que nos indignamos, entonces creo que es hora de aceptar Facebook como siempre lo hemos tomado: una plataforma tramposa y de espejismos. Igual que hoy yo acepto al que fue mi jugador favorito.

Indignarse es un acto hasta corporal. El gesto es primero que la rabia escrita. Cuando queremos que nuestra indignación (la tuya, la mía) sea un gol más bonito que el del otro, estamos jugando sin balón. Hoy me indigno de muchos indignados: los de ocasión, los que ya se tomaron en serio Facebook.

Cuando perdió México mi dolor fue por partida doble: contra mi equipo y con el que fue mi jugador favorito. Terminé en el baño de una taquería en profunda ebriedad, solo, encerrado en mi hedor por la pérdida y la decepción. “Indignado”, pues. Pero al otro día supe que Robben tuvo la culpa de tirarse y simular, pero el equipo nacional perdió por no matar el partido. Hasta el día de hoy, me parece muy pobre que el #NoEraPenal sea nuestro bálsamo divino, nuestra bandera curativa. Meh. Ganar bien y bonito, dice mi papá. Y no lo hicimos. (Y Holanda tampoco). Y es eso: no es culpa de la indignación, sino de qué hacer con ella. Y a mí me parece más una carrerita que una unión de equipo. El riesgo es muy alto al creer que con mera indignación vamos a meter gol, eso nos puede dejar en el baño de una taquería y llorando.

Si la indignación tiene el fin de matar el partido contra la realidad, siempre saldrá perdiendo sino hay un buen equipo. La realidad es un equipo invisible, infinito y muy, muy tramposo.

Pero de algo estoy seguro: el partido lo pierden aquellos que se indignan en silencio. Ellos ya no juegan. Ellos son goleados todo el tiempo.

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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