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Medio maratón: lugar común

Comencé a correr hace dos años.

Al principio lo hice sólo para hacer ejercicio. Después comencé a correr más por gusto.

Siempre tuve claro que lo hacía porque es una actividad que disfruto, no por obligación ni por lograr un objetivo.

Cuando corro siento que mi mente se oxigena. Y de alguna manera siento que eso me alivia de nubes negras que atraviesan por mi cabeza.

Con el tiempo comencé a conocer a más personas que disfrutan de lo mismo: correr.

Me inscribí al medio maratón pensando en que sería el principio de una meta más grande: el maratón completo, 42 kilómetros.

Y antes del medio maratón hubo que cumplir metas más pequeñas: 5 kilómetros, 10 kilómetros, 15 kilómetros, 19 kilómetros.

El día que me inscribí al medio maratón sentí que le ponía fecha a un evento específico.

La ruta era elegida por la carrera, Rock and Roll Mexico City.

Salimos del hipódromo, cruzamos Polanco, tomamos Reforma de Auditorio al Ángel de la Independencia y después de regreso sobre Reforma, larga subida al segundo piso del Periférico, un kilómetro hacia el sur, vuelta en “u”, y regreso por segundo piso hasta el hipódromo.

Un total de 21.5 kilómetros.

La ciudad está preparada para ser ocupada como un escenario, como un lugar que será transitado de otra manera.

Mariachis, djs, grupos de rock, luces de colores, animadores, marcas patrocinadoras, servicio médico, cada 5 o 7 kilómetros, pequeños escenarios que acompañaban el contingente.

Yo no sé qué estaba pensando.

Creí, muy dentro de mí, que aquel medio maratón era una prueba que tenía que superar. Pero no tenía resuelto si era una prueba conmigo misma, suponía que sí.

No sabía o no dimensioné que aquello podía ser una agresión.

Muy, muy en el fondo jamás pensé lo que haría conmigo misma.

Después me di cuenta que no estaba preparada para momentos como: subir al segundo piso del Periférico y seguir subiendo en una cuesta arriba que nunca terminaba. Ya en el segundo piso, corriendo, la avenida sigue siendo una pendiente; eso nunca se nota cuando uno pasa en carro.

Los peores kilómetros  fueron el 17 y el 20.

En esa parte de la carrera, en medio del segundo piso, rodeados de corporativos como KPMG, la comitiva se hizo silenciosa, corríamos en un solemne silencio.

17 kilómetros, a nadie le parecía gracioso, ya no se escuchaban los ánimos que los mismos corredores se dan mutuamente, tales como “vamos” y “sí se puede”.

¿Sí se puede qué? Correr como locos. A eso se le sumó los angustiosos últimos dos kilómetros. Se ingresa al hipódromo y la meta de llegada no se veía por ningún lado. Resulta que todavía adentro nos hicieron correr un kilometro más. Pero en ese momento era tal el cansancio que yo creía que ya estaba muy cerca de terminar y no, no se terminaba aún.

La otra vez un chico en la oficina me comentó que el Maratón lo corrió Filípides con el objetivo de avisar que los persas iban a invadir y que se veían sus naves a lo lejos. Pero que hoy en día se corren maratones sin ningún objeto. Ahora tiene una broma recurrente conmigo, me dice que cuando vaya a correr más de diez kilómetros le avise para enviar mensajería a alguien de la ciudad y que valga la pena lo corrido.

Me da mucha risa sólo pensarlo, pero ese día del medio maratón me acordaba de eso y sentía que tenía razón.

En medio de todos, corriendo en la oscuridad del segundo piso, junto a otros miles de corredores, pensé ¿por qué estoy haciendo esto?

Sentí que era absurdo, pero más absurdo rendirme.

Era compartir una meta y propósito con otros miles. Era, también, formar parte de toda la parafernalia que acompaña el mundo del atleta: tenis, banda para portar el teléfono, licra para correr, camiseta, tiempo estimado, hurras para seguir avanzando.

Hoy, enferma, con dolor, creo que si un medio maratón me dejó en este estado, un maratón es una agresión rotunda al cuerpo. Simplemente no puede ser sano correr tanto.

Terminé sintiéndome muy mal. Con frío, con dolor, con hambre, en medio de muchísima gente que se sentía igual de mal pero que fingía la felicidad tomándose selfies con la medalla obtenida al final de los 21.5 kilómetros.

Afortunadamente Priscila estaba ahí y no compartía esa emoción. Estaba igual que yo, desconcertada y con más frío porque ella corrió sin chamarra. Queríamos huir del hipódromo pero no sabíamos por dónde salir, en ese estado teníamos que investigarlo. Salimos y vi una escena de algo que pude ser peor: corredores tratando de encontrar un taxi afuera de la sede. Al menos estaba a salvo en el carro de Priscila. Sólo hasta después de comer una hamburguesa y tomar agua, pudimos sonreír y felicitarnos por la carrera. Hablar de los kilómetros y del gatorade.

Lo habíamos hecho.

Entonces comprendí que sí había un sentido, que había hecho un pacto con ella y que desde que comenzó el año nos habíamos prometido correr.

Después, cuando desperté, enferma, cansada, agotada, con dolor, pensé en que no podía volver una actividad que disfrutaba en un martirio.

¿Por qué sentir dolor? Saber que he tenido y padecido un sufrimiento innecesario me ha quemado la mente esta semana.

Cruzar la ciudad de México corriendo es una experiencia inolvidable. Pero lo mismo puedo recorrerla en carro, de noche, observando los edificios y las jacarandas en flor. 21 kilómetros, casi 22, es mucha distancia para un par de piernas.

No es posible estar preparado.

Me siento la peor amiga del mundo por no detenerme con mi amiga, por dejarme llevar por esta sinergia de la carrera, esta energía que te obliga a seguir corriendo.

Cuando Priscila frenó debí de haber frenado. La carrera no es de vida o muerte, estábamos juntas y de pronto ya no.

Después me di cuenta que corría entre solitarios, que quizá también habían perdido a los acompañantes en el camino. Pensar el camino a solas me dio escalofrío.

La carrera en un punto era una metáfora de cuando buscamos llegar a la meta. Cualquier meta que ésta sea y debe encontrarse con entrenamiento y muchas veces con perseverancia y dolor, encontrarla a solas.

Eso era el camino: sudor en la frente, cansancio, fuerza de voluntad.

Terminé decepcionada y cansada, pero sobre todo, terminé enferma.

Mi cuerpo me dijo: no más.

Aquello del maratón es una locura, no es sano para mi cuerpo, creo, al menos por ahora, creo que nunca lo haré.

Me sorprende escuchar que las personas se sienten “otras” después de lograr este tipo de objetivos. No soy otra, sigo siendo Idalia, ahora más atenta a los deseos genuinos.

¿Qué buscaba en el medio maratón?

Esa es la pregunta que me queda en la cabeza.

La respuesta sigue siendo: no sé, creí saberlo.

Me gustaba responder: Priscila me invitó y yo acepté.

Estábamos juntas en esto. El Nike plus nos unía en la competencia por los kilómetros mensuales.

Pensé que el medio maratón era una especie de culminación de un camino que elegí hace dos años, de una actividad que me ha gustado.

El problema fue que enfermé a mi cuerpo.

Llegar a la meta siempre es una ficción.

Enfrié mi alma y ahora siento que fui víctima de una mercadotecnia que está girando en todo el mundo y que llama a “disfrutar” de la salud, aún en contra de la salud misma porque no puede ser sano correr así.

Estoy triste conmigo misma, aunque suene tonto o lugar común, un medio maratón no llenó mis expectativas, lo hubiera hecho adentro de un bosque, sin gente, sin lodo, sin escuchar una voz gringa que anima a seguir y no parar. Lo hubiera hecho sin abandonar a mi amiga a la mitad del camino.

La energía de las personas se contagia y cuando todas te empujan a seguir no importa hacia dónde uno sigue, el cuerpo responde a esa energía, no a los pensamientos, no a la razón que dice que aquello es la cosa más absurda que pueda existir.

Correr no es absurdo.

Correr 21.5 kilómetros, sí, es un poco estúpido.

¿De qué trata una meta que compartes con 15,000 corredores?

Recuerdo que cuando estaba en el Montessori el profesor de Educación Física nos ponía unas serpientes de goma en una bardita y teníamos que correr y comer una.

Las serpientes eran una especie de premio.

Aquí el gatorade era el premio cada cinco kilómetros.

La hamburguesa en el Barracuda y después dormir.

Enferma al día siguiente, enferma a los cinco días.

Ahora, aún, con una gripa terrible, sólo me queda un pensamiento: correr el medio maratón no me hizo mejor persona. Los que sientan un logro en su corazón, quizá de verdad así sea, me gusta imaginar que son farsantes, pero sé que no, sé que la gente era feliz mordiendo la medalla.

No es mi caso, no lo siento así.

Siento que le hice una agresión a mi cuerpo.

Y que el precio era recorrer la ciudad de México.

La ciudad, sigue, está allá afuera, abierta a todos, aunque no la domestiquemos en una carrera.Iconofinaltexto-copy

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Idalia Sautto

(Acapulco, 1984) Escritora, editora e historiadora del arte. Es egresada de la SOGEM y de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Su primer libro 'Una vida tan llena de esdrújulas' (Torres Editores, 2007) busca explorar una voz narrativa a través del juego del lenguaje. Su último libro es una adaptación al cuento clásico 'Barba Azul' (Conaculta, 2014). Ha publicado diversos textos literarios y académicos en revistas y sitios web. Twitter: @mariedelaos
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