El mito de las vitaminas: ¿por qué creemos que los suplementos alimenticios son buenos?

http://www.lahojadearena.com/mito-suplementos-alimenticios/

Ni una sola organización nacional o internacional de salud pública recomienda tomar suplementos alimenticios, ¿por qué?

En octubre del 2011 investigadores de la Universidad de Minnesota descubrieron que las mujeres que tomaban suplementos alimenticios tenían una tasa de mortalidad mayor a las que no. Dos día después, investigadores de la Clínica de Cleveland encontraron que los hombres que tomaban vitamina E tenían un mayor riesgo de desarrollar cáncer de próstata.

Estos descubrimientos no eran nuevos. Siete estudios anteriores ya habían mostrado que los suplementos alimenticios con vitaminas incrementaban el riesgo de cáncer y enfermedades del corazón y reducían la expectativa de vida. Aún así, en 2012, más de la mitad de norteamericanos tomaban algún tipo de suplemento alimenticio. Sin embargo, lo que poca gente sabe es que su fascinación por las vitaminas puede rastrearse hasta un solo hombre. Un hombre tan espectacularmente inteligente que ganó dos premios Nobel y tan espectacularmente equivocado que discutiblemente puede ser el charlatán más grande de la historia.

En 1931 Linus Pauling publicó un artículo en la revista científica Journal of the American Chemical Society titulado “La naturaleza del enlace químico”. Antes de la publicación, los químicos sabían que hay dos tipos de enlace químico: el iónico, donde un átomo cede uno de sus electrones a otro; y el covalente, donde los átomos comparten electrones. Pauling argumentaba que la cuestión no era tan simple – el compartir electrones se encontraba en un punto medio entre el enlace iónico y covalente. La idea de Pauling revolucionó el área, unificando ideas de la física cuántica con la química. El concepto era tan revolucionario que cuando el editor de la revista recibió el manuscrito no pudo encontrar a nadie calificado para revisarlo. Cuando a Albert Einstein se le preguntó lo que pensaba del trabajo de Pauling, él se encogió de hombros y dijo: “muy complicado para mí”.

Por sólo este artículo, Pauling recibió el premio Langmuir al químico joven más destacado de los Estados Unidos, se convirtió en el científico más joven en entrar a la Academia Nacional de las Ciencias, obtuvo la posición de profesor de tiempo completo en Caltech y ganó el premio Nobel de química. Tenía treinta años.

En 1951 Pauling publicó un artículo en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences titulado “La estructura de las proteínas”. Entonces los científicos sabían que las proteínas se componían de una serie de aminoácidos. Pauling propuso que las proteínas también tenían una estructura secundaria determinada por cómo éstas se plegaban sobre sí mismas. Una de las posibles configuraciones que Pauling propuso fue la hélice alfa, la cuál posteriormente fue retomada por James Watson y Francis Crick para explicar la estructura del DNA.

En 1961 Pauling recolectó sangre de gorilas, chimpancés y monos del zoológico de San Diego. Quería saber si las mutaciones en el gen de la hemoglobina podían usarse como un tipo de reloj evolutivo. Pauling mostró que los humanos se habían separado de los gorilas alrededor de 11 millones de años atrás, mucho antes de lo que los científicos habían supuesto. Tiempo después, un colega habría de remarcar: “De un plumazo él unificó la paleontología, la biología evolutiva y la biología molecular”.

Los logros de Pauling no se limitaban a la ciencia. Al comenzar la década de 1950 –y por 40 años– él fue el pacifista más reconocido del mundo. Pauling se opuso a la reclusión de los japoneses-americanos durante la Segunda Guerra Mundial, declinó la oferta de Oppenheimer de trabajar en el Proyecto Manhattan, se confrontó con el senador Joseph McCarthy al oponerse a realizar un juramento de lealtad, se opuso a la proliferación nuclear, debatió públicamente con Edward Teller, un famoso promotor de las armas nucleares, logró que el gobierno admitiera que las explosiones nucleares pueden dañar a los genes humanos y logró convencer a otros premios Nobel a oponerse a la guerra de Vietnam. Los esfuerzos de Pauling culminaron con el Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares. En 1962 obtuvo el premio Nobel de la paz, convirtiéndose en la primera persona en obtener dos premios Nobel no compartidos.

Además de su ingreso a la Academia Nacional de las Ciencias, dos premios Nobel, la Medalla Nacional de la Ciencia, la Medalla al Mérito (otorgada por el presidente de los Estados Unidos); Pauling también recibió grados honoraros de la Universidad de Cambridge, la Universidad de Londres y la Universidad de París. En 1961 apareció en la portada de la edición del Hombre del Año de la revista Time como uno de los más grandes científicos de la Historia.

Linus Pauling

Después, todo el rigor, todo el trabajo y el brillante pensamiento, todo lo que había convertido a Linus Pauling en una leyenda desapareció. En palabras de un colega: “su caída fue tan grande como cualquier tragedia clásica”.

El punto de quiebre llegó en marzo de 1966, cuando Pauling tenía 65 años. Acababa de recibir la Medalla Carl Neuberg. Recuerda Pauling: “Durante una charla en New York mencioné lo mucho que disfrutaba leer los descubrimientos realizados por científicos en las diferentes áreas del las ciencias naturales y declaré que esperaba vivir otros veinticinco años para poder continuar teniendo aquel placer. A mi regreso a California recibí una carta de un bioquímico, Irwin Stone, quien había estado en la charla. Me escribió que si seguía su recomendación de tomar 3000 miligramos de vitamina C, no sólo viviría por otros 25 años, sino probablemente más”. Stone, quien se refería a sí mismo como Dr. Stone, había estudiado química dos años en la universidad. Después, recibió un grado honorario de Los Angeles College of Chiropractic y un “PhD” de la Universidad de Donsbach, una escuela por correspondencia no acreditada de Carolina del Sur.

Pauling siguió el consejo de Stone. “Comencé a sentirme más animado y más saludable”, dijo. “Particularmente, los graves resfriados que había sufrido varias veces al año a lo largo de toda mi vida dejaron de ocurrir. Después de unos años, aumenté mi ingesta de vitamina C 10 veces, luego 20 y después 300 veces la dosis diaria recomendada: 18000 miligramos al día”.

De aquel día en adelante, la gente recordaría a Linus Pauling por una sola cosa: la vitamina C.

En 1970 Pauling publicó La vitamina C y el resfriado común, instando al público a tomar 3000 miligramos de vitamina C todos los días (50 veces la dosis diaria recomendada). Pauling creía que la gripe común pronto sería un pie de página histórico. “Tomará décadas erradicar la gripe común”, escribió, “pero creo que es posible controlarla completamente en los Estados Unidos y en otros países en un par de años. Espero presenciar este paso hacía un mundo mejor”. El libro de Pauling se convirtió en un best seller instantáneo. En 1971 y 1973 se reeditaron versiones de bolsillo y una edición ampliada titulada La vitamina C, el resfriado común y la gripa, publicada tres años antes, prometía evitar una pandemia de gripe porcina prevista. Las ventas de vitamina C se duplicaron, triplicaron y cuadruplicaron. Las farmacias no podían satisfacer la demanda. Para la mitad de la década de 1970, 50 millones de norteamericanos seguían el consejo de Pauling. Los fabricantes de suplementos alimenticios y vitaminas lo llamaban “el efecto Linus Pauling”.

Sin embargo, los científicos no estaban muy entusiasmados. El 14 de diciembre de 1942, casi treinta años antes del primer libro de Pauling, Donald Cowan, Darold Diehl y Abe Baker, de la Universidad de Minnesota, publicaron un artículo en el Journal of the American Medical Association titulado “Las vitaminas para la prevención de resfriados”. Los autores concluían: “Bajo las condiciones de este estudio, en el que 980 resfriados fueron tratados… no hay indicios de que la vitamina C sola, un antihistamínico solo, o la vitamina C más un antihistamínico tengan algún efecto sobre la duración o la gravedad de las infecciones en el tracto respiratorio superior”.

Otros estudios le siguieron. Después del pronunciamiento de Pauling, investigadores de la Universidad de Maryland administraron 3000 miligramos de vitamina C diariamente durante tres semanas a once voluntarios y una pastilla de azúcar (placebo) a otros diez. Después los infectaron con el virus del resfriado común. Todos desarrollaron síntomas de igual duración. En la Universidad de Toronto, investigadores administraron vitamina C o un placebo a 3500 voluntarios. Nuevamente, la vitamina C no previno resfriados, ni siquiera a aquellos que recibieron 2000 miligramos al día. En 2002, investigadores en Holanda administraron suplementos alimenticios con vitaminas o un placebo a más de 600 voluntarios. Nuevamente, sin encontrar diferencias. Actualmente, al menos 15 estudios han mostrado que la vitamina C no trata el resfriado común. Como consecuencia, ni la FDA, ni la Academia Americana de Pediatras, ni la Asociación Americana de Médicos, ni el Centro para la Nutrición Humana de la Escuela Johns Hopkins Bloomberg de Salud Pública, ni el Departamento de Salud y Servicios Humanos recomiendan la vitamina C suplementada para la prevención o el tratamiento de resfriados.

Aunque estudio tras estudio mostraba que estaba equivocado, Pauling se negó a creerlo y continuó promoviendo la vitamina C en discursos, artículos y libros. Cuando llegaba a aparecer frente a los medios con obvios síntomas de resfriado, decía que padecía de alguna reacción alérgica.

Después, Linus Pauling aumentó su apuesta. Declaró que la vitamina C no sólo prevenía resfriados: también curaba el cáncer.

En 1971 Pauling recibió una carta de Ewan Cameron, un cirujano escocés de un pequeño hospital a las afueras de Glasgow. Cameron le escribió que sus pacientes con cáncer que eran tratados con 10 gramos de vitamina C todos los días habían tenido mucho mejores resultados que aquellos que no. Pauling estaba extático. Decidió publicar los descubrimientos de Cameron en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Pauling asumió que, como miembro de la academia, podría publicar un artículo en PNAS cada que quisiera; en más de medio siglo sólo tres trabajos enviados por miembros de la academia habían sido rechazados. El artículo de Pauling fue rechazado de todos modos, aumentando su descrédito entre la comunidad científica. Entonces, el artículo fue publicado en Oncology, una revista especializada en cáncer. Cuando científicos evaluaron los datos, el error se volvió obvio: los pacientes que Cameron había tratado con vitamina C estaban más sanos desde el inicio del tratamiento, por lo que sus resultados fueron mejores. Después de esto, la comunidad científica dejó de tomar las declaraciones de Pauling de forma seria.

El mito de las vitaminas

Pero Linus Pauling aún tenía gran influencia en los medios. En 1971 declaró que la vitamina C podría disminuir las muertes por cáncer en 10%. En 1977 fue aún más allá: “Mis estimación actual es que se puede lograr una disminución del 75% con vitamina C sola y una mayor reducción con el uso de otros suplementos alimenticios”. Con el cáncer dejado atrás, los norteamericanos tendrían una vida más longeva y más sana, predijo. “La expectativa de vida será de 100 a 110 años y eventualmente la edad máxima podría ser de 150 años”, dijo.

Los pacientes con cáncer ahora tenían una razón para tener esperanza. Deseosos de aprovechar el milagro anunciado por Pauling, instaron a sus médicos para que les administraran dosis masivas de vitamina C. “Durante siete u ocho años, tuvimos muchísimas peticiones para usar altas dosis de vitamina C”, recuerda John Maris, jefe de oncología y director del Centro para la Investigación del Cáncer Infantil, del Hospital Infantil de Philadelphia. “Batallamos demasiado con eso. Los pacientes solían decirnos: ‘Doctor, ¿usted tiene un premio Nobel?’”.

Tomados por sorpresa, los científicos que investigaban el cáncer decidieron poner a prueba la teoría de Pauling. Charles Moertel, de la Clínica Mayo, evaluó a 150 pacientes con cáncer: la mitad recibió diez gramos de vitamina C al día y la otra mitad un placebo. El grupo tratado con vitamina C no mostró diferencias en síntomas o mortandad. Moertel concluyó: “No logramos mostrar un beneficio terapéutico de altas dosis de vitamina C”. Pauling se mostró indignado. Escribió una furiosa carta al New England Journal of Medicine, quienes habían publicado el estudio, afirmando que Moertel no había entendido nada. Claro que la vitamina C no había funcionado, pues Moertel había tratado pacientes que ya habían recibido quimioterapia. Pauling decía que la vitamina C funcionaba sólo si los pacientes de cáncer no habían recibido quimioterapia anteriormente.

Acosado, Moertel realizó un segundo estudio; los resultados fueron los mismos. Moertel concluyó: “Entre pacientes con enfermedad medible, ninguno mostró una mejora objetiva. Se puede concluir que la terapia con altas dosis de vitamina C no es efectiva contra tumores malignos sin importar si el paciente haya recibido algún tratamiento de quimioterapia o no”. Para la mayoría de los médicos, este fue el fin del tema. Pero no para Linus Pauling. Simplemente no estaba acostumbrado a que se le contradijera. Cameron observó: “Nunca lo he visto tan molesto. Está tomando todo el asunto como un ataque personal a su integridad”. Pauling pensó que el estudio de Moertel era un caso de “fraude y deliberada tergiversación”. Incluso consultó a sus abogados sobre demandar a Moertel, pero ellos lo convencieron de no hacerlo.

Estudios subsecuentes han mostrado consistentemente que la vitamina C no cura el cáncer.

Pero Pauling no había terminado. Tiempo después declaró que la vitamina C, cuando se tomaba en conjunto con dosis masivas de vitamina A (25000 unidades), vitamina E (400 a 1600 U), selenio (un elemento básico) y beta-caroteno (precursor de la vitamina A), podía hacer más que prevenir resfriados y tratar el cáncer; podía virtualmente curar cualquier enfermedad conocida por el hombre.

Pauling afirmaba que las vitaminas y los suplementos alimenticios podían curar: enfermedades del corazón, enfermedades mentales, neumonía, hepatitis, polio, tuberculosis, sarampión, paperas, viruela, meningitis, herpes, aftas, verrugas, herpes labial, envejecimiento, alergias, asma, artritis, diabetes, desprendimiento de la retina, infartos, úlceras, ataques, fiebre tifoidea, tétanos, disentería, lepra, quemaduras, fracturas, heridas, vértigo, envenenamiento por radiación, glaucoma, falla renal, influenza, enfermedades de la vejiga, estrés, rabia y picaduras de serpiente. Cuando el VIH llegó a los Estados Unidos en la década de 1970, Pauling declaró que los suplementos alimenticios con vitaminas también podían curarlo.

El 6 de abril de 1992 la portada de la revista Time – adornada con coloridas pastillas y cápsulas – declaró “El poder real de las vitaminas: nuevas investigaciones muestran que podrían ayudar a combatir el cáncer, enfermedades cardiacas y los estragos del envejecimiento”. El artículo, escrito por Anastasia Truféis, hacía eco de las nociones equivocadas (y ya desmentidas) de Pauling sobre las maravillas de las megavitaminas. “Más y más científicos están comenzando a sospechar que la visión tradicional de la medicina sobre las vitaminas y los minerales está muy limitada”, escribió Toufexis. “Las vitaminas –frecuentemente en dosis mucho más altas que las recomendadas– pueden protegernos de padecimientos desde defectos de nacimiento y cataratas hasta enfermedades del corazón y cáncer”. La Asociación Nacional de Alimentos Nutricionales (NNFA), una organización creada por los fabricantes de vitaminas, no podía creer su buena suerte. Como parte de sus esfuerzos para deshacerse de la FDA, la NNFA distribuyó múltiples copias de la revista a cada miembro del Congreso.

Aunque las investigaciones no habían apoyado su teoría, Pauling creía que las vitaminas y suplementos alimenticios tenían una propiedad que los hacía “curatodo”, una propiedad que continúa siendo explotada en todo, desde botellas de cátsup hasta jugos de granada, y que compite con atributos como natural y orgánico en impactar las ventas: los antioxidantes.

El mito de los suplementos alimenticios

La batalla de la antioxidación vs oxidación ha sido comparada con una lucha entre el bien y el mal. La batalla sucede en organelos celulares llamados mitocondrias, donde el cuerpo convierte la comida en energía, un proceso que requiere oxígeno y por lo mismo es llamado oxidación. Una de las consecuencias de la oxidación es la generación de captadores de electrones llamados radicales libres (“el mal”). Los radicales libres pueden dañar al DNA, a la membrana celular y la pared de las arterias; no por nada han sido asociados al envejecimiento, cáncer y enfermedades del corazón. Para neutralizar a los radicales libres, el cuerpo produce sus propios antioxidantes (“el bien”). Los antioxidantes también pueden encontrarse en frutas y vegetales – específicamente el selenio, beta-caroteno y las vitaminas A, C y E. Estudios han mostrado que la gente que come más frutas y vegetales tienen una incidencia más baja de cáncer y enfermedades del corazón, y viven más tiempo. La lógica es simple: si las frutas y vegetales contienen antioxidantes – y quienes comen muchas frutas y vegetales son más sanos – entonces quienes tomen antioxidantes suplementarios deberían también ser más sanos.

En realidad, son menos sanos.

En 1994 el Instituto Nacional del Cáncer, en colaboración con el Instituto Nacional de Salud Pública de Finlandia, estudió a 29000 hombres finlandeses; todos fumadores de más de 50 años. Se eligió este grupo debido al alto riesgo que tenían de contraer cáncer y enfermedades del corazón. A los pacientes se les dio vitamina E, beta-caroteno, ambos o ninguno. Los resultados fueron claros: aquellos que tomaron vitaminas y suplementos alimenticios fueron más propensos a morir de cáncer de pulmón o problemas cardiacos que aquellos que no los tomaron – lo opuesto a lo anticipado por los investigadores.

En 2004 científicos de la Universidad de Copenhagen revisaron 14 ensayos aleatorios que involucraban a más de 170000 personas que habían tomado vitaminas A, C, E y beta-caroteno para examinar si los antioxidantes podían prevenir cáncer intestinal. Nuevamente, los antioxidantes no pudieron superar la prueba. Los autores concluyeron, “No pudimos encontrar evidencias de que los suplementos de antioxidantes puedan prevenir el cáncer gastrointestinal; por el contrario, parecen incrementar la mortalidad en general”. Cuando los mismos investigadores evaluaron los siete mejores estudios, encontraron que las tasas de mortalidad eran 6 por ciento más alta en aquellos que tomaban vitaminas.

En 2005, investigadores de la Escuela de Medicina Johns Hopkins evaluaron diecinueve estudios que involucraban a más de 136000 personas y encontraron un mayor riesgo de muerte asociada a los suplementos de vitamina E. El Dr. Benjamín Caballero, director del Centro para la Nutrición Humana de la Escuela Johns Hopkins Bloomberg de Salud Pública dijo: “Esto reafirma lo que otros han dicho. La evidencia para justificar el consumo de suplementos con cualquier vitamina, en particular la vitamina E, simplemente no existe. Esta idea que la gente tiene de que las vitaminas no los dañarán no es tan simple”. Ese mismo año, un estudio publicado en el Journal of the American Medical Association evaluó a más de 9000 personas que tomaron altas dosis de vitamina E para prevenir el cáncer; aquellos que había tomado vitamina E eran más propensos a desarrollar enfermedades cardiacas que aquellos que no.

En el 2007 investigadores del Instituto Nacional del Cáncer examinaron a 11000 hombres que habían o no tomado multivitaminas. Aquellos que tomaron suplementos alimenticios tenían el doble de probabilidad de morir de cáncer de próstata.

En el 2008 una revisión de todos los estudios existentes hasta entonces con más de 230000 personas que habían o no recibido antioxidantes suplementarios encontró que las vitaminas incrementaban el riesgo de cáncer y enfermedades del corazón.

¿Cómo puede ser esto posible? Dado que los radicales libres claramente dañan a las células, y dado que la gente con dietas ricas en substancias que neutralizan a los radicales libres son más sanas, ¿por qué los estudios sobre los antioxidantes suplementarios muestran que son dañinos? La respuesta más probable es que los radicales libres no son tan malos como se dice. Aunque es claro que los radicales libres pueden dañar al DNA y romper membranas celulares, esto no es siempre algo malo. Los humanos necesitamos radicales libres para matar bacterias y para eliminar células cancerígenas. Pero cuando la gente toma grandes cantidades de antioxidantes, el balance entre la producción de radicales libres y su destrucción puede inclinarse mucho hacia un lado, creando un estado poco natural en el que el sistema inmune es menos apto para matar a invasores dañinos. Los investigadores han llamado a este fenómeno “la paradoja de los antioxidantes”. Cualquiera que sea la razón, los datos son claros: altas dosis de vitaminas y suplementos alimenticios incrementan el riesgo de enfermedades cardiacas y cáncer; por esta razón ni una sola organización nacional o internacional de salud pública los recomienda.

En mayo de 1980, durante una entrevista en la Universidad del Estado de Oregon, se le preguntó a Linus Pauling: “¿Existe algún efecto secundario por usar altas dosis de vitamina C a largo plazo?”. La respuesta de Pauling fue rápida y firme: “No”, respondió.

Siete meses después su esposa murió de cáncer de estómago. Linus Pauling murió de cáncer de próstata en 1994. Iconofinaltexto copy

Este artículo aparece originalmente en el libro: Do You Believe in Magic? The Sense and Nonsense of Alternative Medicine.

The following two tabs change content below.
Paul Offit

Paul Offit

Pediatra director del Centro para la Educación sobre Vacunas en el Hospital Infantil de Philadelphia. Ha publicado más de 150 artículos en revistas científicas y seis libros de divulgación médica.