Una breve reflexión esotérica a partir de Ariana Grande


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Los pasados 12 y 13 de julio, Ariana Grande dio dos conciertos en la Ciudad de México, como parte del paso de su Dangerous Woman Tour por Latinoamérica. Para el público ajeno al fandom de la cantante, lo más sonado de esta gira fue el atentado terrorista del que fue blanco en Manchester, donde murieron veintiséis fans de la cantante al estallar una bomba de clavos al final del concierto. El atentado atacó uno de los sitios donde, hasta ese momento, la gente habría pensado que podría encontrarse lo más alejada posible de ese otro lado de la realidad: un concierto pop en un estadio, con un público mayoritariamente juvenil. Las opiniones a nivel mundial abarcaban un espectro muy amplio, desde los que lamentaban profundamente lo sucedido hasta quienes pensaban que se exageraba la tristeza cuando aquel incidente se comparaba con, por ejemplo, lo que sucede cada semana en Medio Oriente. Lo que resultó en concreto de la tragedia fue que, poco después, Ariana Grande organizó un concierto masivo benéfico para los sobrevivientes heridos y las familias de los fallecidos, en el concierto participaron muchos otros cantantes y, en total, la concurrencia fue considerablemente mayor a la que asistió al concierto de Ariana donde explotó la bomba. Ahora bien, es cierto que el motivo del concierto en un sentido práctico fue la beneficencia, pero me parece que el evento también tuvo una fuerte carga simbólica que es lo que motiva estas líneas.

En su libro El regreso de las Águilas y los Jaguares, Velasco Piña opina que una de las medidas necesarias para ayudar a combatir el descontrolado y maligno ambiente criminal en el país es, además de varias cuestiones en cuanto a logística, añadir factores de fuerte carga simbólica y esotérica. Propone marchas de fuerzas militares y de marina, marchas solemnes e impresionantes en rutas específicas porque eso ha de generar un efecto similar al que buscan los brujos y chamanes que cada cierto tiempo realizan caminatas relativamente discretas por determinadas rutas en la Ciudad de México (no solamente brujos y chamanes mexicanos, sino también de Sudamérica e incluso místicos de Oriente). Velasco parte de la premisa de que nuestro país cuenta con una poderosa carga espiritual que, a través de los años, ha sido a veces poderosamente blanca y a veces atacada por influencias oscuras (su recuento de aquellos hechos históricos es sumamente interesante), a partir de esto explica que determinadas demostraciones públicas con un trasfondo positivo o negativo en sus intenciones pueden influir la situación terrenal de una región, una población o todo un país; cita la derrota del ejército napoleónico ante “el general invierno”, devenido de los rezos día y noche del pueblo ruso bajo instrucciones del zar Alejandro I, o el tifón que, a partir de los rezos multitudinarios en Japón, hundió en el siglo XIII a los barcos mongoles que transportaban un ejército sediento de destrucción. Menciona también la relevancia que tuvo el ejército zapatista en 1994 como una moderna guerra florida, una fuerza simbólica.

A esto me refiero con el otro lado del concierto One Love Manchester, organizado y encabezado por Ariana Grande y apoyado tanto por muchos otros cantantes como por miles de personas en el público, todos reunidos en un mismo sitio con la emoción de ver a sus artistas predilectos pero, además, conscientes de cuál había sido el suceso por el que ahora se hacía ese concierto de proporciones masivas. Tan enorme concentración de emociones en un evento armado deliberadamente como un tributo a las víctimas y, a la vez, una respuesta al ataque, forzosamente habrá resultado en un ritual con una fuerte carga que era absolutamente imprescindible; poco antes del concierto, en Italia hubo una fatídica avalancha humana entre fanáticos futboleros detonada por una falsa alarma (algo tronó y la gente temió que hubiera sido una bomba), el ambiente en Europa era de un profundo miedo porque, tras el atentado en Manchester y ataques aislados en las calles en pleno día, el terrorismo había conseguido eso mismo que busca y por lo que se le nombra: temor. Poco después del atentado en su concierto, tras reponerse de un profundo estado de shock, Ariana publicó una carta en la que remataba diciendo “La es algo que todos en la Tierra pueden compartir. La música está para curarnos, para unirnos, para alegrarnos. Y eso es lo que continuará haciendo por nosotros. Vamos a continuar en honor de aquellos a quienes perdimos, sus seres queridos, mis fans y todos los afectados por esta tragedia. Permanecerán en mi mente y mi corazón todos los días y pensaré en ellos en todo lo que haga durante el resto de mi .” Ahí está la clave para ese concierto, el poder curativo. El día de One Love Manchester, la gente encontró una muy necesaria manera de cerrar un círculo, la manera de enfrentar directamente lo que había sucedido y emprender un proceso de sanación. Cuando el final del concierto Ariana cantó su propia versión de Somewhere Over the Rainbow, dedicada a las víctimas del atentado, interrumpiendo la canción a la mitad por un llanto espontáneo al que se sobrepuso para terminar la canción, nos encontramos entonces con el clímax de ese ritual en el que miles de personas (ni siquiera estoy contando a los millones que vieron la transmisión en vivo, ahora me interesa concentrarme en quienes estuvieron físicamente en el lugar del concierto) también recordaron, también lloraron y, sobre y debajo del escenario, emanaron todos algo que era necesario para contrarrestar el abominable éter que había dejado el ataque.

Desde luego los graves conflictos globales (ya no pensemos en los ataques terroristas en Europa, pensemos en las guerras de Medio Oriente, la constante amenaza de Corea del Norte, la desgarradora situación en que se encuentra Venezuela, la larga lista de problemas en nuestro propio país) no van a resolverse simplemente a base de actos rituales, simbólicos y con una gran fuerza esotérica, pero sí son un aspecto muy necesario como parte de un combate completo a los problemas de naturaleza evidentemente maléfica, algo necesario para complementar las medidas prácticas que hay que tomar al respecto; buena parte de su relevancia radica en que, como la diplomacia de la alta política y los grandes intereses monetarios internacionales están fuera del alcance del 99.9% de los mortales como nosotros, actos simbólicos (siempre y cuando sean honestos, repletos de una profunda emoción personal) como el arte (hecho por una persona o un grupo delimitado de personas) o rituales multitudinarios (marchas bien planeadas, conciertos masivos, eventos que reúnan grandes cantidades de personas por la misma causa y compartiendo un sentimiento en común) son algunos de los medios al alcance de la mayoría de las personas y, por supuesto, sin reemplazar una cosa por otra, sino como una manera de complementar las cosas terrenalmente prácticas con las que se puede ayudar combatir a diversos problemas sociales a nuestro alrededor.

No olvidemos que lo que rige al mundo no son únicamente las cosas banales que vemos todos los días, sino que existen más cosas, de enorme poder, influyendo todo el tiempo en nuestra realidad y en el desarrollo de los detalles más pequeñas y en los asuntos más grandes; nosotros podemos estirar una mano para hacer algo en ese mismo plano, de modo que es mejor hacerlo a consciencia y con las mejores intenciones. Los rituales multitudinarios tienen una fuerza excepcional, y el arte es una magia realmente poderosa. 

 

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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