México – Tenochtitlan, imagen de una ciudad que perdura

 

Basta con excavar un poco en las calles del Centro Histórico para que ruinas de la ciudad prehispánica salgan a la luz recordándonos el esplendor de aquella ciudad que despertó el asombro de quienes la conocieron. 

El 13 de agosto de 1521 la ciudad de México-Tenochtitlan caía ante el asedio de los conquistadores españoles tras un sitio de setenta y cinco días y diversos combates. Tras casi cinco siglos de este acontecimiento esa ciudad se resiste a morir y vestigios de aquella época conviven en el mismo espacio con edificios coloniales y modernos. Basta con excavar un poco en las calles del Centro Histórico para que ruinas de la ciudad prehispánica salgan a la luz recordándonos el esplendor de aquella ciudad que despertó el asombro de quienes la conocieron. Pero ¿cómo era México – Tenochtitlan?

Para reconstruir la morfología de México – Tenochtitlan contamos con tres tipos de fuentes: los vestigios arqueológicos, los códices y las crónicas de españoles, mestizos e indígenas. Para efectos de este articulo nos valdremos de los relatos de los conquistadores Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo quienes describieron de forma elocuente la capital del imperio mexica logrando transmitir el asombro que les causó la magnificencia de Tenochtitlan. Así nos relata Díaz del Castillo la entrada de los españoles a la ciudad el 8 de noviembre de 1519:

Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamientos que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos. (Díaz del Catillo, pág. 159) 

Si bien es cierto que estos relatos no son del todo exactos y suelen exagerar u omitir ciertos detalles, pues recordemos que su intención es destacar las hazañas de los conquistadores ante el emperador, son las únicas descripciones de tradición hispánica de quienes divisaron la ciudad de México – Tenochtitlan que han llegado a nosotros. Además debemos reconocer el esfuerzo de los cronistas por describir una ciudad nunca antes vista por ojos europeos y ajena a su tradición cultural.

Nos ocuparemos primero del entorno natural de la ciudad de Tenochtitlan para después pasar a describir su distribución y organización urbana.

Tenochtitlan, una ciudad lacustre

Estamos tan acostumbrados al lago de asfalto y las nubes de smog de la actual Ciudad de México que olvidamos que esta ciudad alguna vez estuvo rodeada por agua, montañas y bosques, y nos resulta difícil imaginarnos el entorno natural que observaron los conquistadores españoles a su entrada a la ciudad de Tenochtitlan. En la segunda carta de relación enviada al emperador Carlos V, Cortés describe por primera vez la capital del imperio mexica, el entorno natural del valle de México, los lagos que rodean la ciudad, la circulación de las canoas por los lagos y los canales.

La cual dicha provincia es redonda y está toda cercada de muy altas y ásperas sierras (…) hay dos lagunas que casi lo ocupan todo (…) y la una de estas dos lagunas es de agua dulce, y la otra, que es mayor, es de agua salada (…) (Cortés, pág. 138) 

Y es que precisamente el entorno lacustre fue la esencia de la ciudad de Tenochtitlan. Si bien la convivencia con el agua no fue del todo armónica pues constantemente tuvieron que sufrir los embates de la naturaleza que inundaba la ciudad, ésta representó para los aztecas una oportunidad pues facilitaba el transporte mediante

los canales en los que las canoas transportaban productos de las zonas fértiles aledañas al islote y de regiones más lejanas del imperio. Debido a que el lago de Texcoco que rodeaba gran parte del islote era de agua salada los tenochcas se abastecían de agua potable de Chapultepec. El agua era conducida a la ciudad por un acueducto de donde era tomada y  distribuida en canoas por toda la ciudad. Cabe mencionar que dicho acueducto fue edificado por Nezahualcóyotl, tlatoani de Texcoco y aliado de Tenochtitlan, quien fue el encargado de diversas obras hidráulicas de la ciudad como la albarrada para contener las aguas del lago de Texcoco y prevenir así las inundaciones.

Debido a la escases de tierras al interior del islote la ciudad se abastecía de materias primas de los poblados ribereños más fértiles, Xochimilco y Chalco. Debido al crecimiento demográfico la ciudad se fue expandiendo y ganándole terreno al lago de agua dulce, para ello los tenochcas utilizaron el sistema de chinampas para expandir la ciudad hacia el sur, lado que presentaba las condiciones más favorables para el crecimiento de la urbe.

La traza de la ciudad

La ciudad estuvo organizada a imagen y semejanza del orden cósmico azteca teniendo como núcleo el recinto ceremonial mexica del que partían calzadas hacia los cuatro puntos cardinales, conectando el norte con el sur y el poniente con el oriente.

La ciudad se encontraba constituida por un espacio sagrado y otro profano. El primero lo conformaba una enorme plaza cercada por los cuatro lados por un muro conocido como Coatepantli o “muro de serpientes”. Al interior de esta plaza se encontraban los templos de las principales deidades mexicas los cuales, según información de fray Bernandino de Sahagún, sumaban 78 edificios entre los que destacaban el Templo Mayor, un juego de pelota, justo debajo de las capillas de las ánimas de la catedral; el Calmecac, un templo dedicado a Tezcaltlipoca, un templo circular dedicado a Ehecatl – Quetzalcóatl y dos tzompantli. Al centro de todos se encontraba el Templo Mayor o Hueyteocalli el cual, como todos los demás templos y adoratorios, se encontraba orientado hacia el poniente, siguiendo la trayectoria del sol. Este templo representaba el centro del universo y estaba dedicado al dios Huitzilopochtli, dios de la guerra y principal deidad en el panteón mexica, y a Tláloc, dios del agua y la fertilidad. Este gran recinto ceremonial tenía poco más de 400 metros por lado lo que daba una superficie aproximada de 160 000 m2, es decir, más de 3 veces la superficie del zócalo capitalino y abarcaba parte de lo que actualmente son los edificios de Palacio Nacional, la Catedral, el Palacio del Arzobispado, el ex convento de santa Teresa, entre otros.

Alrededor de esta plaza y en orden jerárquico se ubicaban los demás edificios que conformaban la ciudad. Algunos de los palacios de los nobles que rodeaban el recinto ceremonial llegaron a tener dos pisos; las casas viejas de Moctezuma o “palacio de Axayacatl”, en donde se alojaron los españoles durante su estancia en la ciudad, se localizaban al suroeste de la plaza, en lo que hoy es el Monte de Piedad. Hacia el sur se encontraban las casas nuevas y el zoológico de Moctezuma, el cual albergaba todo tipo de aves y animales como felinos, venados, zorros, serpientes, etc. Frente a este palacio y al sur del recinto ceremonial, en lo que hoy es el Zócalo capitalino, se encontraba el espacio abierto del gran mercado en el que se comerciaban todo tipo de productos. Después de estas seguían las casas de los artesanos y comerciantes para finalmente llegar al espacio habitado por los macehuales hechas de diversos materiales como madera, adobe, piedra, carrizo y tierra apisonada.

De esta plaza partían las calzadas hacia los cuatro puntos cardinales que a su vez conectaban la isla con tierra firme: hacia el norte la calzada del Tepeyac; al sur la de Iztapalapa, hacia el poniente la de Tlacopan o Tacuba, por la que salieron huyendo los españoles la Noche Triste; y una pequeña calzada al oriente que conectaba con el embarcadero del lago de Texcoco.

Acerca de las calzadas Cortés nos dice lo siguiente:

Esta gran ciudad de Temixtitan está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que se quisiera entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzadas hechas a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas. Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy derechas, y algunas de éstas y todas las demás son la mitad de tierra y por la otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles de trecho a trecho están abiertas por donde atraviesa el agua de las unas a la otras, y en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas hay sus puentes de muy anchas y muy grandes vigas, juntas y recias y bien labradas, y tales, que por muchas de ellas pueden pasar diez de a caballo juntos a la par. (Cortés, págs. 138-139) 

Las amplias calzadas (15 a 20 m de ancho) cumplían la doble función de camino y presa, formando compartimientos para impedir las inundaciones y evitar que las aguas salobres del lago de Texcoco se mezclaran con las dulces de los lagos de Xochimilco y Chalco. Como menciona Cortés éstas eran mitad de tierra y mitad de agua, es decir, las calzadas no eran continuas sino que tenían puentes de madera que se levantaban para dejar pasar las canoas, además de tener un propósito defensivo pues en caso de un ataque los puentes eran levantados para impedir el tránsito. Además de estas calzadas existían canales que atravesaban la ciudad por los que se transportaban en canoas gente de un sitio a otro y también diversas mercancías y materiales.

Estas calzadas dividían la ciudad en cuatro barrios o parcialidades, mismos que fueron bautizados por los españoles con advocaciones católicas: al noreste San Sebastián Atzacoalco (hacia Tepito), en el noroeste Santa María Cuepopan; en el sureste San Pablo Zoquiapan (hacia la Merced) y al suroeste San Juan Moyotlan.

Más hacia el norte se encontraba la ciudad de Tlatelolco, ciudad gemela de Tenochtitlan, en la cual se ubicaba el gran mercado o Tianguis. Este mercado llamó la atención de los conquistadores por su extensión, organización, diversidad de mercancías que se ofrecían y la multitud de gente que acudía a él. Sobre esta plaza Díaz del Castillo comenta:

Y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían. Y los principales que iban con nosotros nos lo iban mostrando; cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. (Díaz del Castillo, pág. 171) 

La caída

Como se mencionó al principio de este artículo la ciudad de Tenochtitlan cayó en manos de los españoles el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito. La organización urbana de la ciudad facilitó en cierta medida el asedio español pues la estrategia de Hernán Cortés consistió básicamente en aislar a la ciudad. Los españoles se apoderaron de las calzadas que comunicaban la ciudad con tierra firme, cortaron el abastecimiento de agua potable que llegaba de Chapultepec y controlaron el acceso de gente y abastecimientos por agua con bergantines construidos expresamente para sitiar la ciudad.

La organización urbana de la ciudad prehispánica serviría de base para la nueva traza de la ciudad colonial que sería la capital del virreinato de la Nueva España. El 13 de agosto pero de 1790 en los trabajos de remozamiento de la plaza mayor de la ciudad de México fue encontrada la escultura de la Coatlicue, la ciudad antigua comenzaría poco a poco a ser develada confirmando las palabras atribuidas a Cuauhtlequetzqui: “Mientras permanezca el mundo, jamás perecerá la gloria y la fama de México- Tenochtitlan”. 

Bibliografía

-Matos Moctezuma, Eduardo, Tenochtitlan, FCE, México, 2011, 191 pp.
-Lombardo de Ruiz, Sonia “El desarrollo urbano de México- Tenochtitlan”, en Historia Mexicana, Vol. 22, No. 2 (Oct. – Dec., 1972), pp. 121-14 141 pp.
-Cortés, Hernán “Segunda Carta de relación”, en Cartas de Relación, Promo libro, Madrid,  2003, 83- 190 pp.
-Díaz del Castillo, Bernal, Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España, 23° edición, Porrúa, México, 2007, 154- 378 pp.
-De Rojas, José Luis, México Tenochtitlan. Economía y sociedad en el siglo XVI, 2° edición, FCE, México, 1988,  23- 49 pp.

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