Pan y cosmos

Recuerdo un momento concreto de mi infancia, pero no estoy seguro de qué edad tenía en ese entonces… seguramente algún punto entre cuatro y seis años. Era de tarde y mi madre me dijo que la acompañara a comprar pan. Salimos y, en la calle, el cielo se veía púrpura, con pequeños destellos rojizos a la distancia, porque ya se estaba ocultando el sol. Me fijé mucho en ese tono morado tan intenso, sospecho que fue la primera vez que tomé consciencia de lo que sucedía diariamente sin que le pusiera atención: el cielo podía tener muchos más colores que solamente azul o negro.

Fuimos a una panadería que no estaba lejos de casa y que ha estado instalada en el mismo sitio desde que tengo memoria y hasta la actualidad. La panadería estaba bien iluminada y el olor a pan era tan exquisito como en todas las panaderías. Mi madre y yo recorrimos las opciones de pan para elegir qué llevar. Por ese entonces, los accesorios de charola y pinzas me daban una sensación muy curiosa; se trataba de utensilios que absolutamente en ningún sitio más que en una panadería uno podía conseguir, el golpeteo metálico era algo tan entrañable como el olor a pan recién horneado, las migajas de pan que podían verse al fondo de las canastas, el azúcar nevado sobre algunos estantes. Me gustaba ver las pinzas como unas garras metálicas que sobrevolaban los rebaños de pan, buscando el mejor espécimen para luego abducirlo y llevarlo a su nave nodriza. Cuando el pan quedaba sobre la superficie gris entonces ya empezaba a ser nuestro, por eso sentía yo una desagradable punzada si un pan se devolvía de la bandeja a los estantes, incluso si era solamente para cambiarlo por otro de la misma especie.

No recuerdo en qué momento, pero sé que ese mismo día me dieron unos juguetes de indios y vaqueros (tres y tres o cuatro y cuatro, creo); eran de buen tamaño, más o menos pesados. Las figuras estaban detalladas, aunque no pintadas: los vaqueros era de plástico color crema, los indios de un tono rojizo de marrón. Esa tarde elegí en la panadería un pieza con una cubierta de chocolate que era exactamente del mismo color y textura que el plástico del que estaban hechas las figuras de los indios; a partir de ese día, cada vez que veía esos juguetes, siempre recordaba ese pan y viceversa; a la fecha, cuando llego a ver una cubierta de chocolate como esa recuerdo a los indios de juguete, de niño  me quedé convencido de que, de alguna manera, eran el mismo material.

Cuando mi madre y yo salimos de la panadería, afuera ya estaba comenzando la noche; el cielo no era púrpura sino azul oscuro. Volvimos a la casa, que estaba en penumbras, porque a mí padre desde siempre le ha gustado la iluminación discreta; creo recordar que sólo estaba encendida una lámpara de mesa (luz amarillenta, suave) y lo demás era la luz del televisor que él miraba en esos momentos. Fui a sentarme junto a él en el sofá, no estoy seguro de si le pregunté qué estaba viendo, pero lo más probable es que simplemente me haya sentado junto a él. En la televisión, una recreación a computadora (primitiva para estándares de ahora, suficientemente real para un niño de esos años) mostraba una sonda espacial avanzando hacia Júpiter; las siluetas de artefacto y planeta se recortaban sobre un fondo completamente negro.

El satélite Voyager 2 fue lanzado en agosto de 1977, para 1989 andaba por Neptuno y, cuando yo era un niño pequeño, ya se hablaba sobre la próxima salida de la Voyager 1 del sistema solar para seguir navegando a la deriva por el espacio; eso sucedió por ahí del 2009. Las Voyager fueron los primeros objetos hechos por el hombre en llegar al espacio profundo, lo más lejos de casa que podemos estar so far.

Esto lo sé ahora, pero esa noche, sentado en el sofá junto a mi papá, sólo sabía que estaba viendo un artefacto hecho por el hombre, flotando por el espacio, y por lo que decía el narrador entendí que llevaba años, décadas, flotando por el espacio y seguiría avanzando durante más décadas (actualmente, mientras escribo esto, ambas sondas se están acercando al centro de la Vía Láctea y se tiene previsto que sigan funcionando hasta el año 2025). Esa noción resultó en una pequeña epifanía; fue la primera vez en mi que realmente me detuve a pensar en el espacio y en lo que implica su tamaño. Desde luego que lo imaginé en conceptos infantiles, y las distancias que imaginaba entre la Tierra y la luna, la luna y Marte, Marte y Saturno, eran risiblemente inexactas (y seguramente, ya en la práctica, incluso podrían ser cubiertas, con mucha gasolina y paciencia, viajando en automóvil); de cualquier manera, incluso esos diminutos esbozos mentales, al irlos extendiendo (la distancia que imaginaba yo de la Tierra a Marte, multiplicarla hasta llegar a Júpiter, de ahí doblarla para llegar al borde del sistema solar, de ahí multiplicar una y otra y otra y otra vez hacia el espacio… y entonces darme cuenta de que se seguiría repitiendo infinitamente porque, hasta donde yo sabía, el espacio no tenía fronteras) fueron suficientes para que tomara consciencia de las verdaderas dimensiones de lo enorme y de lo diminuto; porque, naturalmente, aquella revelación de lo  inmenso del cosmos me hizo pensar en lo pequeño que era el sistema solar, lo pequeño que era la Tierra, lo pequeño que era el país, lo pequeña que era la ciudad, lo pequeña que era la casa… sin embargo, al pensar en todo eso, contra todo pronóstico, no sentí angustia, no sentí ni siquiera una diminuta fracción de la angustia que sentí cuando, también de niño, por ejemplo, me di cuenta de que algún día, igual que todos, yo iba a morir, poner lado a lado lo infinito del espacio y lo diminuto del sofá donde estaba con mi padre, no sentí nada más que una reconfortante calidez.

En ese momento imaginé el espacio exterior completamente vacío, no imaginé otras civilizaciones, ni siquiera otros planetas más allá de los del sistema solar, lo imaginé como negro, infinito y vacío. Bajo esa perspectiva, aquel sofá, en una habitación en penumbras, de noche (que fuera de noche era importante, porque hacía más palpable la noción de que el cielo oscuro se extendía infinitamente), sentado junto a mi papá mirando los dos en la televisión una ventana hacia lo que estaba sucediendo a incontables kilómetros de distancia (porque en ese momento aquel video no era una recreación, era una ventana hacia lo que realmente estaba pasando en el espacio), me hizo sentir seguro y en paz. No lo sé, supongo que algún psicólogo podría venir a decirme que es porque estaba convirtiendo el cosmos infinito en una réplica gigante del vientre materno de mis recuerdos nonatos y, por tanto, concedían al entero (literalmente) una sensación protectora y acogedora. Es posible, pero ahora, con los años, mi concepción del espacio ha ido cambiando. Con el tiempo he tenido algunos sueños relativamente recurrentes sobre el espacio (vivir en una casa que flota a la deriva por el cosmos, embarcarme en una misión a bordo de una nave gigantesca para enterarme, cuando ya estamos demasiado lejos, que el viaje durará cincuenta años y no hay forma alguna de regresar antes, sin importar la angustia que tenga por querer regresar de inmediato, etc.). Hubo una época en que pensar detenidamente en las dimensiones inconcebibles del universo me despertaba una gran angustia.

Hace no mucho, una noche en que ya sólo quedaba yo despierto en casa, sentado en mi habitación junto a una ventana desde donde se veía el jardín a oscuras y, encima, el cielo nocturno con pocas estrellas, vi en internet una transmisión en vivo de la tierra vista desde una estación espacial. Me quedé viéndola un rato (en medio de un silencio absoluto), recordándome todo el tiempo que, mientras veía eso en una pantalla, junto a mí estaba la ventana desde donde podía ver el cielo, las estrellas, la misma negrura que se veía en la transmisión detrás del borde de la tierra. En mi regazo estaba acomodada una gatita que no teníamos mucho rato de haber adoptado; en algún momento puse la pantalla frente a ella para mostrarle el espacio, solamente porque quería que ella, aunque no entendiera qué era aquello, lo viera; ¿cuántos felinos han visto, en vivo, la tierra con el universo detrás, sin importar que sean conscientes o no de lo que están viendo? Hasta ese momento volví a encontrar reconfortante la idea del espacio infinito; detenerse a reflexionar al respecto puede funcionar de forma tan eficiente como la mejor meditación budista. Pensar a consciencia sobre el universo y sus dimensiones puede ser tan alarmante como pensar en la muerte, porque vivimos sumergidos en ambas cosas pero, una vez que se llega a buenos términos con ambas nociones, vemos desde un mejor ángulo a nosotros mismos y a nuestras vidas, puede terminar resultando igual de reconfortante.

Esa noche, tantos años atrás, me quedé sumergido en esas primeras ideas respecto al cosmos mientras estaba en el sofá, junto a mi padre, viendo una recreación del Voyager en la televisión y comiendo un pan cubierto de chocolate. 

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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