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Nuestra intensidad es un meme

 

jueces-fb   Al final siempre siento repulsión-después-del-asombro por los más matados de la clase. (Clase: salón, oficina, fábrica, calle, en sí la realidad). Desde primaria hasta la universidad los observé. Un 10 para mí era señal de que algo andaba mal. Los únicos dieces que me importaban jugaban en una cancha de futbol. Era muy incómodo, que en casi todas las materias los matados tenían algo que decir. Jamás he estado del lado de los jueces atrevidos que después de leer un texto, ver una pintura o una película se atreven a decir: “es que el autor no tiene nada qué decir”. Lo preocupante en estos tiempos es que no haya alguien que tenga algo que callar. Nuestro berrinche exhibicionista nos ha trascendido y cuando se toma en serio caemos en fanatismo.

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En mi vida he estado enamorado de dos matadas: Hermione Granger e Y. Y compartía con Hermione el culto y el amor por el estudio mismo. La exhibición del estudio hacía que Hermione nos resultara dulcemente perfecta. Yo me enamoré más de Y por su tranquilidad al mirar por la ventana.

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Como buen usuario de la red y de la vida, me gusta mucho quejarme. Me fascina tanto como cocinar. A decir verdad, quejarse es como cocinar: requiere habilidad, intuición y un buen sazón en la lengua para no presentar porquerías. A partir de que internet nos hizo a todos expertólogos del mundo, del tiempo y del espacio, he ejercitado un músculo que los mejores dieces en la cancha saben que es algo que puede hacer ganar el juego: la paciencia. Esto ha provocado que mi estancia en la red sea más placentera. Paciencia en el sentido de esperar mi turno, pues opinar, en el fondo, es quejarse y es necesario. Los matados de la realidad se quejan todo el tiempo; pero los tramposos de la realidad son los que prefieren observar, no por miedo a opinar, sino por miedo a cómo se vea su opinión. Recuerdo que en la universidad, en mesas redondas, muchos sólo se callaban y miraban. Al terminar, los callados parecían los más expertos. Este patetismo sigue ocurriendo en muchos sitios: es una forma de gobernar  y gobernarse bastante eficaz.

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Intensear sólo demuestra que al final todos queremos ser los más matados cuando nos sabemos reprobados en autocrítica. Intensear en redes sociales es no entender que nadie les cree que en verdad hablan en serio. Mejor exponer la belleza de lo poco que sabemos, como Y cuando hablaba de literatura medieval mientras chupaba una tutsi-pop.

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A raíz de sucesos trágicos y fanáticos, los usuarios hemos caído, inocentemente, en el juego de no aguantarnos las ganas de decir algo y peor: que el otro contemple nuestra verdad como la única real y posible, como un gol inédito. Lipovetsky afirma: “entre más medios haya menos cosas tendremos por decir”. Con la llegada de la red y el siglo XXI se han multiplicado las ventanas para gritar y ya no para ver. Opino lo contrario que los farsantes y su “es que no tiene nada que decir”: muchos tenemos algo/poquito que decir. A otros no les importa decir nada, y en estos tiempos, son vistos como aguadores. En fin, lo que decimos llevados por la pulsión robótica de los matados es, generalmente, una opinión fanática. Triste. Explosiva. Vacía. Presentamos una sopa instantánea (literalmente) cuando queremos que sea vea como una lasaña. El mismo fanatismo que nos lleva a gritar en redes sociales, si lo dejamos crecer, sumerge cadáveres. No hemos aceptado ni tolerado lo afónicos que somos en casi todos los temas. Por eso el 10 en el campo de juego se diferencia de todo el equipo: es el experto en imaginar. Pero es eso: especialista en temas de imaginación y no en estrategias de defensa. No es obligación ser especialistas en un solo campo; pero no podemos suponer que podemos jugar en todas las posiciones. Eso es creer que hemos llegado a la superioridad moral con el internet, medio/canal/género más dado a burlarse de la moral. Hacernos los solemnes y serios en temas que nos van a dejar de importar en semanas es amplificar el lugar común de evitar ser como los demás. Es jugarle al matado sabiendo que somos los arrinconados.  Hay que asumir nuestro fanatismo, no hacer como que huimos de él suponiendo que, en verdad, somos grandiosos comentando cualquier cosa. Somos memes cuando nos hacemos expertólogos: el meme antes de serlo es una tragedia. Nuestra opinión debería de depender no de nuestra intensidad; sino de nuestra paciencia para alimentarla mejor. El riesgo de que nuestra opinión se haga meme es alto porque la línea entre una opinión “real” a un berrinche maravilloso se está haciendo cada vez más difuminada.

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Recuerdo que nos burlábamos juntos de los comentarios y peleas en Facebook: el nuevo salón de clases para ver quién es el más matado. Después, ella hacía una mueca con la boca y yo sólo la miraba.

 

 

 

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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