Quizá los milagros ocurren distinto a como uno quisiera

Julio 24, 2017

Ayer bajé al oxxo por salchichas de pavo. Nuestra nación acababa de ser eliminada en un torneo paupérrimo de fut regional y eso provocaba un ambiente general más bien tristón entre los transeúntes y clientes de la tienducha. Ya iba de regreso a casa. Súbitamente apareció un destartalado vehículo. Los rechinidos provocados por su andar me hicieron pensar que la camioneta quería, no sé, atropellarme a media banqueta. Era como un diminuto escándalo aproximándose. No pasó así, el coche se estacionó de ladito y entonces pude ver que llevaba enjaulados en un remolque a tres hermosos caballos cafés. Dejé el cel cargando así que no hay foto que certifique esta aparición. Estaban encimados, hechos nudo, preciosos, como esperando a que alguien los pintara mal proporcionados para adornar el muro de un aeropuerto. Me quedé viéndolos con mis embutidos en una mano y la sombrilla en la otra. El copiloto bajó veloz rumbo a la tienda. Supuse que compraría café, que apenas iban a la mitad de su travesía lejos de esta ciudad. El alumbrado público le daba a los cuerpos de las bestias una silueta tornasol primorosa, temblaban a la par que el motor de aquel furgón a punto de venirse abajo. Había llovido muy fuerte apenas unos minutos antes. Me sentí como en uno de esos cuentos de Carver en los que uno presencia algo hermoso que redefine su y al mismo tiempo la hunde en el fango. En Carver un pedazo de carne descongelándose en la mesa simboliza el irremediable final del amor. En Carver, un pastel de cumpleaños puede representar a toda la desesperanza humana.

Seguí mi camino con la sensación de que fui testigo de algo más grande de lo que puedo explicar en palabras.

Un par de pasos después me asaltó una enorme y grotesca rata gris que fiscalizaba la basura que el fin de semana habíamos generado en el edificio donde vivo. De entre los tambos salieron más ratas. Eran incontables. Huían hacia el metrobús La Salle en apresurado éxodo. Probablemente la presencia de los caballos las aterró. Una comunicación bestial de dominio y terror. Las vi alejarse y ni tiempo me dio de asustarme o reaccionar con asco o como quiera que alguien de mis características debe actuar frente a un pelotón de asquerosos roedores. Todo lo prodigioso que construyó Carver se vino abajo por culpa de la falta de higiene capitalina. O quizá no.

Quizá los milagros ocurren distinto a como uno quisiera.

Julio 26, 2017

A estas alturas del siglo ya todos deberíamos haber leído al buen Carver, todos deberíamos ya de haber intentado imitarle el estilo. En lo personal me emociona más Cheever. Pero, ¿por qué compararlos? Qué idiota soy. Bueno. Leí la semana pasada el que le da título a la colección “Catedral”. No me abandona tal relato, se ha clavado en mí como una astilla. ¡El del ciego! ¿Lo han leído ?Es probable que se me aparezca cuando menos lo espere. Lo leo ahora mismo aunque no tengo el libro en las manos. Hay cuentos de los que no regresas tal y como entraste. Párrafos que te envían derechito a la cantina, que es otra forma de llamarle al sepulcro.Iconofinaltexto copy

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
Gabriel Rodríguez Liceaga

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