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40 días de cuarentena

Estoy leyendo una novela ambientada en el siglo XVI, entretenida y de buena pinta por ahora, aunque apenas estoy empezándola. Si mantiene sus virtudes ya la recomendaré con nombre y apellido, y si no, no. Lo que me importa por ahora es que está ambientada en el siglo XVI, en una posada, durante una cuarentena. Hay una enfermedad suelta en la ciudad, y como uno de los huéspedes mostró síntomas, llegaron unos soldados y encerraron a todos para contener el contagio. Nadie sale, mientras no se determine que el huésped sintomático no ha contagiado a nadie más. Hay intrigas, gente que tiene que estar en otro lado, eventos lejanos que afectan a los personajes, chismes, amores, intentos de asesinar al enfermo, y, en fin. Ya veré qué sucede. Me llamó mucho la atención el recurso de la cuarentena para echar a andar la narración. De inmediato pensé en Boccaccio (para ser sincero, en lo que recuerdo de las clases de secundaria sobre Boccaccio, no lo he leído), pero no se me ocurría ningún otro caso hasta justo ahora que pensé en Thomas Mann (a quien tampoco he leído pero vi la película). No habrá muchos ejemplos más. De la segunda mitad del siglo XX para acá, escasísimos.

 La cuarentena es un recurso muy cruel, pero efectivo. Si se aplica bien, se logra contener el brote infeccioso y que la enfermedad no se esparza por toda la sociedad. A costa de los que se quedan encerrados con los enfermos, que seguramente se contagiarán también y morirán. Mi hipótesis es que hemos desarrollado otro modo de aislar las enfermedades, y las cuarentenas ya casi nunca suceden, y por lo tanto no se escribe de ellas. Este otro método es la vacunación. Cuando estudiaba Matemáticas vimos unos modelos del comportamiento de las enfermedades (no me pida nadie que los recuerde bien), pero con un cierto porcentaje de la población vacunada la infección disminuye rápidamente, porque la enfermedad no encuentra forma de pasar de una persona a otra y a otra más. Un ejemplo extremo: si toda la gente a mi alrededor está vacunada, yo no me voy a contagiar porque no hay quien me contagie. Si hay uno más que no está vacunado es muy muy poco probable que él se contagie y me lo pase. Y así, podemos ir aumentando el número.

Pero sucede que te confías, y la gente se deja de vacunar, y, como en California recientemente, vuelve una enfermedad que había sido erradicada, porque durante muchos años a los no vacunados no les pasó nada porque el resto de la sociedad actuaba como escudo suyo. Hasta que el escudo fue débil y les empezó a dar sarampión a los niños. En Disneylandia. He aquí una idea, para el que la quiera robar: una cuarentena de miles de niños en Disneylandia. Hubiera sido muy divertido (de nuevo, a costa de los niños, pero ¿para qué no los vacunan?).

Recuerdo con tristeza la influenza en 2009. Nos tocó cuarentena, porque no había vacuna. Las calles vacías, los restaurantes con las mesas separadas y luego cerrados, los tapabocas, el miedo en el transporte público. Todavía mucho después la gente se alejaba si uno estornudaba en la calle. Cuando al fin hubo vacuna no me la apliqué. Mitad por que tenía una gripa, mitad por lo que sabía de haber estudiado los modelos (mi familia se vacunó), una pizca por indolente y otra pizca por un miedo a las agujas que en realidad creo que no existe: me da ansiedad la idea de las agujas, pero cuando tengo una enfrente no me pasa nada. Esto debería desarrollarlo mejor más tarde.

Que yo sepa nadie ha escrito ficción acerca de la cuarentena del DF. Quizá porque en vez de juntarnos a contar historias y a intrigar, como en el siglo XVI, nos pusimos a tomarnos fotos con tapabocas para el Facebook.Iconofinaltexto-copy

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Santiago Ruiz Velasco

México, D. F., 1983. Estudió Matemáticas y Letras hispánicas en la UNAM. Publica cuentos y ensayos esporádicos, riega un cactus una vez a la semana, y con lo del hijo va igual de lento.
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