No hay que perder el tiempo leyendo autores vivos

15 julio, 2017

Desde que me mudé a ese punto ciego entre la Escandón, la Condesa, la San Miguel Chapultepec y Tacubaya no encuentro un café como el Gabis en la Juárez que cubra mis necesidades totales de lector. Empezando porque se llame igual que yo. Soy un cerdo ególatra.

Voy dos veces por semana a una cafetería melancólica de viejitos en la Condesa. Guardatiempos. Gran nombre, mejores precios. Sospecho que al dueño -un señor a toda madre, atento y entrañable- no le acabo yo de simpatizar básicamente porque soy joven. El otro día estaba yo enfrascado en una charla bastante superficial con un compa acerca de contemporánea. Cuando el dueño nos tomó la orden yo dije: “no hay que perder el tiempo leyendo vivos”. Cuando me trajo mi latte yo dije: “ninguna generación tiene la obligación de generar un genio” y cuando me trajo un sobre de Splenda me aventé esta otra joyita: “lo mejor que puedes hacer con una novela reciente es esperar a ver si madura… esperar unos 90 años”.

Naturalmente yo estaba cotorreando. Me temo que varios autores estamos demasiado acostumbrados al chacoteo de las redes sociales. En fin, el señor ya de plano harto de oírme decir pendejadas me detuvo de golpe:

“Cómo puedes decir que no hay buenos autores vivos. ¿Entonces qué pasa con García Márquez, con Borges, con Sábato, con Cortázar..?”

Mencionó un par más. No tuve el corazón de decirle que todos esos que mencionaba ya habían tomado el tren de medianoche rumbo a Ciudad Tumba. Descarto que se tratara de un despiste general de mi buen amigo cafetero, más bien, ¿no será que los escritores que vimos envejecer aun viven en plenitud adentro de nuestros corazones? ¿Llegará el día en que cuando piense en mi padre él lucirá más joven de lo que yo luzca en ese momento en el futuro a mediano plazo?

19 julio, 2017

Leí “Matagatos”, de Raúl Aníbal Sánchez, recién editada por el sello emergente Caballo de Troya enfocado en nuevas voces mexicanas, suerte de trampolín tan necesario como interesante. Imaginen el Fondo Editorial Tierra Adentro pero con una proyección no tan juvenil y una distribución mucho menos gubernamental.

No es de extrañar que con el tiempo la ciudad se convierta en un sangriento campo de batalla bajo el poder del narcotráfico. Poco a poco, con aprobación y complacencia parental y legal, el estado creó toda una generación de sociópatas quienes en lugar de encontrar solaz en un horrible trabajo malpagado en la maquiladora (alguna fábrica de confección de arreos para coches japoneses), como era el plan cortoplacista del gobierno, se volcaron al asesinato entre ellos con armas de alto calibre.

Nunca había leído un texto que de manera tan clara y lógica justificara la importancia que tiene narrar la mierda en la que estamos todos los mexicanos metidos. Pues sí, no hay de otra, tiene hasta sentido. La trama: tres adolescentes crecen en una desolada ciudad chihuahuense rodeados de violencia, narco y un terrible entorno familiar de abandono y crimen. Uno de los vecinos es un ex militar y ex policía que fue violado habitualmente cuando estaba chavo y ahora tortura gatos y los cuelga en el muro de su casa todos destripados. Bueno. Eso no es todo, cuando nadie lo ve lo que hace es matar y violar niños. Esto bajo la interesante premisa de que los niños se dan cuenta de que corren peligro una vez que ya es demasiado tarde. Esa mirada inocente es el motor de este cuate que, la novela no es clara en eso, está basado en alguien que existe o existió.

Raúl Aníbal Sánchez nos presenta a sus personajes de una forma poco menos que preciosa. Sus madres les gritan desde las casas para que dejen de jugar al atardecer. Pero hay un niño que no es convocado por voz maternal alguna, uno que se queda solo en el patio de juegos conforme cae la noche maldita. Ese niño –lo sabemos desde la primera página- ha sido encontrado muerto. La novela Matagatos destaca por su prosa esmerilada y su estructura que va y viene, se aleja y luego se acaba estrellando en nuestra frente, ajá, como una bala perdida.Iconofinaltexto copy

 

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
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