Mirar por la ventanilla está sobrevaluado. Las carreteras de México ofrecen paisajes que siguen recordando las descripciones de Humboldt. Nopaleras. Bosque. Selva. Calor y frío. Nube blanca sobre un cielo azul.

taxco 5—Es como la montaña mágica —dice Óscar David.—Estamos reunidos aquí como si estuviéramos enfermos.

Ingresamos al hotel como esquiadores profesionales, sin nieve y sin pista pero con risco y cascada, por un teleférico de cuyo mantenimiento todos dudaron si alguna vez protección civil ha estado al tanto.

Y por todos quiero decir el talento nacional que se reunió en Taxco con motivo del segundo encuentro de Jóvenes Creadores. Si fuera una película de Woody Allen alguien tendría que morir, o perderlo todo, o psicoanalizarse al grado de dudar de cada paso. Tres días también es buen tiempo para que transcurra un thriller. La película inicia cuando todos llegamos a Taxco. Procedentes de diferentes lugares de la república. Ahí estamos haciendo fila para que nos asignen habitación.

Después tomamos el teleférico y nos asombramos de lo bello que es Taxco. Todavía no sabemos que ocurrirá una tragedia. Sólo tenemos la descripción de los personajes. O sea de los posibles asesinos.

Óscar David es el único que usa hebilla, bota vaquera y sombrero. Ajúa, dijo en su idioma. Gabriela usa sus propios tatuajes como outfit y unas Dr. Martens rojas. La pienso con sus lentes oscuros y su playera de los Melvins y me dan ganas de cantar It’s only when I lose myself in someone else, that I find myself. Paulina con su maleta de Adventure time en la espalda. Adrián llegó después. Siempre hay alguien que entra en un segundo tiempo. De Adrián diré que es editor. Se acabó. Ese es el perfil de los personajes.

—De pronto, en el segundo día del encuentro, aparece el cuerpo de alguien en la alberca del hotel.

—¿A quién matarías?

—Supongo que a René Roquet.

—Ay qué aburrida, mejor a Fabre. Más simpático, más interesante.

—Pero los de medios alternativos a lo mejor no conocen a Fabre, y al menos Roquet es una constante de todas las disciplinas, todos sabemos que es el director del FONCA.

Salgo a mi balcón y observo cómo la neblina blanca desenfoca las luces del pueblo.

Eso es Taxco. Pero aquí sólo estamos encerrados en el hotel. Veremos las mismas caras todo el fin de semana. Seremos amables, condescendientes y buenas personas. Así pasan dos largos días. Desayuno, taller, comida, taller, cena, fiesta. En ese orden, no ocurre nada fuera de lo establecido. Ya conocemos las bromas de los simpatías del grupo. Ya no es chistoso hablar mal de los poetas. Ya se dijo todo desde el primer encuentro.

*

taxco 6Nuestro último día en el pueblo lo ocupamos para salir de nuestra montaña mágica. En julio Taxco tiene el olor de los árboles de guayaba dulce, ese fruto que se cae y comienza a madurar hasta llenarse de hormigas. Hay cerezas y limones tirados en el piso. Aquí no hay una clase de personas, todos son turistas, entre nacionales e internacionales, el pueblo sólo vive para dar tours a las iglesias y vender plata.

Metidos en un Volkswagen Sedan bien apretados y al grito de Ximena Sariñana cantando Mis sentimientos nos internamos en el pueblo mágico de Taxco.

Los vochos me recuerdan mi infancia. Y al menos durante mis primeros años de vida la carretera vieja a Acapulco tenía una escala en Taxco. Siento nostalgia de esos viajes. Cuando viajaba en el maletero del Sedan.

Bajamos del taxi y de inmediato nos acechan vendedores y hombres con menú de comida en mano ofreciendo las mejores enchiladas y los mejores precios.

*

El centro es un nudo de calles empinadas y estrechas. El pavimento roto se mezcla con las piedras. Las casas uniformadas de blanco, las esquinas raspadas por carros, las máscaras del jaguar de guerrero, de viejitos y calaveras cuelgan afuera de las tiendas, las máquinas de Street Fighter sirven con una moneda de cinco pesos, Juan Ruiz de Alarcón y Cuauhtémoc desembocan en Santa Prisca, epicentro del turismo. Señoras que pasan los ochenta años y que tienen el cabello trenzado hasta las rodillas venden aretes de plata por veinte pesos y separadores de libros por cinco.

taxco 2Nos paramos frente a la portada de Santa Prisca. Lo hacemos como moscas dirigiéndose a un foco. Aquí la tienen, en vivo y a todo color, esto se llama siglo dieciocho. Mientras Mozart componía en Viena La flauta mágica, algún grupo de indígenas en Taxco acataba las órdenes de un español y un francés para construir, a capricho de los europeos, una parroquia que contiene nueve retablos, un coro y por qué no, todo, todo, pero todo con acabados en hoja de oro.

Al igual que la carretera que lleva al pueblo, entrar a Santa Prisca es nuevamente sentir el vértigo del barroco sobre barroco. Qué más podía soñar un francés que no conoció la Torre Eiffel pero que puso todo su genio en mover de lugar las torres de la parroquia y en darle movimiento a la arquitectura.

¿Qué miro?, ¿el ángel, el santo o el cristo? ¿el pezón rosado de la virgen que, entre tantos personajes, nadie se ha detenido a fotografiar? ¿la concha de la vieira en donde debería de existir un dintel y un tímpano?, ¿la flor de la cornisa, el fuste helicoidal, el capitel compuesto?, ¿el órgano?, ¿el dedo que apunta el arcángel? Es abrumador tener tanto oro y tantos ojitos de ángel mirando en diferentes direcciones en tan pocos metros cuadrados. Espero que sus arquitectos hayan sentido la divinidad de su obra. Espero que los creyentes sientan cómo se les enchina la piel cuando la soprano canta desde el coro el Ave María. ¿Escuchamos al guía o lo ignoramos? Para qué enterarnos si al final el barroco nos consume varias rayitas de batería solo con tener el cuerpo quieto frente a uno de los retablos. Salimos corriendo de la capilla.

*

La parte bonita de hacer un tour en grupo, aunque solo somos cuatro, es que tenemos que elegir a dónde caminar y qué prioridad queremos darle a cada lugar. Tenemos hora y media para turistear y hacer nuestras compras de pánico.

Gabriela dice que ella de ninguna manera hace compras de pánico.

Ir a Taxco es sinónimo de ir a comprar plata. Los dijes están divididos por motivos florales, oficios, perfumeros y cruces.

—Son escritores —le digo a una vendedora del mercado.

—También tenemos la máquina de escribir y la pluma fuente —me dice sonriendo.

Así es; entre el diente y el compás hay una máquina de escribir. Qué bien, en Taxco los escritores tienen el mismo peso que un dentista y un arquitecto. Nos quedamos horas observando cada arete y cada anillo. Se escucha un disco de Maná.

Adrián canta Rayando el sol. Y yo lo odio con la mirada.

—Bien que te las sabes, sólo que te da vergüenza cantarlas.

TaxcoAretes, dijes, cadenas, etc. Y entre todo una cuchara de plata. Preciosa. Me compro la cucharita de plata. Recuerdo la que tenía el Negro, ¿era de plata? Quiero comprar otra para Graciela pero sólo hay una. Salimos del mercado de plata y entramos a una tienda de rebozos. Hechos a mano. Cada uno vale dos mil pesos. El vestido cuatro mil. No decimos nada, solo salimos directo a una callejuela con vista a Santa Prisca. El ángulo ideal para tomar una postal de turistas.

*

Nos internamos en el tianguis de alimentos. Caminamos en fila india. Puestos de electrodomésticos, palas de madera, exprimidores de limones, de naranjas, zacates, útiles escolares, trapos de cocina, frutas, verduras. El mercado es una culebra angosta que sube y baja, un carril de ida y otro de vuelta, no pueden ir dos personas juntas papaloteando. Rapidito, marchando y orinando. Películas piratas, papayas que tienen escrito su precio con sharpie negro, nopales y queso fresco. Detengo la caminata junto al puesto de los machetes y las guadañas. Cuánto por esta. Cuarenta. ¿Necesito de verdad una guadaña, sólo por el gusto de tenerla? Pero nunca he visto guadañas en la ciudad de México. Aprovecho para decirle a mis acompañantes que es buena idea comprar un kilo de aguacate, un queso fresco y unas tortillas. Podemos ir a sentarnos a la plazuela y darnos un festín. Me sorprende que a nadie le parezca una excelente idea. Desayunamos hace una hora, dice Paulina. Podemos comer gratis en el hotel, dice Adrián. Gabriela no dice nada, observa a la niña de los machetes. Pregunto el precio de otra guadaña. En sesenta. No compro nada. Damos todo una vuelta y nos detenemos en un local de maquinitas. Adrián decide jugar. Elige una máquina vieja que emula los tragamonedas de Las Vegas, por supuesto en su versión de pueblo mágico. Mete un peso y aprieta el botón de jugar. Elige un par de frutas y pum, ha ganado. Decide tomar su monto y dejar de jugar. Dos pesos. Una ganancia del 100% en menos de un minuto. No se entrega a la pasión del juego, seguir y perderlo todo. Yo en su lugar hubiera invertido toda la morralla de mi monedero. Pero no hay tiempo, así que tenemos que seguir caminando. ¿Hacia dónde? Morrita, tú chíngale pa’ arriba, dice Gabriela.

Y luego otra vez para abajo y para arriba y para abajo. Qué bueno que nos montamos las Dr. Martens. Pausas para tomar fotos. Somos turistas sin pudor. Casi me atropellan frente al Banamex porque así como no hay banqueta tampoco hay politzai.

—Morra, estás viendo cómo se avientan los carros y te cruzas la calle como si no fueran a privatizar el IMSS.

De la nada tenemos una meta que cumplir: nos damos a la tarea de buscar una tienda en donde venden mezcal artesanal.

taxco 3Pero antes quedamos embrujados por una tienda de suvenires en donde hay miles de figuritas colgadas de clavos: sirenas con piñas en la cabeza, calaveras, diablos y gatitos. Entramos y hay todo tipo de artesanía en herrumbre falso y cobre. También hay mezcal, pero esa no es la tienda que buscamos así que no lo compramos.

*

Salimos de ahí, ya convertidos en mariosbroses chiquitos y a punto del game over, seguimos buscando la tienda donde venden el mezcal. Dijeron que estaba frente al Ayuntamiento. Llegamos al Ayuntamiento y nada. Calor infame, gente, es sábado por la tarde y todo el pueblo está en el centro dando de vueltas como mayates. Decidimos regresar a la tienda de suvenires y comprar el mezcal que estaba ahí. Eso implica subir una gran pendiente.

—Esta es la verdadera compra de pánico.

taxco 4Nadie responde ante la declaración. Del jijijí al silencio. Otra vez en fila india para que no nos atropellen. Regresamos al hotel cansados y con hambre. Adrián sigue cantando Maná. Yo a Los Angeles Azules. Paso por enfrente de la alberca. No hay ningún cadáver flotando. Esto no es una película de Woody Allen.

*

—¿Vamos a las villas?

—No. No quiero ir con los de gráfica. El tutor es un misógino, para que me traten así mejor me voy al Home Depot.

La última noche decido quedarme encerrada en mi cuarto y no salir a la fiesta.

Me estoy portando bien, pienso para mis adentros. Y sí, casi me creo mi propio cuento.

Despierto a la una de la mañana y voy directo al salón de eventos. Llego justo cuando todos están comenzando a monstrear.

Las fiestas son iguales en cualquier parte.

Bailoteo un rato unas rolas de Depeche Mode y emprendo la fuga cuando comienza el reggaeton. Como dice el genio de los memes: He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por el perreo.

*

Al día siguiente regresamos a la Ciudad de México.

—¿Podrías vivir en un lugar así?

—Creo que no.

—¿Por qué?

—Demasiada provincia, demasiado folclor impostado, demasiado VisitMexico.Com

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Idalia Sautto

Idalia Sautto

(Acapulco, 1984) Escritora, editora e historiadora del arte. Es egresada de la SOGEM y de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Su primer libro 'Una vida tan llena de esdrújulas' (Torres Editores, 2007) busca explorar una voz narrativa a través del juego del lenguaje. Su último libro es una adaptación al cuento clásico 'Barba Azul' (Conaculta, 2014). Ha publicado diversos textos literarios y académicos en revistas y sitios web. Twitter: @mariedelaos
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