Let this groove get you to move

It’s alright (alright) alright

Let this groove set in your shoes

So stand up (alright) alright

Let’s Groove, Earth, Wind & Fire

 

 

El sábado tuve oportunidad de pasar buena parte del día con dos de las mujeres que más amo en el mundo.

El viaje de ida comenzó por entre calles de asfalto ardiente y después por entre amplios terrenos donde aves blanquísimas revoloteaban como peces en un mar color marrón, pendientes de los gusanos que los tractores dejaban desamparados. Larissa ha recorrido esos caminos a veces en bicicleta por mero gusto, a veces en alguna misión cronista. Mientras el auto avanzaba, Lety fue interrogada primero respecto a distintas ramas de la psicología y, a partir de ahí, el resto del viaje se sumió en una plática sobre seminarios de psicología, estudios sobre el abuso infantil, factores genéticos que pueden derivar en una persona psicópata, en estudios completos, detallados y caros del ADN de una persona para conocer posibilidades médicas y psicológicas de su futuro (como tramitar una carta astral en un laboratorio).

Llegamos a un restaurante coreano. El interior era sencillo y, en cuanto nos sentamos, Larissa nos recomendó qué deberíamos pedir, porque era la única que había estado ahí antes. Después de ordenar, ella y Lety comenzaron a hablar sobre su afición a los doramas, que son telenovelas coreanas, sobre cómo algunos son exageradamente caricaturescas y otros cuentan historias más crudas. Lo más constante, concluyen las dos mientras una mesera (mexicana) deja un caso con arroz y ensalada en la mesa, es el machismo fuertemente marcado en las sociedades asiáticas en general, como queda evidenciado en los doramas. Quizá la diferencia entre el machismo en oriente y el mexicano (que en realidad tienen varias cosas en común) sea que, en las tierras de allá, es completamente una de las piedras principales en que se ha construido buena parte de su cultura y, por lo tanto, lo asumen completamente. “Por lo menos en las telenovelas mexicanas” dice Larissa, sosteniendo una cuchara larga en la mano, “la mujer no volvería rogando con el hombre que ha estado golpeándola y maltratándola; en cambio en muchos doramas el desenlace de la historia es que la protagonista al fin consigue casarse con el hombre que la ha estado tratando mal durante toda la serie”. Mientras hablamos al respecto llega a nuestra mesa el dueño (coreano) del restaurante, le quita a Larissa la cuchara de la mano sin decir una palabra y, con toda la naturalidad del mundo, comienza a revolver el contenido del caso, después la cubre de salsa roja y espesa como sangre de dragón oriental para luego revolver un poco más. Cuando el hombre se retira, todo el tiempo sin haber dicho nada, los tres nos quedamos con la sensación de haber sido visitados no por un negociante coreano, sino por un fantasma de tierras lejanas al que conviene no hacer enfadar.

Larissa pide cervezas y una botella de soju (alcohol a base de arroz), nos explica un juego en el que tenemos que turnarnos para verter, en un vaso pequeño, un poco de soju hasta hundirlo dentro de otro grande, que contiene cerveza; aquel que sirve la porción que provoca el hundimiento del vaso pequeño es penalizado bebiendo la mezcla. De cualquier modo, los tres terminamos bebiendo mientras comemos. Hablamos sobre los colores y cuidados del cabello de pony como el de Lety, hablamos un poco más sobre los doramas, hablamos sobre cuando Moby era joven y sobornó a un guardia para que le permitiera vivir en una bodega vieja entre drogadictos y deshechos insalubres, hablamos sobre Patti Smith y Robert Mapplethorpe viviendo en un hotel de Nueva York cuando jóvenes, hablamos sobre salsas y guisados picosos en cafeterías de escuela. Lety y Larissa comen gustosas, me preguntan si no quiero otro platillo aparte de los comunales que estamos compartiendo, en realidad yo me encuentro ahí feliz no por la comida sino por la compañía. Nos servimos más soju, eso sí, cómo no.

Cuando salimos del restaurante caminamos un poco hasta encontrar un café en el que decidimos quedarnos un rato; resultar ser un café pet friendly en el que uno mismo tiene que ir a atenderse. Llega el hermano de Larissa y ambos tienen que irse, así que Lety y yo nos quedamos a beber un chocolate y la versión poblana nice de lo que llaman arroz con leche: leche de arroz con canela. Decidimos que, por diversas razones, a ninguno de los dos le entusiasmaría demasiado mudarse a Puebla, aunque sí nos agrada para visitas eventuales y específicas. Caminamos un poco y, mientras se acerca el atardecer, tomamos un taxi que nos lleva hasta la CAPU, la CAPU que mi papá recorrió cuando estaba completamente vacía, poco antes de abrirla al público, con un eco y quietud ahora inimaginables, la CAPU que Lety transitó con su madre durante mucho tiempo cuando era una niña pequeña que se colgaba de un barandal y que bajaba corriendo ‒con su mochilita en la espalda‒ una pendiente empinada. “Pero eran demasiados desvelos, una vez estaba tan cansada que al bajar del autobús colapsé ahí mismo, rendida de sueño, apenas si un señor alcanzó a sujetarme para que no cayera al suelo”.

Para cuando el autobús arranca, el cielo ya es medio naranja y medio púrpura y medio oscuro, cuando dejamos atrás la CAPU Lety sigue recordando las cosas que veía ‒y cómo las veía‒ cuando hacía esos viajes con su madre, años atrás. Viajar en autobús al anochecer, en caminos solitarios, tiene algo sumamente relajante, más cuando, como era el caso, no había película ni televisión alguna y las luces interiores van apagadas. Pasamos todo el viaje hablando sin parar de recuerdos de la escuela y de otras cosas, nos reímos y también mencionamos alguna pesadilla que nos remite al paisaje nocturno. Cuando el autobús se detiene bajamos en busca de un taxi, vamos primero a casa de Lety, después el mismo taxi me lleva a la mía. Llevo un par de días con la canción Let’s Groove de Earth, Wind & Fire bien metida en la cabeza y, durante buena parte de la expedición del día la estuve repitiendo mentalmente, de manera inconsciente. Ya en casa, la escucho propiamente, porque esa canción me pone de buenas y el día entero he estado muy feliz. Pienso que, básicamente, días así, compañía así y canciones así son los únicos motivos verdaderos por los que venimos a este mundo y, como decía el maestro Carlitos (Rugrats), todo lo demás es falsedad. 

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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