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#100HappyDays o La devaluación de la felicidad


100happydays
Para Ana Pau, que tampoco está amargada

La felicidad es un meme”, dije hace dos semanas en otra columna sobre el tema. Balbuceaba acerca del concepto artificioso y muy poco feliz que se tiene de la felicidad hoy en día, pero rocé apenas por encimita la que parece ser una de sus principales características: la exhibición.

Desde que existe el homo redes socialis, cada vez más el hacer está incompleto si no va a acompañado del compartir. Lo publico, luego existe. Un ejemplo claro es la vorágine de citas literarias de que está pavimentado un sector de las redes sociales. Otro: la reciente y socorridísima etiqueta #100HappyDays.

Es un reto: durante cien días, el homo redes socialis se compromete (no queda claro con quién) a publicar una foto o un comentario breve sobre un “momento feliz” de su día, acentuado con el hashtag (esto es importante; se debe pertenecer a la etiqueta.). De esta forma, si para el centésimo día el usuario no se ha suicidado, volteará hacia atrás la mirada y corroborará que, en efecto, no todo en su vida es insalvable. La chela con los amigos, la foto del gato, la frase epifánica de un libro malo, el pavimento mojado, cualquier nimiedad sirve como sucedáneo de la esperanza en esa caja de Pandora que es un día en la vida de una persona.

Aquí algunas consideraciones:

1) “Momento feliz” es una contradicción. La felicidad no es momentánea. Es un estado y no una reacción emocional. La palabra inglesa es engañosa: los happy days no son días felices sino días alegres, una sutileza lingüística aparentemente inocua que puede costarle a alguien confundir el café matutino con la felicidad.

2) Momento alegre = día feliz = felicidad. Tal es la lógica. Se trata de una metonimia tramposa: exaltación desbordada de la alegría o devaluación de la felicidad ―y al reducir ésta última se corre el riesgo de perderla―.

3) Para el homo redes socialis, la alegría en silencio no existe.

4) Quizá, la idea de rescatar de los escombros del día un momento alegre casa tan bien con el mexicano porque está en su genoma. ¿Qué sentíamos cuando el Chavo del Ocho conseguía por fin su torta de jamón? ¿Rencor práctico contra un sistema económico que favorece la pobreza? No: sentíamos ternura, empatía, sabíamos que el Chavo era feliz y que por lo tanto nosotros, a pesar de todo, podríamos serlo también.

5) ¿Cuándo a un mexicano se le pregunta si es feliz, qué contesta?

6) La exhibición del momento alegre, en muchos casos, sirve además a otros rubros de la autosatisfacción. Por ejemplo: si mi happy moment de hoy fue la biografía de Remedios Varo junto a una tetera de La maison du thé en Álvaro Obregón, probablemente no estoy diciendo nada más “esto me hace feliz”, sino “esto soy, mírenlo”.

7) La idea del reto como generador de felicidad coquetea con la de objetivo empresarial: si cumples el reto eres feliz; si no, un mediocre.

#100HappyDays constituye, creo, un muégano de falsedades. No dudo la legitimidad de algunos que coleccionan momentos alegres, e incluso buscan hacer partícipes de ellos a sus conocidos; es una práctica sana siempre que no sea desesperada. La necesidad de exhibición, no obstante, es cada vez más un pan cotidiano que se endurece con los días, y suele pasar inadvertida porque estamos acostumbrados a una realidad de eco visual. Quizá una prueba de su calidad de constructo chafa sea el surgimiento de #100CrappyDays, una respuesta irónica, una válvula de escape al bombardeo de la felicidad con bótox.

Por otro lado, nunca ha estado prohibido hacer públicas las alegrías. La gente ya lo hacía, de forma más natural, sin la etiqueta, sabedores de que la felicidad no cabe en un post. O en cien.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada