Un México sin “México” para los mexicanos

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En plena campaña electoral, el ex presidente Felipe Calderón conminó a combatir “el prista que todos llevamos dentro”. Sin ironías de comentarista mediático, la afirmación del mártir cristero es una verdad irrefutable. La cultura política mexicana es deudora tanto del nacionalismo revolucionario como del catolicismo ibérico y el pluralismo indígena. Sin embargo, para combatir este mal endémico tendría que borrarse gran parte de la identidad históricamente adquirida, el código genético que identifica como sinónimos nación y cultura, Estado y legitimidad. México es una invención (PRI)ista. Esto último lo sustento no como un romántico malhumorado, sino como un dato primario para una sociología de los dispositivos culturales. México es, ahora, una reinvención PRI(ista) porque “lo hecho en México por el PRI está bien hecho”, porque “más vale priista conocido que nuevos por conocer”, porque “el que no tranza no avanza…si prefiere morir por la panza”, porque “Calderón que se duerme se lo lleva lo corriente”. El fracaso de la transición democrática es el máximo triunfo del partido hegemónico.

No me malinterpreten. No soy uno de los “mandarines de la transición”, quienes destacan que el PRI construyó la mayoría de las instituciones decentes de la nación —por ser el partido único algo tenía que construir— ni tampoco soy un “alma bella” que confunde la democracia parasitaria con los parlamentos nórdicos. No. Lo que afirmo es que México como producto simbólico es resultado de la cultura política construida por el PRI durante décadas. Verdad tan irrefutable como el dogma de la revolución. Es más, México es el hijo pródigo del PRI ya que, como escribió Paz, es producto de la chingada: violación primigenia que confina a la soledad, a la bestialidad civilizada, a los residuos soberanos de las liturgias carismáticas. México es una defecación (PRI)stina, una eyaculación (PRI)mordial. ¿A qué obedece esta conciliación de los opuestos? ¿Por qué es compatible el ogro filantrópico con el guarura pacifista, la justicia corrupta con la democracia constitucional?

La cultura política mexicana —barroca, católica, desmesurada— es el dispositivo cultural que el partido hegemónico consolidó mediante un populismo mediático produciendo con esto una democracia con síntomas post-dictadura, un autoritarismo electoral basado en viandas clientelares. Una cultura política híbrida, mestiza, anómala, cabeza de hidra, que del vicio enarbola virtud y que de la necesidad origina plusvalor. México inventó el PRI y el PRI inventó México, aporía irresoluble para nuestra identidad quebradiza. La confusión es mayor si pensamos que este device estuvo codificado tanto por el aparato político-económico de la república federal como por la república de las letras: el ideal arielista de un Vasconcelos, el helenismo tropical de Alfonso Reyes, el cripto-surrealismo de un Octavio Paz y, posteriormente, todo el residuo krausista en la que las Letras libres ya no tienen Vuelta atrás debido a ese Proceso sin Nexos. México es una sublimación (pri)ista, una introyección de los devenires de la revolución democrática. La revolución permanente cedió los derechos a la permanente institución: las liturgias del poder (pri)stológico. Para construir “México” es necesario aniquilar México: un México sin México para los mexicanos. Por ello, los nostálgicos que afirman que “México está muriendo” es una falsa agonía; por el contrario, el síntoma de que México no perece es porque México goza de buena salud, ya que a pesar de la violencia, el desempleo y los cercos en el Congreso de la Unión, la fuerza simbólica del régimen permanece estática. Matemos de una vez por todas al priista que llevamos dentro aunque, para ello, necesitemos del incesto, las violaciones y quizá de la democracia. Iconofinaltexto copy

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Ángel Álvarez

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