Rosa pálido

Cuento de Luis Miguel García-Velázquez.

Dibujos, colores, y el despertar de un niño a las sensaciones.

¿Jugamos?

Yo había puesto los carritos en fila sobre una mesa amplia y baja que estaba al centro de la estancia. Nunca encontré el sentido de jugar con ellos, pero me gustaban por sus colores esmaltados. Eran cinco, todos diferentes. Los usaba para inspirarme cuando aparecía un auto en las páginas de mi libro para colorear. Elegía uno distinto cada vez. Para mí, los carritos no eran un juguete, eran tan sólo un modelo.

Ese mismo día, más temprano, mamá los había tomado de una repisa en el librero de mi cuarto y los había metido en mi mochila. Yo tenía cinco años. Era un día de verano, hacía mucho calor y, después de comer, yo me había acostado sobre el piso de mi recámara. Allí todo era más fresco. La luz que entraba por las ventanas hacía que los muros de mi cuarto, pintados de naranja, brillaran con la intensidad de un durazno maduro. En mi habitación, las paredes se encendían con tonalidades rojas conforme la tarde iba cayendo. Cada tarde de verano, la piel de mi habitación se sonrojaba.

Aprendí a mezclar colores para copiar el atardecer. Un poco de ocre sobre una base de rojo bermellón me ayudaban a conseguir el efecto. Para el pasto utilizaba el verde brillante de mi edredón; para el agua, el azul pálido de mi pijama. Para colorear la piel de un personaje yo usaba el color que mamá había señalado como carne, pero me parecía que sus rostros quedaban oscuros, artificiales. Finalmente elegí uno de los tonos rosas que venían en la caja, uno mucho más claro.

Durante toda mi niñez me aferré a la paleta de colores que había definido: me gustaba tomar los colores de la realidad.

Esa tarde no pude ver la caída del sol. Después de la comida abrí el cuaderno en el primer dibujo que quedaba sin iluminar y lo dejé en el piso, junto a mi cama. A mi lado puse los colores, dentro de su caja, y el sacapuntas con su pequeño compartimento para la basura. La caja de colores era mi objeto preferido. Tenía varios tonos de azul, pero el más brillante era el que había elegido para iluminar el cielo de un día claro. Lo usaba mucho. Cuando se terminó, preferí pintar atardeceres en las siguientes páginas antes que usar otros tonos de azul. Así, en mi cuaderno el tiempo transcurría como en un día muy largo.

Lo que más me gustaba colorear eran las nubes. Iluminarlas de blanco podría resultarte inútil, pero yo encontraba un inmenso placer en pintarlas: aquellas superficies amplias permitían que yo coloreara con brío y paciencia hasta lograr un efecto brillante y parejo. Me gustaba tocarlas cuando ya estaban terminadas, sentir el tacto de aquella superficie empastada y lisa. Antes y después de colorear, me gustaba pasar las manos sobre el papel.

Mamá entró apurada a la habitación. Llevaba puesto un vestido corto de color crema que nunca antes le había visto. Estaba muy arreglada, como cuando íbamos al doctor. Fue directo al librero de mi recámara. Guardó los juguetes en la mochila mientras me decía que ya era tarde. Yo tuve que dejar a medias mi trabajo, cosa que nunca hacía, para salir con ella. Mamá había hecho una cita y estábamos retrasados, así que me colgó la mochila en la espalda y salimos apresuradamente de la casa.

El hombre me miraba desde el mueble del recibidor, que en realidad estaba destinado al uso de una secretaria. Con el tiempo entendí que aquel hombre era joven, aunque entonces me pareció un adulto como cualquier otro. El lugar era muy elegante. Mamá se había ido tras una puerta y yo me había quedado ahí, de rodillas, junto a la mesa del centro. El joven de la entrada le explicó que yo no podía acompañarla, pero que no debía preocuparse porque él me estaría vigilando. Tenía suerte de que la secretaria se hubiera enfermado ese día, porque ella era una verdadera gruñona. Aquel pasante había tenido que ocupar su lugar y ahora se mostraba dispuesto a hacerla de niñero.

–No se preocupe, soy muy bueno con los niños –insistió, sonriendo.

Yo había puesto los cochecitos en fila sobre la mesa, acomodados por tamaños. Comenzaba a aburrirme cuando él me preguntó.

–¿Jugamos?

Con la cabeza indiqué que sí. Él comenzó a hacer rodar un pequeño convertible amarillo mientras yo lo observaba. Trató de simular un aparatoso accidente con un elegante sedan azul, pero yo seguía sin participar de la acción. Entonces debió comprender que lo mío no eran las carreras de autos. Me preguntó qué es lo que me gustaba hacer. Yo le conté de mis colores, de mis libros, del pequeño sacapuntas en forma de grabadora. Sus ojos eran de color marrón. Sus dientes eran muy blancos y brillantes, como las nubes de mis cuadernos. Estaban tan derechos que, de estar dibujados sobre un papel, podrían colorearse con mucha facilidad. Su cabello era lacio y estaba partido de lado, tenía el tono obscuro de una crayola de color café. Todo él era como un personaje brillante salido de la portada de uno de mis cuadernos.

–¿Te gusta mucho dibujar?

Respondí que sí. Me preguntó si traía mis colores. Yo le dije que los había dejado en el suelo de mi habitación. Le describí la imagen que se había quedado iluminada a la mitad, en mi libro. Él me sonrío, me tomó de la mano y me llevó hacia la barra de madera que le servía de escritorio a la recepcionista.

Dejamos los cochecitos atrás.

Me sentó sobre una de sus piernas, abrió el cajón del mueble y sacó una hoja de papel que puso sobre la barra de madera. De la lapicera tomó un bolígrafo, un lápiz con punta muy afilada y una goma para la máquina de escribir. Abrió otro cajón y sacó otro lápiz al que le habían sacado punta por los dos extremos. Uno de ellos era rojo, el otro, azul. Me dedicó una mirada que pedía disculpas por lo improvisado del material, pero al mismo tiempo quería decirme que algo se podría hacer con eso.

–¿Me haces un dibujo?

En ese momento entendí la confusión. A mí me gustaba llenar mis tardes con el ir y venir de los lápices dentro de las figuras que ya estaban hechas. Disfrutaba el movimiento rítmico, el reto de respetar un contorno, de presionar sin romper la hoja, la disciplina de perfeccionar mi técnica. Pero yo no sabía dibujar. Los trazos que había intentado alguna vez eran ridículos frente a los gruesas líneas que definían las imágenes de los libros. No, no quería pasar una vergüenza y defraudar a mi nuevo amigo. Así que le dije que no, que no podía. Que lo que yo sabía hacer, y muy bien, era colorear. Él me sonrió y me dijo que dibujar era muy fácil, que él me ayudaría. Preguntó al aire qué sería bueno dibujar, pero se respondió inmediatamente.

–Ya sé. Dibújame a mí. Mira, fíjate en la forma que tiene mi cara –me dijo mientras me hacía girar sobre su pierna y llevaba mi mano hacia su rostro.

Con mis dedos investigué el relieve de sus mejillas y seguí la curva de su mandíbula. Agachó la cabeza para que pudiera tocar su frente. Recorrí la línea de su nariz con los dedos, presioné la punta y los dos nos reímos, contentos, unidos en aquella complicidad. No pude evitar llevar la mano hacia sus dientes. Podía sentir los pliegues en sus labios, la porosidad de su lengua, que tenía una suavidad distinta.

Tomándome por la cintura, me levantó y me acomodó a caballo sobre su pierna, para que quedáramos frente a frente. Yo aprendí que debajo de la piel del cuello hay músculos que parecen cuerdas tensas, que no son tan duras como los huesos simétricos que denuncian el principio del pecho.

Mi nuevo amigo soltó un botón más de su camisa y metió mi mano debajo. El aroma de su colonia se hizo más intenso. Recuerdo haber despegado un poco la cabeza por la sorpresa del olor. También recuerdo haberme acercado más, cuando entendí que era inevitable dejarse penetrar por el perfume. La camisa era de color malva, bajo la tela mi mano alcanzó los vellos de su pecho. Aquella sombra esponjosa era un poco más obscura que su cabello, y resaltaba sobre el rosa pálido de su piel.

Tenía la piel muy clara, tan clara como la de papá.

Mamá estaba muy contenta. De regreso a casa me compró una paleta cubierta de chocolate. Me dijo que era mi premio por haberme portado tan bien. Cuando llegamos a casa corrió al teléfono para contarle a mi tía Ana sobre su cita de la tarde. Mamá había conquistado una victoria en el juicio de divorcio, pero eso no lo sabría yo hasta muchos años después. Esa noche ella estaba tan contenta que me dio permiso para acostarme un poco más tarde. Yo subí a mi cuarto, encendí la luz, me tiré en el suelo y me propuse terminar con mi dibujo.

En la imagen aparecía un niño jugando con su perro, en un jardín. Al perro lo había pintado de blanco y le había dibujado algunas manchas negras. Me hacía falta iluminar al otro personaje, con su suéter de rayas y su gran cabeza redonda inclinada sobre su mascota. Elegí un rosa muy pálido, fui a la cómoda por un cuaderno e hice algunas pruebas de intensidad. Cuando estuve satisfecho con el resultado, regresé a la ilustración de mi cuaderno y, cuidando de no recargar demasiado la punta, me entregué a la tarea de repasar su piel con mi lápiz de color. Como si lo acariciara. Iconofinaltexto copy

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Luis Miguel García-Velázquez

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