Migrantes de rutina

Al menos 5.8 millones de mexiquenses de los municipios ubicados al norte del Distrito Federal se trasladan diariamente a sus lugares de trabajo en la capital. ¿Qué peligros enfrentan en sus viajes?

Caminando hacia la entrada de la estación Lechería del Tren Suburbano casi siempre se encuentra una o dos personas con abrigos raídos y mochila a cuestas: inmigrantes, presumiblemente centroamericanos, que intentan detener a los transeúntes con un gesto: se llevan repetidamente la mano izquierda a la boca mientras levantan el índice de la otra mano. “Una ayuda para comer”, parecen decir. Cuando alguien les extiende una moneda, se persignan con ella antes de guardarla. La mayoría de los transeúntes no se detienen y continúan su camino hacia las escaleras. A pesar de la aparente frialdad, los pasajeros dispuestos a abordar el tren comparten algo con los migrantes, toda proporción guardada: los espera la rutina de un viaje lleno de peligros.

Al menos 5.8 millones de mexiquenses de los municipios ubicados al norte del Distrito Federal se trasladan diariamente a sus lugares de trabajo en la capital. Estos migrantes rutinarios destinan en promedio 60 pesos y cuatro horas diarias para conseguir mejores oportunidades de trabajo. Pero la parte más peligrosa de la rutina es tratar de sortear la delincuencia.

Como siempre, son los taxistas los que tienen las historias más sórdidas. Alfredo, quien trabaja un taxi por las tardes en Jardínes de la Cañanada, cuenta que una vez tomó un camión en Cuautitlán Izcalli con dirección al metro Cuatro Caminos. Tres hombres se subieron a quitar las carteras y celulares del puñado de pasajeros, a punta de pistola. Cuando terminaron, uno de los asaltantes tomó de la muñeca a una joven y la arrastó hasta los últimos asientos del autobús para violarla, mientras sus compañeros se aseguraban de que nadie volteara. Alfredo asegura que, una vez que los asaltantes bajaron del autobús, fue con la mujer y le prestó el dinero que había guardado en uno de sus zapatos para que regresara a casa.

Durante la primera mitad de 2013, los asaltos en el transporte público aumentaron 43%, de acuerdo con cifras de la Procuraduría General de Justicia. Mensualmente, el número de robos con violencia ronda los 500. La incapacidad de los policías municipales para detener las cifras explica que se rehúsen a ser cuestionados con una grabadora.

Algunas de las rutas proclives a asaltos son las que cruzan por la carretera México-Querétaro. Aunque se trata de rutas urbanas, ese tramo de carretera sin paradas continuas resulta perfecto para los asaltantes.

Norma vive en Tultitlán, pero trabaja en una tienda departamental en Interlomas. Para trasladarse, diario cruza un tramo de la México-Querétaro que sólo es seguro para los automovilistas que pasan a toda velocidad.

“A mí sólo me ha tocado dos veces, pero he sabido de compañeras a las que asaltan seguido”, comenta Norma, minimizando su mala suerte. Una de ellas, que vive en Lago de Guadalupe, asegura que incluso conoce el rostro de los asaltantes que frecuentan su ruta. Se suben al camión y se distribuyen para tomar asiento en la parte delantera y trasera del vehículo, donde esperan el tramo de carretera para iniciar el atraco. Cuando ella los logra reconocer al tomar el camión, finge descuido y baja, sin poder alertar a los otros pasajeros por miedo a las represalias.

Una de las principales medidas anunciadas por el equipo del gobernador Eruviel Ávila para reducir el número de asaltos es la instalación de cámaras de vigilancia y botones de pánico… pagadas por los propios transportistas.

“No creo que sirva de mucho”, opina el chofer Julio Santos, de 34 años, quien asegura que los asaltos a alguno de sus compañeros de ruta ocurren casi diario.

La instalación de la línea 2 del Mexibús (réplica del Metrobús defeño) también pretende reducir el tráfico y los asaltos unificando el transporte en la vía López Portillo; sin embargo, la construcción empezó en tiempos de campaña electoral y se detuvo durante meses. Aún así, millones de personas necesitarían de otras formas de transporte para llegar al Distrito Federal.

“Este año nomás me han asaltado una vez, pero uno ya está acostumbrado a eso”, comenta Rafael Rosas, quien lleva diez años trabajando como microbusero. Tampoco cree que las cámaras de vigilancia sirvan, pues teme que los asaltantes pronto conocerán el lugar donde se ocultan. Cuando toca su turno, Rafael avienta El Gráfico sobre el tablero, enciende el motor de su micro y se persigna antes de pisar el acelerador. Iconofinaltexto copy

The following two tabs change content below.

Gael Montiel

Artículos recientes por Gael Montiel (see all)