Quiénes son los que se ofenden

Imagen: Ignacio Hábrika

Podemos empezar aludiendo a una reciente serie de eventos en los que figuras masculinas violentaron a figuras femeninas en toda clase de maneras posibles: sexualmente (caso Daphne), judicialmente (#JuezPorky), mediáticamente (Marcelino Perelló, Radio UNAM), culturalmente (caso BMW y las víctimas que murieron “por putas”) y hasta virtualmente (Felipe Calderón/Delfina Gómez). También podemos llamar a esa serie de eventos por su verdadero nombre: vida cotidiana. Cualquier mujer puede dar fe. Si acaso, la diferencia es que todos estos casos son públicos y por lo tanto recibieron mayor atención. Luego, la indignación que acompaña a estos eventos mediatizados suele dar pie a otro tipo de opiniones, la de quienes desestiman la protesta contra los perpetradores; con falsa imparcialidad, evocan términos como “censura” y “linchamiento” —traicionando su propia metáfora al equipararlos en gravedad con la violencia real que originó la indignación—, y los más elementales se desgarran las vestiduras por “esta generación”, “la más delicada de todas”, la que “de todo se ofende”.

Aquello de ofenderse llama la atención en particular. Se escucha todo el tiempo. Que si Marcelino Perelló dijo en Radio UNAM que a las mujeres les gusta que las violen, nos ofendemos; pero también, que si Nicolás Alvarado escribió en Milenio que Juan Gabriel es naco, nos ofendemos. Y así, ad náuseam.

Hay que poner atención al pronombre. No tengo intención de abordar un fenómeno social por medio de la etimología como hacen los tramposos, pero sí creo que la semántica puede arrojar algo de luz. Ofenderse —ofendernos— es un verbo pronominal o, como también se llama, reflexivo. Refleja al que ejecuta la acción, lo responsabiliza por ella. El que se baña se baña a sí mismo. Gramaticalmente, el sujeto es también el objeto, en un ciclo unívoco que no admite agente externo. En este caso, según las y los autoproclamados defensores de la libertad de expresión, nosotros nos ofendemos: el ciclo se cierra y se abre con nosotros. La culpa nunca es del Marcelino Perelló en turno, o no sólo; es nuestra, de nuestra configuración moral, que nos impide admirar el mundo como lo que según ellos es: un gran valle de perfecta horizontalidad y opiniones igualmente válidas donde el privilegio es un mito y la desigualdad culpa de sus víctimas.

Ahora bien, trasladar la responsabilidad del agresor a alguien más es una conocidísima técnica del pensamiento neoliberal para perpetuarse y al mismo tiempo mantenerse en el anonimato. A veces se traslada, como decíamos, a la víctima —“los pobres son pobres porque quieren” o, en palabras del propio Perelló, “si no quieres que te levanten la falda, ponte armadura, hija de la chingada”—, pero a veces también se reparte entre quienes empatizan con la víctima, por lo general echando mano de un argumento ad hominem velado, en el que se alude a los intereses individuales de las y los quejosos para explicar —y descalificar— la queja. Nos ofendemos, dicen por ejemplo, porque de esa manera tranquilizamos nuestras consciencias, nos alienamos de la masa en un intento de reafirmar nuestra superioridad; una superioridad, claro, prefabricada a modo, como el privilegio, la desigualdad, la violencia contra las mujeres, todas fantasías que nos tomamos la molestia de inventar para convencernos de que somos mejores que ellos. Están también los casos más abyectos, como esa otra joya del multicitado académico y ex conductor de Radio UNAM, cuando argumentó que una tuitera denunció el acoso de un taxista por la única razón de que quería tener mayor presencia en la televisión, o cuando se asume que toda crítica al poder es trolleo pagado por la oposición.

Eso último, la hipersubjetivización, es pan cotidiano, y es la resistencia pasiva de los peones del pensamiento neoliberal —si el traslado directo de la culpa es su arma activa—; se trata de la certeza colectiva de que lo que hacemos y decimos —en las redes sociales, por ejemplo— está motivado únicamente y sobre todo por los intereses que operan en el espectro de nuestra individualidad, jamás fuera de este. Como cuando, durante las elecciones del terror, los trumpistas nos sugerían a los mexicanos que “nos ocupáramos de nuestro propio país”; o como cuando el statu quo nos invita a “cambiar nosotros mismos” antes que querer cambiar al sistema; o como cuando se explica que quienes atacan a un empresario corrupto o a una actriz metida a primera dama lo hacen “por envidia”. Esta lógica artera echa mano de una posibilidad real, aunque remota, y la convierte en exlcusiva y exluyente, privatiza las razones creando una ilusión de humanidad traicionera, y de esta forma desmorona cualquier clamor social —cualquier asomo de interés por el otro, de hecho— en un cúmulo de individualidades acosadas por sus propios fantasmas. No es que haya un problema sistemático; es que toda esa gente se ofende.

Lo cierto es que “los ofendidos” casi nunca se ofenden, porque no se trata de ellos, sino de alquien más, del que provocó la indignación con sus actos. Decir que lo hacen es negar la acción culpando a la reacción. Y aún así, incluso, la más tormentosa de las individualidades puede ofenderse por cuestiones personales y al mismo tiempo tener razón en la discusión social. No son motivos excluyentes, con la diferencia de que el supuesto conflicto individual es casi siempre hipotético y el hecho social, como vemos en cada caso, categórico y comprobable. Si Marcelino Perelló, como síntoma y consecuencia del sistema patriarcal, promueve la violencia masculina y nosotros nos ofendiéramos por oscuras razones propias, ello no anularía ni matizaría el hecho de que Marcelino Perelló promueve la violencia masculina. Si pedimos en masa que la ley actúe como debe actuar contra él y a muchos les parece que esta generación se ofende de todo porque la mimaron sus papás, habría que repetir una vez más que Marcelino Perelló o el que le siga promueve la violencia masculina o la discriminación o la desigualdad o cualquier cosa que haya que denunciar en ese momento por los derechos de todos. No sea que, como se espera, terminemos hablando de cada uno de nosotros y nos olvidemos del problema.

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Adrián Chávez

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Actualmente es coordinador editorial en La Hoja de Arena, y becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de Novela. Twitter: @Ad_Chz
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