Música de los orígenes: Entrevista a Dora Juárez Kiczkovsky

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A través de técnicas vocales expandidas, Dora Juárez explora sus orígenes entre México e Israel.

La música de la artista vocal, compositora e intérprete Dora Juárez Kiczkovsky es la traducción de muchas búsquedas en torno a sus orígenes culturales: la línea consanguínea; la identidad cultural en un mundo fragmentado, el sentido de la existencia: quién soy, qué soy. En el ejercicio de esta búsqueda biográfica, hermenéutica, histórica, puede encontrarse una raíz substancial de poder, un elemento de ruptura con los esquemas establecidos por la cultura del consumo y volver así, de manera sublime, a reconectar con los lugares que nos acogen, a darle un sentido a nuestras acciones bajo condiciones específicas, a instaurar las pautas del reconocimiento cultural, comenzar a hablar verdaderamente de otredades, de inter o transculturalidad, de individualidades conscientes. La incisiva crítica nace en nosotros y va dirigida contra los patrones culturales de una sociedad confundida respecto a sus orígenes.

Nacida en Israel y crecida en México, narra y articula su obra desde donde emanan sus preguntas y certezas existenciales y las investigaciones sobre sus orígenes, de forma que sus producciones discográficas poseen una cercanía y un sello personal distinguible en las que la voz es el instrumento principal.

Desarrollando técnicas vocales expandidas y utilizando recursos poco convencionales como el live looping, vierte poética y gibberish sin vacilamiento alguno, lo que recuerda a artistas como Maja Ratjke, Carmina Escobar, Juan Pablo Villa, Maria Stankova, Diamanda Galas, la cantante islandesa Bjork, mas con un sello único.

Actualmente presenta Cantos para una diáspora, editado en Tzadik Records, sello del compositor y saxofonista norteamericano John Zorn. En este disco vierte una colección de canciones sefardíes reinterpretadas y actualizadas bajo un sello personal, resultado de una labor hermenéutica en la música judía Sefardí de España y la Europa Oriental que funde a lado de músicos mexicanos experimentados como Francisco Bringas, Fernando Vigueras, Juan Pablo Villa, Carlos Maldonado, o Leo Soqui, entre otros.

Dora explora la interdisciplina, ya que también es cineasta; ha colaborado, por ejemplo, musicalmente con el cineasta Alemán Werner Herzog. Su interés en la voz ha sido plasmado en diversos documentales acerca de cantos de México y el mundo, y produjo para Canal Once la serie Erase una voz. También ha hecho música para teatro y películas mexicanas que han sido reconocidas internacionalmente.

Dora Juárez es integrante del grupo de experimentación vocal Muna Zul, que presentó su primera producción en 2004. Ha participado en diversos festivales de música internacional y su música suele enmarcarse dentro de las vanguardias musicales contemporáneas. Presentó uno de los actos sonoros que formaron parte el pasado 28 de Marzo, en el Cine Lido del Fondo de Cultura Económica, de la celebración por el tercer aniversario de La Hoja de Arena.

La Hoja de Arena: Dora, ¿que hay detrás de Cantos para una diáspora? ¿Por qué decidiste revisitar canciones sefardíes de Medio Oriente y Europa?

Dora Juárez: El disco es por un lado mi debut como solista y por otro lado una pieza muy personal. Responde al llamado que sentía desde hace mucho a conectar con mis raíces desde mi quehacer de cantante. Vengo de una familia de migrantes y de una doble diáspora, por un lado la de los judíos saliendo de Europa durante la Segunda Guerra Mundial y por otro lado la de mis padres nacidos en Argentina y salidos de su país durante la dictadura del 76. Esto hizo que creciera lejos de mi familia sanguínea y sintiendo que mi raíz estaba en otro lado. Este disco es parte de mi deseo de rastrear y jalar los hilos de mi árbol genealógico, que por estas circunstancias históricas y personales fueron quedando un poco sueltos.

La portada del disco, en donde estoy colgada de un árbol, habla de esto. Es por un lado la imagen de ser un fruto de mi propio árbol genealógico, al cual rindo homenaje en el último track, “Durme”, agradeciendo a cada miembro de la familia hasta donde pude rastrear. Y por otro lado es afirmarme en algo tan evidente que a veces obviamos: que estamos todos colgados del árbol sagrado de la vida, somos sus ramas sus frutos sus raíces, al margen de cualquier adscripción o pertenencia cultural.

LHA: ¿Es una dedicatoria a tus raíces?

DJ: Así es. A las cercanas y a las extendidas.

LHA: ¿Por qué la voz es tu instrumento principal ―y personal―?

DJ: No podría ser de otro modo. No hay instrumento musical más personal que la voz. Es la huella sonora específica de cada ser, es extensión del adentro hacia fuera, es tocar a los otros desde el interior propio…

Ahora, si con personal te refieres a algo más particular, por decirlo de alguna manera, pues hay en mi historia musical un camino de exploración del instrumento que está fuera de la convención estética masiva del canto. Es decir, juego desde años, dentro del ensamble vocal Muna Zul y por mi cuenta, con mi propia manera natural de aproximarme a la voz y a la emoción que me provoca; pruebo timbres, texturas, colocaciones, formas diversas, rangos, onomatopeyas… Por ejemplo, en Cantos para una diáspora, evoco vocalmente al mar, a las ballenas, a las sirenas, hago una orquestación vocal de una pieza evocando a una especie de banda oaxaqueña sefardí, si pudiera llamarla de alguna manera… Es decir, busco los diferentes seres posibles de mi voz.

Aunque esto no es ni nuevo ni exclusivo. Muchísimos cantantes lo han hecho, lo hacen cada vez más y con más virtuosismo. Meredith Monk, Boby Mc Ferrin, Theo Bleckman, Petra Haden. Y para no ir más lejos, tenemos brillantes ejemplos nacionales como Juan Pablo Villa, Leika Mochán, Carmina Escobar, por mencionar algunos.

LHA: ¿Cómo concibes la música del mundo o de raíces? ¿Cual crees que es su función en esta época?

No sé cómo la concibo pero sé lo que me provoca. Me fascina siempre. Ha sido muy manoseado en los últimos años el término música del mundo, hasta llegar a boca y oído de las grandes masas. Eso siempre tiene su riesgo. Por ejemplo, la fusión del world music con bases electrónicas edulcoradas a mí no me provoca gran cosa. Aunque sin duda también hay resultados asombrosos y conmovedores. Pero hablando de real música de raíces, es decir, la música de quien rastrea y manifiesta su propia raíz a través de ella es, valga la redundancia, la raíz misma de la música. Lo refiero desde un punto de vista social, cultural, comunitario, ritual, emotivo, terapéutico y espiritual, que es fundamentalmente lo que a mí me interesa más de la música.

Es fascinante y no hay para mí expresión más fidedigna del sabor de una cultura que su música original. El canto de raíces es un llamado ancestral al ―y desde el― fundamento de la vida, pero con el sabor específico de cada cultura. Y eso es una delicia de escuchar. Es conmovedor hasta la médula. Literalmente, pues viene de la médula misma de la historia de la humanidad y su necesidad de acompañarse y recrear el mundo percibido. Oír a un inuit, a un cardenche, a un sufi, a un rabino, a un pigmeo, a un chino, por ejemplo, con sus colores, sus texturas, sus líneas melódicas tan propias cada una, sus nociones estéticas tan disímiles, y a la vez todos con ese sello de llamado primigenio que cada alma humana reconoce en su corazón, no puede dejar intacto a nadie.

LHA: ¿Hacer música tiene una importancia espiritual para ti?

El término espiritual es extraño, pues es entendido e interpretado de muchas maneras diferentes. ¿Qué es espíritu? Yo no lo sé a ciencia cierta. Todos sabemos que el canto ha sido un vehículo primordial para “establecer contacto con lo superior” dentro de muchas religiones. Y eso es considerado espiritual. Pero yo al espíritu no lo veo como algo superior que hay que alcanzar fuera de nosotros. Lo veo como la fuerza pujante de la vida y todas sus emanaciones, manifiestas y no manifiestas. El diccionario, del cual me he hecho últimamente adepta, dice: la palabra espíritu viene del latín spiritus, que significa aliento o respiro y, como el aliento, es sinónimo de vida. En ese sentido entonces sí es espiritual el canto, porque es aliento hecho sonido y emana de la vida para tocar a la vida.

Yo sé que a mí me pasan cosas cuando canto y cuando oigo cantar. En mi experiencia, el canto tiene poder para sanar, conectar, depurar, despertar, revitalizar, abrir espacio donde parecía no haberlo. En el mejor de los casos, cantando me sucede algo parecido a desaparecer. Y eso es lo más placentero que conozco. Si eso es espiritual o no, no lo sé.

En todo caso yo entiendo el espíritu como aquello que no se ve pero se percibe, se intuye, y nos sostiene, nos unifica. Aquello de lo que emanamos, nuestro fundamento. Respirar y luego alargarse con la voz para alcanzar lo tangible y lo intangible que hay en cada uno, supongo que es una práctica espiritual. Así como cualquier otra práctica que se realiza para reconocernos y comulgar en lo que somos. Todo lo que hacemos puede ser una práctica espiritual o no, depende desde dónde se percibe y qué intención tiene, creo yo. Cantar es una maravillosa manera de expandir la percepción en todo caso.

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Alfredo Gallardo

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