Semana Santa

Semana Santa es una de las épocas cumbres del año para mí. Pienso que le tengo un afecto tan personal porque, en sí misma, encierra algo significativo y, además porque, dependiendo del año, puede caer en marzo o en abril pero siempre termina enmarcando o siguiendo mi cumpleaños. Esta es la primera vez que me pongo a escribir algunas ideas al respecto.

Los cielos azules de Semana Santa, de un azul limpio y absoluto, con una luz impoluta como agua de manantial, me hacen pensar en libros y en escribir, con una trascendencia mayor que en cualquier otro momento del año. Fue durante una Semana Santa cuando leí La montaña mágica, fue en otra cuando leí Salem’s Lot, fue en otra muy anterior cuando leí por primera vez el cuarto libro de Harry Potter, fue en vacaciones de Semana Santa cuando, sentado en un restaurante con una amiga, vimos en la televisión la nota de última hora sobre la muerte de Gabriel García Márquez. Por algún motivo, también durante Semana Santa, ha coincidido con la lectura de varios reportajes, entrevistas y crónicas sobre diversos y, no sé por qué, su lectura bajo los cielos azules, la luz límpida matinal y ese ambiente tranquilo que hay en casa por esos días hace que las palabras de los textos se cuelen todavía más profundo que en otras circunstancias. Semana Santa me recuerda con estrepitoso cariño que amo leer, también me recuerda con zarandeadas contundentes que amo escribir; los sueños y ambiciones referentes a letras florecen en esta época, su primavera particular, se sienten extraordinariamente cercanos y se renuevan los ánimos para seguir adelante.

Aparte de lo literario, le otra gran presencia en Semana Santa es, por supuesto, la principal, el aspecto religioso, que en esta época no sólo se vuelve profundo sino reflexivo y nostálgico. Recuerdo que durante muchos años acompañé a mi madre a casa de mi abuela materna, porque una procesión pasaba frente a su casa en Viernes Santo. Todos los de la procesión iban caracterizados, Jesús, los romanos, las plañideras, otros condenados cargando sus propias cruces; no era una representación como la mítica de Iztapalapa, era una sencilla, con vestuarios sencillos y un casting de ninguna manera excelso… sin embargo, siendo yo niño y metido entre la gente en las aceras, bajo un sol intenso, sin nubes en el cielo, me concentraba en mirar lo que pasaba frente a mí, convenciéndome a mí mismo de que había encontrado la manera de asomarme al pasado, mi imaginación entintaba sobre el boceto que tenía delante el aspecto que debió haber tenido ese momento en la realidad, muchos años atrás. A propósito, uno de los poquísimos (quizá dos, no creo que tres) musicales que he visto y me han gustado es la versión fílmica de Jesucristo Superestrella, que vi por primera vez con mi padre durante una Semana Santa.

Seguramente por el episodio específico que se recuerda en estas fechas, todas las reflexiones espirituales que se hacen durante estos días se vuelven todavía más densas y significativas.

Este año, Semana Santa nos llega durante un momento de tensión global; desde hace algún rato varios conflictos en distintas partes del mundo han ido en lamentable crescendo, hay crisis particulares en distintos lugares del mundo y muchas están, en el fondo, enredadas entre sí en una complicada maraña. El conflicto en Medio Oriente acaba de agravarse primero con un inhumano ataque químico, después con misiles lanzados desde Estados Unidos, después con los buques que envió Rusia a Siria… y todo lo que siga pasando durante estos días. Un conflicto de consecuencias globales se siente más cercano de lo que se había sentido en mucho tiempo. El mundo está en vilo, observando el infierno desatado en Tierra Santa. Con esa perspectiva, ¿qué actitud hay que tener? ¿Puede hacerse algo a distancia, más allá de pequeñas donaciones que no pueden competir con armamentos de miles de millones de dólares? ¿Algo puede hacerse o decirse para paliar en lo más mínimo el sufrimiento humano, cuando a aquellos con el verdadero poder de detenerlo les basta una sola palabra para provocar masacres? No se trata sólo de Medio Oriente, por todos lados el agua está hirviendo.

Esta Semana Santa ¿alguien en las playas y balnearios se detendrá un momento a hacer una introspección espiritual, a reflexionar sobre el precario estado en que se encuentra el mundo en estos momentos? ¿Alguien hará una pausa para meditar sobre el delicado y estertóreo suspiro en el que estamos viviendo?

Durante esta Semana Santa quiero seguir leyendo, mucho, quiero escribir sobre vampiros, quiero convivir con gente a la que quiero, quiero escuchar embriagadora una y otra vez, quiero ver con claridad el camino para avanzar proyectos personales, quiero tomarme el tiempo de recordar el trayecto de Cristo hacia el Calvario en las tierras donde desde entonces no han dejado de morir los inocentes, quiero encontrar la manera de lidiar con lo que transmiten los noticieros cada día. Quiero amar las bendiciones y las cosas hermosas que me rodean en mi vida, al mismo tiempo que quiero tener presentes todas las cosas que andan mal en el mundo y que nunca debemos ignorar.

Quiero hacer lo correcto con mi tiempo de reflexión en Semana Santa. 

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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