Un breve comentario sobre Frank Miller

El invitado de honor en la pasada convención La Mole fue una leyenda viviente: Frank Miller. El autor ha desatado polémicas de todo tipo y muchas han sido considerablemente densas; sin embargo, su posición decisiva en la historia del comic y su talento artístico y narrativo son indiscutibles.

La edición número cincuenta de La Mole significó la primera vez que Frank Miller vino a México, se pusieron en preventa los boletos para tener una firma o una fotografía con él; no pude conseguir un boleto a tiempo pero, de cualquier modo, asistí a La Mole junto con dos amigos. Hicimos fila acompañando al que sí había comprado un pase para obtener la codiciada firma.

Miller no estaba dentro de la convención en la planta baja del WTC, sino que lo instalaron en la planta superior, en un área bien cerrada, de modo que la gente que esperaba su turno (o cualquier curioso que pasara cerca) prácticamente no tenía manera de espiarlo siquiera; la entrada y la salida eran estrechas y varios miembros del staff se movían constantemente para bloquear la vista. Junto al par de estrechas entradas a la cueva de Miller se acomodaban dos filas de gente para recibir firmas y tomarse fotografías respectivamente, la idea era ir intercalando un bloque y un bloque cada cierto tiempo. Nosotros tres estábamos en la fila de las firmas, entre gente que llevaba ya en sus manos los comics donde querían recibir la rúbrica del maestro. Mientras esperábamos sopesábamos la posibilidad de que, mientras aquel de nosotros que había pagado la firma se acercaba a la mesa, quizá los otros dos podríamos entrar y, quedándonos atrás, muy quietos y muy callados, podríamos por lo menos ver a Miller con nuestros propios ojos (siempre hay algo de revelación cuasi mística cuando se tiene la oportunidad de observar en vivo y sin nada de por medio a una celebridad de cualquier tipo y a la que se admira por cualquier cantidad de motivos: aquella epifanía de darse cuenta de que, en verdad, se trata de una persona real que existe en nuestro mundo). Mientras hablábamos sobre esta posibilidad y otros asuntos, miré en derredor; algo así como nueve de cada diez personas llevaba para firmar un comic milleresco relacionado con Batman, aparte de eso las únicas excepciones que pude ver fueron un comic de 300, un compendio de Daredevil y un sujeto con el tomo de Ronin. Desde luego, Batman es Batman, pero hay más cosas que considerar sobre Miller; especialmente me desconcertó la descomunal ausencia de Sin City (que no encontré, en forma impresa, presente en la fila; aunque, más adelante, alguien llevaba puesta una playera con el logo del comic).

Cuando tenía yo alrededor de once años llegó a mis manos el par de tomos en que por ese entonces editorial Vid publicó la historia Una dama por la que mataría. Ese momento cambió por completo mi manera de ver los comics y, de hecho, significó un momento vital en mi manera de ver el mundo creativo en general. En ese momento yo no tenia idea de quién era Frank Miller más allá del nombre en la portada de todos los tomos siguientes de Sin City (antes de ver cualquier foto suya, me lo imaginé como una especie de Marv de carne y hueso), no sabía qué antecedentes tenía ni cuál había sido el peso que tuvo su obra en la industria, todo lo que yo sabía era que me encontraba completamente impresionado por lo que estaba leyendo. Con Sin City se forjó mi entendimiento de un comic de autor y catapultó radicalmente mi noción de todo lo que podía hacerse en el formato (más tarde la chispa detonada por Sin City fue avivada por los comics de Hellboy y Arkham Asylum, especialmente). Además, los dibujos de Miller se volvieron un pilar personal: su poderoso claroscuro, sus trazos viscerales, sus personajes con aspecto de deidades mitológicas en atuendos y escenarios urbanos. De ahí fueron los primeros dibujos que intenté copiar deliberadamente para entender de dónde venía cada línea y cuál era la lógica detrás de cada composición. Guardadas las abismales proporciones, Miller se ha mantenido desde entonces como una de mis influencias personales más profundas en cuanto a dibujo (junto con Mignola, Campbell y Bachalo). Las historias narradas en Sin City siguen siendo, a la fecha, mis preferidas de todo el noir. Poco después llegó la película a cargo de Robert Rodríguez, después la adaptación a 300 hecha por Zack Snyder, ambas tuvieron fuertes resonancias personales como joyas, además de que guardo con cariño las idas al cine con mi padre a ver ambas cintas, especialmente con 300, que dentro de mi mitología personal es un elemento importante compartido con mi papá, porque desde antes de estrenarse la película y antes de saber que existía el comic, la historia de los espartanos era una de las que más disfrutábamos, mi papá contarme, y yo escucharle; 300 aumentó para mí la importancia de Miller e inició mi admiración por Zack Snyder (a quien seguiré defendiendo sin importar cuántos críticos se le lancen a la yugular).

Pronto el trabajo de Miller se volvió para mí no solamente algo que admirar sino, además, algo a lo que aspirar. Su arte cambió mi mundo y tocó para siempre el futuro de mi propio trabajo, al menos en la forma en que yo lo percibo, internamente.

En La Mole, cuando llegamos delante de la fila, nos dijeron que no había manera de que entrara nadie que no fuera la persona que había pagado por la firma. Uno entraría y los otros dos tendríamos que esperar afuera.

“Muy bien, ¿sabes qué? Yo lo que quiero es tener la firma y guardarla, sé que ver a Frank Miller en persona y hablar con él significa mucho más para ti, así que pasa tú para darle a firmar mi comic”.

En una fracción de segundo de pronto era yo quien estaba del otro lado de la entrada, con un comic entre las manos y a unos pasos de Frank Miller. Cuando me acerqué a la mesa, me recibió con una amplia sonrisa y los ojos refulgentes detrás de sus gafas. Me ofreció la mano para saludarnos, la misma mano que había dibujado montones de imágenes que me habían embelesado durante horas desde mi niñez. Con la voz saliéndome a tropezones por los nervios le dije cuánto había significado su trabajo para mí y él, el de la mente repleta de historias oscuras, sonrió como un jovial Santa Clós al escucharme. Dijo que le alegraba mucho escuchar eso y añadió que mi playera (con un diseño a plastas de Wonder Woman) era magnífica. Firmó el comic, nos despedimos estrechando manos nuevamente y, en cuanto me alejé unos pasos de la mesa, tuve la certeza de que unos momentos antes había atravesado un portal para pasar de un universo a otro y que, ahora, volvía a cruzarla de vuelta a mi universo natal.

De aquel día no obtuve una firma ni tengo fotografía alguna, pero en realidad eso es lo de menos, totalmente lo de menos, lo que obtuve fue la invaluable oportunidad de conocer a una de las personas que, creativamente, han sido más importantes en mi vida, aquel fue el tesoro que salió de La Mole este año. 

 

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.