'Googlear' y la desfachatez creadora

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En pleno siglo XXI, todavía hay quien piensa en la incorporación de una palabra al diccionario de la Real Academia Española como el inicio de su vida en sociedad –la de la palabra–, como si la entrada al léxico oficial fuera la fiesta de quince años con que sueña toda palabra impúber.

Como menciona una nota de ayer en El Universal (“Goglear, un verbo que podría ser correcto”), el veterano periodista Enrique Durand contó durante el VI Congreso Internacional de la Lengua Española que no cabía de la sorpresa cuando oyó a Víctor García de la Concha, ex director de la RAE y actual cabeza del Instituto Cervantes, echar mano del verbo googlear (o goglear, como prefiere el diario). Le parece asombroso que “la palabra está en camino de ser correcta”.

Es posible inferir que con “estar en camino de ser correcta”, el periodista se refiere a “estar en camino de que se le haga un campito en el diccionario académico”, y a que, mientras no sea así, googlear es, por oposición, “incorrecta”.

Se habla mucho de la elasticidad de la lengua inglesa, de su desfachatez para hacer un verbo de casi cualquier cosa, animal o bebé. Por el contrario y por razones que me son desconocidas, los hispanohablantes tenemos cierto miedo a la sobrepoblación verbal y una franca resistencia al nacimiento de nuevos verbos (acá, por ejemplo, mi texto sobre okupar). Googlear, además, padece el chovinismo lingüístico de quienes no recibieron suficientes abrazos de chiquitos y ahora miran con recelo a las palabras de fuera.

En español, sin embargo, existen mecanismos naturales para cada vez que un sustantivo autóctono tiene trastornos de la personalidad y se convierte en verbo, o cada vez que un verbo extranjero llega de turista y luego exige la ciudadanía. Estos nuevos verbos, por ejemplo, siempre pertenecerán a la primera conjugación (terminados en -ar) y nunca a las otras dos (-er o -ir). A los ya veteranos resetear y formatear, al chavorruco chatear y al imberbe y nervioso tuitear, nuestro idioma les impuso su capricho, no al revés. Todos estos se han ido colando, poco a poco en el diccionario, cosa que tenía sin cuidado a los hablantes. Pero ¿eran entonces incorrectos?

Se me ocurre otro ejemplo, derivado de la palabra más mexicana de todas (quejas, con don José Emilio Pacheco): pinche. “―Pinche Paco, ya ni la chingas. ―Mira, a mí no me pinchees, pinche Pepe.” Pinchear lo inventamos cuando tuvimos necesidad de él; puede definirse como “añadir el adjetivo pinche a un vocativo para denigrar a quien se llama o con fines irónicos”; o en un sentido más amplio, degradar cualquier cosa. Pinchear no está en el diccionario pero lo usamos con frecuencia y naturalidad. ¿Es entonces incorrecto?

Googlear (y sus alternativas goglearguglear) es, no sólo una palabra extranjera sometida a las formas españolas, sino también un homenaje, como todos los verbos nuevos, a la economía verbal: googlear siempre será más claro y expedito que buscar en Google. No seré yo quien diga si es correcto o incorrecto, términos más apropiados, me parece, para un examen de álgebra que para un idioma en cambio constante. En todo caso, en la lengua lo “correcto” está más cerca de la utilidad que del dictamen.

A los hispanohablantes nos hace falta desfachatez creadora. Los medios de contención los tiene el español desde antes de que nosotros naciéramos. Hombres necios que googleáis y no queréis aceptarlo.

Internet todavía no es gratis; enriquecer el catálogo de nuestros verbos sí. No me pincheen a googlear, de favor.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada