De Gaza, el ébola y La Guerra de los Mundos

El 30 de octubre de 1938, miles de radioescuchas de la cadena CBS en Nueva York y Nueva Jersey salieron a las calles, entre llanto y rezos, bajo la alarma de un inminente ataque alienígena. Ésa fue la primera transmisión de  La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, a nivel masivo. Desde entonces, la anécdota se volvió memorable y la novela, por ser pionera en el tema de las invasiones marcianas, una obra de culto.

Sin embargo, cuando Herbert George Wells escribió La Guerra de los Mundos no sólo buscaba dar rienda suelta a su imaginación, sino criticar las acciones colonialistas de la Inglaterra victoriana en África, Asia y América. La novela retrata, a través de vida extraterrestre, las invasiones a los pueblos originarios, así como la construcción de la otredad para avalar una concepción eurocentrista que ha permeado durante siglos la visión del mundo.

Si bien esta obra fue publicada en el siglo XIX,  las cosas no han cambiado de forma radical en el mundo. “Marcianos” podría ser todavía un término comodín para referirse a cualquier ser ajeno a nuestra cultura (no en balde, alien también se entiende como extranjero en países angloparlantes). Porque, nosotros somos los buenos, los que tenemos la razón. Y ellos son los malos, los primitivos, las amenazas, quienes nos dan miedo. En fin, que si Wells hubiera puesto una línea en vez de la palabra extraterrestre, pudo haber sido una crónica de la historia humana.

Porque, ¿qué no el conflicto palestino-israelí es una guerra entre los mundos? No de dos masas, sino de dos religiones que buscan recuperar el pedazo de tierra que por derecho divino les corresponde. Ése que los otros les arrebataron. Y claro, en este caso intervienen factores geopolíticos, la tiranía de Netanyahu, el radicalismo de Hamás y un cáncer que se siente policía del mundo. Pero, a grandes rasgos es lo mismo. Quien puede, somete al otro; lo veja y le arrebata sus garantías individuales porque cree que tiene derecho a hacerlo para garantizar su seguridad.

En 2012, cuando la ONU aprobó que Palestina fuera reconocido como un ente, Israel fue el primero que se pronunció en contra de la acción internacional, bajo el alegato de que eso comprometía su seguridad. Lo secundó Estados Unidos, su principal proveedor de armas. ¿Por qué? Porque el reconocimiento del otro, compromete la concepción del nosotros que tanto se han empeñado en reforzar desde la creación del Estado israelí. Es más fácil afrontar una postura marcianos-terrícolas que una entre iguales, entre personas que buscan que se cumplan las fronteras establecidas desde finales de la Segunda Guerra Mundial (porque eso es lo que quieren los palestinos actualmente, no exterminar a los judíos ni provocar  otro éxodo).

Por eso, hay quienes todavía hoy aplauden las declaraciones de la opinóloga Ann Coulter, quien sugiere un bombardeo a la frontera mexicana-estadounidense y alega que a los niños en Gaza los matan porque son terroristas. Porque para quien se ubica en una postura radical, los humanos son buenos y los marcianos, malos… por mucho que todos seamos personas.

Lo que pasa con los extraños, con los alienígenas, no le importa a los humanos hasta que los alcanzan las consecuencias. En La Guerra de los Mundos, cuando las personas salieron de las cloacas para combatir a los marcianos, éstos ya no estaban ahí. Habían muerto por las bacterias humanas, frente a las que no tenían resistencia natural.

La crítica de Wells al colonialismo, podría ser en una interpretación del siglo XXI, la división entre primer y tercer mundo. Ése delgado velo conceptual “marciano” que aleja los miedos y permite una conmiseración casi paternal. Para prueba, un botón: el ébola. ¿Por qué esta enfermedad, que arrasa cada año con miles de vidas en África, no hizo sonar la alarma mundial hasta que infectó a una pareja de estadounidenses?

En menos de una semana, la ONU aprobó el uso experimental de medicamentos en humanos, por ser éticamente correcto. ¿Antes no lo hubiera sido? En 2009, con la influenza AH1N1, en dos semanas el mundo se había puesto manos a la obra y ya hasta había vacuna. No porque México sea más importante que el continente africano, sino porque estamos más cerca de los que se conciben como humanos.

Hasta que existen ataques (voluntarios o involuntarios) contra nosotros, las divisiones conceptuales dejan de ser un velo de protección y evidencian la carencia de empatía entre las personas. Sólo frente a una amenaza directa, los humanos somos capaces de unir fuerzas. Si no, Medio Oriente es otro mundo, África está en Andrómeda y hasta las zonas más rezagadas de nuestro país son territorio desconocido.

H.G. Wells publicó en 1898 La Guerra de los Mundos. Hoy, un siglo más tarde, se puede ver que no hemos avanzado tanto como especie y que, a lo mejor, para parar las múltiples luchas de este planeta, sí es necesario que venga otra fuerza para despertar la conciencia de que, pese a los intereses individuales y colectivos, todos somos personas.

@a_deyden

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