Plagio nuevo bajo sol

Históricamente, el plagio literario ha sido elogiado por algunos, condenado por otros y utilizado por los menos puristas como una estrategia de invención literaria. En los debates acerca de la naturaleza innoble del plagio existe una insistencia en la reducción del plagio. Sin plagio es posible elaborar una autentica ética de la creación literaria. Sin embargo, el elogio y la condena del plagio son dos actitudes diferentes para un mismo problema: la originalidad. ¿Porqué la cultura occidental está tan obsesionada con lo nuevo, con el origen, con lo original? ¿Acaso el comentario medieval de Aristóteles es menos filosófico que la obra del estagirita? ¿Debemos tirar por la borda las sopas Campbells de Warhol? ¿La cultura moderna no es un plagio de la cultura griega y semita? La respuesta de estas cuestiones compromete a algo mayor: qué tan dispuestos estamos a afrontar nuestra falta de originalidad. En el fondo, la apropiación creativa y el plagio descarado suponen la noción de autor, autoridad, por esta razón, revela muy poco de la calidad moral del escritor. Después de todo, un plagiador puede ser un buen vecino, un padre ejemplar o una excelente pareja.

La preocupación por el valor moral del plagio me acució porque, recientemente, han surgido una cantidad considerable de información que acusa de plagio a Shakira —la baranquillera que finge ser libanesa—. Los medios señalan que muchos de los videos de la cantante colombiana son plagios cínicos, plagios descarados, plagios sin justificación moral —desde el “waka waka” hasta la actual canción mundialista. En defensa de esta actitud “apropiativa” de Shakira señalo que, desde la doxografía griega hasta el apropiacionismo posmoderno, el plagio es una herramienta literaria que goza de una fuerte valoración moral y, por consiguiente, existe una amplia tradición ensayística encargada de explicitar las funciones benignas del plagio. El plagio es una forma más de inventiva estética. La diferencia radica en el grado de “originalidad” con el que se copia una obra original: un plagio vulgar sin reconocimiento alguno o un plagio sofisticado en el que el lector y los tribunales de la conciencia ni se enteran que leyeron una impostura.

Los casos históricos de plagio sobran. Permítanme recordar dos plagios creativos que se produjeron no hace mucho en España. El primero lo protagonizó Manuel Vázquez Montalbán, quien plagio creativamente una traducción del “Julio César” de Shakespeare realizada por el profesor Angel Luis Pujante. El error de Montalbán consistió en no borrar las huellas del delito: el historial de omisiones del primero coincide con la versión del segundo. La segunda mancilla plagiaria la cometió el crítico Agustín Fernández-Mallo. El ensayista utilizó en la escritura de su novela una obra de Borges (El hacedor) sin permiso de los “dueños” de la obra: el error radicó en no contar con el consentimiento de la viuda de Borges, albacea de la obra completa del argentino. En suma, aunque la defensa del plagio no implica la condena de la originalidad ni la falsa defensa de la propiedad intelectual, el plagio es una forma innoble de creación literaria pero, al final, una forma de creación e invención genuina. La defensa del plagio depende, entonces, del valor moral que otorguemos a la transgresión, a la imaginación y a la apropiación literaria. Sin embargo, como escribió Samuel Johnson, “nadie llegó a ser grande plagiando”.

 señor plagio

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Ángel Álvarez

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