Ruedas y relojes: Crónica de un paseo ciclista en la Ciudad de México

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Hay seis personajes que, a falta de otra opción, no dejan de asistir nunca a este paseo ciclista:

Francisco M. S. Tagle, nacido en 1772 en Valladolid (hoy Querétaro), insigne poeta, y Miguel Ramos Arizpe, diputado coahuilense nacido en 1775: ambos redactores el Acta de Independencia de 1821; Juan José de la Garza, nacido en Tamaulipas en 1826, y el general Pedro J. Méndez: defensores de la patria durante la intervención extranjera; Juan Antonio de la Fuente, originario de Saltillo (1814), ex secretario de Estado; e incluso Ignacio Pérez Rayón (Tlalpujahua, 1773), insurgente independentista.

Aparte de su labor patriótica y las levitas que desentonan en el calor de la mañana, comparten sólo otro rasgo común: sus efigies, eternamente ignoradas, forman una discreta guardia de honor al Paseo de la Reforma, entre las glorietas del Ángel de la Independencia y de La Palma. Y, cada domingo que se cierra el paso a los automóviles, miran desde sus pedestales circular en ambos sentidos las ruedas de bicicletas, patinetas y patines, como cientos de relojes que tuvieran prisa de dejar atrás un pasado de carruajes y calles sin asfalto. Este domingo de abril de 2013, 192 años después de la firma del Acta de Independencia y 150 después de que los franceses fueron expulsados del territorio nacional, no es la excepción.

“¡Qué contraste!” –Una mujer a su marido, en el camellón frente a la embajada estadounidense. Ella está esperando un bebé.

Héctor Vega vive entre Marina Nacional y Mariano Escobedo. Es sumamente delgado, moreno y de canas prematuras. Después de salir a correr al Auditorio Nacional, volvió a su casa por Andrés, su hijo de diez años, que ahora me mira con sospecha periodística. Vinieron al paseo. Andrés estudia el quinto de primaria y todavía no sabe si quiere ser arquitecto, como su papá. Le pesa la bicicleta, y quiere seguir adelante.

Francisco M. S. Tagle los ve pasar frente a él a las once de la mañana con cuatro minutos.

El organillero repite, sistemática e incansablemente, “Me cansé de rogarle”, de José Alfredo Jiménez.

Samuel Belmont cuenta entre risas que sólo ha desayunado agua. Mientras, tras él, un muchacho que ha traído a su perro a correr se enreda con el animalito y cae. Cuando se levanta y comprobamos que ríe, Samuel reanuda la conversación: es ingeniero civil y licenciado en Educación Primaria; da clases desde los diecinueve años y, según me cuenta, ésa es su pasión. Le da otro trago a su botella de agua y pone en marcha la bicicleta; su familia lo espera para desayunar en la calle de Madero, en el centro Histórico.

Son las once y cuarto cuando Juan José de la Garza lo mira pasar frente a él. Inmediatamente después, pasa, en una bicicleta, un tipo vestido de negro, con una máscara de John Fawkes.

“¡No soy un miedoso!” –un niño a su mamá, que lo reta a hacer malabares con la bici en una banca del camellón.

Mayte Mena se detiene a esperar a su novio, con quien desayunó en McDonalds; planean visitar algún museo terminado el recorrido en bici. Lleva grandes lentes oscuros y apenas me mira tras ellos. Tiene veintinueve años y es, desde hace cinco, maestra de educación especial. Su novio se aproxima, justo detrás de tres policías que se han tomado un descanso para aprovechar el paseo.

Cruzaron frente a los ojos de Miguel Ramos Arizpe cuando faltaban veinte minutos para el medio día.

En el camellón que divide la circulación, una muchacha de cuerpo atlético y ropa deportiva graba una cápsula televisiva; baila frente a la cámara al ritmo de la música que se escucha desde el Ángel de la Independencia (al fondo de la toma), donde varias mujeres hacen aeróbics.

Aldo Núñez tiene veinte años. Se quita la gorra para limpiarse el sudor de la frente. Cada cierto tiempo viene en su bicicleta roja desde Mixcoac, da varias vueltas a Reforma y vuelve a su casa; lleva una cuenta aproximada de los kilómetros, como en una carrera. Me cuenta que estudia Mercadotecnia deportiva y le faltan dos años para salir de la universidad; atrás de él, tres jóvenes en patines se toman fotos que pretenden ser casuales.

Aldo se detuvo a descansar frente a Juan Antonio de la Fuente a las doce del día con treinta minutos. Antes de eso, frente al ex secretario de Estado pasaron un hombre en patines, con un minicomponente en las manos, sonando a todo volumen, y una pareja en una bicicleta doble: él iba adelante, ella atrás; ella llevaba los ojos vendados.

“¡Papá! ¡Dónde estás!” –un niño, con casco en forma de dragón, llora desde el otro lado de la avenida. Una mujer pasa por tercera vez frente a donde me encuentro, por tercera vez mirando su Blackberry.

Ana Gutiérrez y Guillermo Villaseñor tienen dos hijos varones. Los cuatro vienen equipados para evitar accidentes, como cada domingo después de desayunar tacos. Predomina el blanco en la vestimenta familiar. Ella es maestra de primaria, atractiva, rubia natural. Él lleva la barba de candado, trabaja en la torre de Axtel que tenemos justo detrás, y, mientras abraza a uno de los niños, insiste en saber para qué son tantas preguntas.

Ignacio Pérez Rayón los vio pasar frente a él a la una de la tarde. También, justo frente al luchador independentista, segundos después, cayeron: un niño de su triciclo, y un señor y su nieto de sendas bicicletas.

Se escucha música infantil desde atrás de la glorieta de La Palma. Pronto, se deja ver una procesión de payasos.

Tras desayunar sopes, Rafael Montes, de 25 años, y Selene Medina, de 22, fueron al Monumento a la Revolución a un concurso de patinetas: la de él es morada; la de ella, rosa. Ella, sin embargo, la lleva sobre el volante de su ecobici, el servicio de transporte en bicicleta de la ciudad. Él es dentista y ella pedagoga. Son novios. No me cuentan más; se van porque el paseo está a punto de terminar y hay que devolver la bicicleta.

Pedro J. Méndez lo ve pasar, apresurados, a la una de la tarde con cincuenta y ocho minutos.

“Uno no piensa en cuándo se va a morir; uno piensa en vivir” –un hombre a su hijo no mayor de cinco años, ambos en patines.

Cuando termina el recorrido ciclista, los policías de tránsito toman la escena, y los primeros automóviles comienzan a reconquistar el Paseo de la Reforma. A diferencia de los ciclistas, los conductores no se detienen a descansar. Las llantas de los autos giran más rápido, son relojes aún más inquietos. Desde el pasado, desde sus pedestales, los seis próceres las miran girar, en silencio, una revolución tras otra.

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Adrián Chávez

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada

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