“Rotterdam” o la pastorela trans

Alice se encuentra a la mitad de uno de los momentos más importante de su vida. Uno que definirá su estancia en Rotterdam y, sin siquiera sospecharlo, el futuro de su relación. Cuando el público aparece, Alice está ya bastante avanzada en la tarea. Podría ser algo inocente, la redacción de algún documento de trabajo o incluso alguna página insulsa de un diario; lo que Alice escribe, sin embargo, es una declaración que podrá lacerar de fondo la relación con su familia.

Se trata del correo electrónico a través del cual ha decido informar a sus padres que es lesbiana. Incluso más que eso, en él informa también que está enamorada fatalmente de la mujer de su vida. Todo esto, por supuesto, lo reconstruirá el espectador unos minutos después, en retrospectiva. De momento la carta es inocente, como no debería serlo su redactora. Las puertas se cierran y la acción comienza formalmente. Fiona, la presunta mujer de la vida de Alice, hace su aparición en el departamentito que en ese instante encarna el escenario. Entonces mi pecho recibe la primera advertencia y el contrato que firmo antes de aceptar ver cualquier obra (que, en resumidas cuentas, dice algo como: “tómalo, creador, éste es mi corazón de espectador, dejo que hagas con él lo que te plazca”) empieza a parecerme un mal negocio. Alice y Fiona se saludan de la forma más sosa en que podría saludarse una pareja. ¿Están por separarse? ¿Se detestan? ¿O soy la única persona que recibe a su novio brincoteando como un perro?

Ni bien pasados dos segundos, Alice termina de escribir aquel e-mail que marcará para siempre su destino. En una primera lectura del texto, cualquiera emitiría la expresión siguiente con por lo menos un intento de emoción, o de alegría, o de enojo o de un miedo que te hace casi cagarte en los calzones. En su lugar, de la cara inexpresiva de Alice brota un “¡listo!” como de culebrón de Telemundo y yo entiendo de una vez que lo más brillante de esta obra son esos volantes tan coquetos.

Rotterdam es una puesta en escena con fines claramente didácticos. Su objetivo parece ser acercar al espectador a la información básica sobre la condición trans, en una versión dramatizada de un artículo del tipo “10 cosas que siempre quisiste saber sobre tu amigx trans”. El montaje, dirigido por Roberto Cavazos, fracasa incluso en su intento de ser un buen panfleto. Con percepciones torcidas del género y de la masculinidad, Rotterdam se queda a medio camino en lo que intenta ser una crítica o una profunda reflexión en torno al sistema de género binario.

Rotterdam es la historia de un chico trans (Valeria Vera) que decide asumir su identidad de género al tiempo que su novia, Alice (Pia Watson), se prepara para salir del clóset como lesbiana frente a su familia. La decisión de Fiona, cuyo nombre posterior será Adrián, introducirá un conflicto en su relación, provocando que Alice se pregunte si quiere continuar con ella y dónde se encuentra la esencia del amor que se profesan. Las energías del montaje, sin embargo, parecen estar mucho más enfocadas en un sentido educativo que en la tensión tan explotable que acaba de nacer en la pareja.

Incluso aceptando como válido el hecho de que esta obra, escrita por Jon Brittain, tenga una intención informativa, es inevitable, en este sentido, encontrar vacíos en el desarrollo del personaje principal. Mientras ocurre su transición, Adrián expresa ideas bastante lamentables sobre la masculinidad. Por ejemplo, le pide a su hermano que lo golpee para demostrarle que respeta su identidad de género. Se trata, claro, de una persona que está deconstruyendo todo lo que aprendió a lo largo de más de veinte años sobre el mundo dividido en dos polos jerarquizados, y en este contexto su confusión es entendible. El conflicto, sin embargo, no aterriza en ningún lado. El personaje sale del punto de partida, donde persigue una masculinidad torcida, y nunca sabemos si llega al otro lado del camino. Los conflictos de masculinidad de Adrián no presentan cambio alguno ni son puestos en crisis, presentándonos así un personaje estático en vez de aquél que debería sufrir una transformación intensa para completar la obra. O lo que es lo mismo, el autor y el director se conforman con cambiar de ropa y de peinado al personaje principal, pero nunca experimentamos con él una transformación de fondo, proceso que, en esencia, construye al héroe.

Adrián no es el único personaje que parece no cuajar. La construcción de Lelani (Fernanda Tosky) no logra tampoco concretarse como un ente que debería generar tensión, por estar las energías enfocadas en su propia caricaturización. Lelani es una chica nacida en Rotterdam que se interpondrá entre el amor de Adrián y Alice y que debería, presuntamente, arrancar algunas risas al espectador. Para ello, sin embargo, utilizan un recurso que me parece, cuando menos, insensible culturalmente. Para construirse, Lelani ridiculiza lo que se supone que es el acento propio de los Países Bajos, haciendo gala de un elemento que no creo haber visto sino en telenovelas. Mientras que las chicas inglesas de la obra usan un acento chilango por cualquier motivo, el director parece haber subestimado la capacidad del espectador de imaginar que Lelani era oriunda de Rotterdam si no se lo recordaban cada dos palabras con un acento de caricatura.

Por supuesto que Rotterdam pone el dedo en la llaga y que aborda temas que deben hablarse en todos los espacios; los derechos humanos de la población trans son atropellados diariamente y lo que más se necesita justo ahora son campañas de inclusión generadas por el Estado. Dudo, sin embargo, que el arte deba tomarse tales atribuciones. Por otra parte, es cierto que la representación de las identidades históricamente vulneradas es un punto en el que hay que trabajar en absolutamente todas nuestras ficciones. Las personas trans, las mujeres y las personas LGBTTTI en general necesitamos apropiarnos de esos papeles y esos personajes que nos han sido negados a lo largo de los siglos. En este sentido, es un avance que existan obras como Rotterdam, donde un hombre trans tome el rol protagónico. Lo lamentable aquí es la forma, que todo se centre en la perspectiva cis, la perspectiva externa, que tenemos de las identidades trans, de sus conflictos y de sus preocupaciones en la vida.

Rotterdam se presenta todos los miércoles a las 20:30 horas, hasta el 9 de agosto, en el Foro Shakespeare.

 

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la malquerida.