México: museo-hospital

George Bataille es un cerdo insatisfecho. Eso molesta y motiva. Nadie que guste de la vida moderna puede ignorar su célebre “paradoja de las lágrimas felices”: la contradicción inicial entre la plácida vida animal y el recuento del horror en los caminos civilizatorios del hombre. Bataille es un hombre satisfecho. Lo anunció con cautela: “ante nuestros ojos, la muerte encarnada en un muerto participa de todo un horror viscoso, está cerca de los sapos, de la basura, de las arañas más angustiosas”. El ser humano es un ente de costumbres, de costumbres más cercanas a los insectos que a los alientos democráticos de los parlamentos. Las acciones de los hombres, al menos que sean artísticas o poéticas, son eructos de sapos y pisadas de araña: actos involuntarios que avergüenzan la naturaleza humana. Lo advirtió el intruso de Ciorán “en un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar”, pero también es cierto que sin fuerza, sin violencia y sin resistencia a los otros el canto de los ruiseñores devendría en un grito de ave sin vuelo. Sirva esta alusión a la muerte, a las lágrimas de felicidad y a la insoportable vida en comunidad como el prefacio a un acontecimiento estético de primera envergadura: el surgimiento del colectivo Los ingrávidos.

Bienvenidos quienes sea que ustedes sean. Bienvenidos por irrumpir en tiempos de paz de cementerio. Bienvenidos por recordarnos la importancia del cine no actuado. Bienvenidos por insistir que la semiótica es un acto político. Bienvenidos sean los que no están sometidos a un campo de gravedad. Ingrávidos de todo el mundo unidos contra las gramáticas oficiales que regulan nuestras miradas, nuestros cuerpos, nuestros deseos. La revolución es estética, ingrávida, mediática, o no será como tal. Si donde está el mal radica la salvación —Holderlin dixit—, entonces la gramática de Televisa nos hará libres. Televisa ahora y siempre, Televisa tradiciones, Televisa porque “aún hay más” amigos.

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El impacto de Los ingrávidos esta por medirse. No exagero la importancia estético-política de este contra-discurso, de esta gramática de la multitud dirigida a construir un espectador emancipado. Las obras de este colectivo nos enseñan a leer y a no mirar más, nos conminan a textualizar las imágenes y a visualizar las palabras del televisor. Los Ingrávidos son producto del discurso hegemónico y, al mismo tiempo, la posibilidad de su disolución. Esto ocurrió antes, pero con otros lindes políticos. En la década del noventa, el colectivo SEMEFO estremeció la escena cultural sin parangón en las arcas democráticas del arte mexicano. Con una estética de lo grotesco y con la mirada guía de Teresa Margolles —hoy consolidada como una de las artistas más efectistas a escala mundial—, el colectivo de los SEMEFO demostró que la violencia urbana es un exceso de Estado, insinuó que el horror sublime y el encantamiento de lo atroz es el residuo natural de las democracias fallidas. Los SEMEFO trasladaron la democracia mexicana de la Morgue al Museo. Los ingrávidos trasladan a México del Museo al Hospital. La diferencia entre ambos colectivos es que los primeros anticiparon la muerte de la transición mexicana, la vivieron y la evidenciaron; en cambio, los segundos saben que morir de mejoría es la opción menos fatal para el enfermo terminal. Los SEMEFO declararon la muerte de la transición democrática y firmaron artísticamente el acta de defunción. Los ingrávidos son unos necrófilos que desterraron la lánguida opción democrática para jugar en el corral con los aquelarres. Los ingrávidos son los hijos ilegitimos de la transición fallida. Por esta razón, el grupo SEMEFO nunca hubiese escrito “la libertad es sólo permitida a 24 cuadros por segundo”; sin embargo, ellos crecieron ya con el niño muerto. De este modo, los ingrávidos son el comienzo de algo difuso y sin horizonte definido, la inauguración de una forma de accionismo visual que en la futilidad radica su potencia. Los ingrávidos son los oculistas del retorno de la revolución institucional y los perforadores del desgarro retiniano ocasionado por el régimen de visibilidad de Televisa. Los ingrávidos son la crítica estética al glaucoma político. Para finalizar deseo que ellos hablen, que ellos manifiesten sus intenciones, que ellos visibilicen lo invisible, porque nos(otros) estamos en sala de espera anticipando los costos del funeral. Bienvenidos.

 

Manifiesto ingrávido

Hay que destruir la pseudo-poesía, toda ella fallida, que el imperio televisivo reivindica.

Hay que destruir el ritmo de sus vacuos ralentíes.

Hay que destruir la horrible nitidez de sus cámaras millonarias. Hay que sincopar y desfasar.

Hay que sobreponer el ojo enfermo que soporta su colorimetría.

Hay que convertir en ruido su millonaria propaganda.

Hay que someter a continua destrucción la gramática audiovisual de Televisa Tradiciones.

Hay que demoler la inmediatez neutralizada que el frívolo romanticismo de sus imágenes suscita.

Hay que plantear la des(re)conexión sistemática de las imágenes y los sonidos.

 

Cuando los gobiernos nos invaden con su enorme maquinaria de burocracia, guerra y medios de comunicación de masas, sentimos que la única manera de preservarnos es animando nuestro sentido de rebelión y desobediencia, incluso si debemos pagar el precio de la mera anarquía y nihilismo. Todas las ideologías públicas, valores y modos de vida deben ser puestos en duda, atacados. (Jonas Mekas, 1962). Iconofinaltexto copy

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Ángel Álvarez

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