Tríptico de lunares

Me gustan los lunares de tu cara, Alejandro.

Quiero escribir sobre ellos.

 

1.

Cuando era niña mi mamá solía señalar en mi brazo derecho un lunar café. Lo hacía al abrigarme o cuando estiraba el brazo para tomar la sal en la mesa. Se trata de un pequeño pixel cuadrado que se reproduce de forma exacta en el brazo de mi madre. A los cinco años era la prueba de que mi existencia provenía de esa mujer. Con el tiempo entendí que el parentesco es más complejo que compartir lunares pero, en ese momento y durante muchos años, ese pixel, apenas de un milímetro de diámetro, era mi acta de nacimiento.

2.

Recuerdo que mi abuela era una mujer rubia de ojos azules que no tenía en su memorándum ser políticamente correcta para juzgar y sentenciar a los que no eran de su mismo pantone. Yo misma pertenecía a ese sistema de castas particular que me reducía a lacaya por el color de mi cabello. Mi abuela tenía como lema “la blancura es la mitad de la hermosura”. Esta frase se quedó grabada en todos los registros de mi inconsciente. Y de vez en cuando brinca en la realidad. No me asusto, me gusta tenerla presente.

3.

Conocí a Alejandro en la cena de año nuevo. Bailó solo toda la noche junto al estéreo. Yo bailé junto a él con una chica. Tenía más ritmo que nosotras. Nunca más lo volví a ver. Hace una semana apareció en mi de nuevo. Y su piel me hizo recordar la descripción formal de una princesa de Walt Disney, en donde la belleza radica enteramente en su físico; su piel blanca como la nieve y su pelo negro como alas de cuervo. Qué bendición que la frivolidad sea parte de nuestra educación sentimental desde niños. Alejandro tiene lunares en su nariz y en sus mejillas. La tez se hace más blanca hacia sus hombros. He descubierto que hay al menos cuatro lunares que pertenecen a la misma familia aunque estén habitando partes diferentes de su cuerpo.

4.

Esta es la primera vez que escribo sobre lunares porque soy una extranjera en ese territorio. Nunca fueron una referencia física de mi cuerpo. Nunca formaron parte de mi vida para convertirse en un tema. Una vez leí un ensayo de Jazmina Barrera en donde describe los lunares como “pequeños incendios en la piel”. Cuando la conocí en persona me maravillaron los lunares de su rostro. Y envidié no poder tener esas referencias en mi cuerpo. No poder crear un diálogo. Sólo destapé mi brazo para verificar que aquel pequeño lunar que mi madre me señalaba seguía ahí. Descubrí con sorpresa que había otros dos lunares un poco más pequeños que habían surgido como satélites de aquel primero.

5.

Quiero tener un tríptico de lunares, sólo de aquellos que me obsesionan y que admiro. Los quiero en un formato de 20 por 20 centímetros como impresiones en retoque de grano y en tinta azul. Con marialuisas blancas de cinco centímetros y enmarcados en caña patinada de pulgada y media. ¿Cuántos lunares tienen las personas que deseamos? Quiero la numeración exacta de cada lunar. ¿Cuándo dejan de aparecer? ¿Son como aquellos dibujos que había que trazar siguiendo los puntos? Ahora quiero descubrir cuál es la figura que está escondida en esa marcación. Qué más. Sólo eso. Pero qué más. No hay más.

@mariedelaos

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Idalia Sautto

Idalia Sautto

(Acapulco, 1984) Escritora, editora e historiadora del arte. Es egresada de la SOGEM y de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Su primer libro 'Una vida tan llena de esdrújulas' (Torres Editores, 2007) busca explorar una voz narrativa a través del juego del lenguaje. Su último libro es una adaptación al clásico 'Barba Azul' (Conaculta, 2014). Ha publicado diversos textos literarios y académicos en revistas y sitios web. Twitter: @mariedelaos
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