#MeToo y el manifiesto francés, algunas acotaciones

A partir de las primeras acusaciones públicas contra Harvey Weinstein hace unos meses, surgió el movimiento #MeToo, para que mujeres en todos lados compartieran sus experiencias de acoso y discriminación e hicieran acusaciones que antes habían sido silenciadas o deliberadamente ignoradas. El movimiento creció rápidamente, salieron a la luz abusos de muchos hombres influyentes y poderosos, se había puesto sobre la mesa un asunto que siempre había estado ahí, haciendo mucho daño, contra el que, sin embargo, no se habían tomado medidas significativas.

La polémica orbitaba como siempre ocurre en los temas importantes, pero ahora es más grande que nunca, porque en Francia un grupo de cien mujeres (intelectuales y artistas, mujeres inteligentes y bien situadas) publicaron un manifiesto en contra del movimiento #MeToo y algunas cosas sobre el feminismo en general.

Conviene leer el manifiesto entero, para tener el panorama completo y sin intermediarios; aquí me detengo en un par de puntos específicos.

El manifiesto menciona lo siguiente: De hecho, #metoo ha provocado en la prensa y en las redes sociales una campaña de denuncias públicas de personas que, sin tener la oportunidad de responder o defenderse, fueron puestas exactamente en el mismo nivel que los delincuentes sexuales. Esto es cierto, al movimiento ya se le había acusado de iniciar una cacería de brujas… sin embargo, de ningún modo podemos culpar a #MeToo por esta explosión de denuncias dañinas que, las que así pueden considerarse, suelen ser producto de medios sensacionalistas y de multitudes de personas en internet dispuestas a linchar a cualquiera sin tomarse la molestia de investigar qué hay detrás de cada nota. Estos linchamientos no son culpa de #MeToo ni exclusivos de la temática feminista, no es porque el movimiento sea un monstruo hambriento y con salvajes ganas de comerse a cuanta persona encuentre a su paso; estos linchamientos han estado ahí desde mucho antes, desde hace mucho tiempo la gente atrincherada en las redes sociales ha estado ansiosa por juzgar y sancionar, en cualquier contexto y por cualquier pretexto disponible: desde una opinión política, una preferencia de personajes dentro de una caricatura, inclinaciones deportivas, gustos personales… por cualquier cosa, cualquiera. Ese es un problema de la sociedad en general, las redes sociales se han convertido en versión actual de las decapitaciones públicas en las plazas, con la diferencia de que, ahora, cada persona individual puede participar y, por lo tanto, sentir en carne propia una fracción del placer de ser quien esgrima el hacha.

Continúa: Esta justicia expedita ya tiene sus víctimas: hombres sancionados en el ejercicio de su profesión, obligados a renunciar, etc.; mientras que ellos solo se equivocaron al tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar sobre cosas “íntimas” en una cena de negocios, o enviar mensajes sexualmente explícitos a una mujer que no se sintió atraída por el otro. Vamos a conceder que la sociedad apenas está en proceso de encontrar la sanción en escala a cada falta, pero objetivamente debemos estar de acuerdo en una cosa: equivocarse al tocar una rodilla no es algo para decir tan a la ligera, tocar una rodilla o robarse un beso, igual que lanzar un piropo ofensivo o cualquier tipo de manoseo, son cosas que, sin consentimiento de la otra persona, no deben hacerse. Claro, un beso robado dentro de un coqueteo en el que participan dos personas por elección propia es válido, pero robar un beso en una situación donde la otra persona está marcando su distancia es una intromisión al espacio personal y sí, lamento informarles, una forma de assault, en cuanto a que se hace a la fuerza a una persona que no ha dado ni demostrado su consentimiento.

Aquí ocurre algo que tiene raíces más profundas. Dentro del tema de este manifiesto se ha hecho hincapié en el hecho de que la sociedad francesa tiene una idiosincrasia distinta a la estadounidense. Sí es cierto que Francia está orgullosa, con razón, de su tradición erótica (hacemos aquí una pausa para enumerar un par de estadísticas francesas: una mujer muere cada tres días a manos de su pareja, una de cada cinco mujeres ha sido víctima de acoso sexual en el trabajo en algún punto de su vida), pero no significa que, en contraste, la gente que maneja #MeToo sea mojigata y exagerada. En ambos países, en mayor o menor medida, hay muchas cosas que los hombres dan por sentado que pueden hacer/tomar y muchas cosas que las mujeres dan por sentado que debían dejar hacer/entregar. A mucha gente le parece exagerado señalar como algo incorrecto robar un beso o tocar la rodilla de una mujer, pero es porque la sociedad se ha ido formando con los años para hacernos pensar que son cosas a las que los hombres tienen derecho automáticamente sobre las mujeres y que las mujeres deben esperar y aguantar estas cosas.

A propósito de idiosincrasias, en Latinoamérica surgió el hashtag MiPrimerAcoso mucho antes que el MeToo, pero aunque el primero fue importante no tuvo ni de lejos el impacto que ha generado el segundo; esto, quizá, precisamente por motivos de idiosincrasia.

Más adelante encontramos en el manifiesto francés: Esta fiebre para enviar a los “cerdos” al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a empoderarse, en realidad sirve a los intereses de los enemigos de la libertad sexual, los extremistas religiosos, los peores reaccionarios y los que creen -en nombre de una concepción sustancial de la moralidad buena y victoriana- que las mujeres son seres “separados”, niñas con una cara de adulto, que exigen protección. Personalmente, esto me parece una lectura descomunalmente errada. Hasta donde tengo entendido, esto nunca fue sobre la moral en el sentido en que lo entienden las buenas consciencias, sino sobre moral en el sentido de cosas que son delitos, injusticias, agresiones y prepotencia; nunca fue sobre derrumbar las libertades sexuales, sino de no dejar impunes las agresiones sexuales, verbales o laborales que se sostienen sobre la discriminación y la misoginia; nunca fue sobre niñas indefensas sino sobre mujeres unidas demostrando que juntas están dispuestas a enfrentar todos los crímenes contra los que la gran mayoría de los hombres no hacen ni han hecho nada.

Después, el manifiesto denuncia que La ola purificadora parece no conocer ningún límite, refiriéndose a las maneras en que mucha gente ha intentado entrometerse con la creación artística en aras de lo políticamente correcto. En este punto del manifiesto estoy completamente de acuerdo, pero esto es un tema aparte y profundamente complejo que merece su propia discusión, y de ningún modo es “culpa” de #MeToo ni de las denuncias por acoso, ni siquiera realmente íntimo del feminismo, sino que es un debate que existe desde hace años y que nunca va a desaparecer.

Seguimos: Ahora estamos suficientemente advertidas para admitir que el impulso sexual es por naturaleza ofensivo y salvaje, pero también somos lo suficientemente clarividentes como para no confundir el coqueteo torpe con el ataque sexual. Pues sí, ese es el punto, precisamente, #MeToo no pretende convertirse en ningún estado totalitario (por cierto, buscar una sociedad con respeto equitativo no es de ninguna manera una de las posibles definiciones de “estado totalitario”) y las mujeres que lo encabezan están buscando denunciar los crímenes que se han escondido durante años y repitiendo las denuncias que años atrás fueron ignoradas. El manifiesto abre con lo siguiente: La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un crimen, ni la galantería es una agresión machista. Es cierto que un coqueteo torpe no es acoso (más bien un “ay, coso”) pero, como ya dijimos, si bien no hay que “exagerar” ciertas cosas tampoco deben minimizarse otras. Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Es brutalmente peligroso descalificar el movimiento entero de esta manera; como respondieron varios grupos feministas en Francia a las firmantes del manifiesto: es una bofetada a todas las mujeres que han sufrido violencia y acoso en su vida.

En el manifiesto también encontramos: Pero es la característica del puritanismo tomar prestado, en nombre de un llamado bien general, los argumentos de la protección de las mujeres y su emancipación para vincularlas a un estado de víctimas eternas, pobres pequeñas cosas bajo la influencia de demoníacos machistas, como en los tiempos de la brujería. Precisamente, la clave está en el “tomar prestado”, porque al tema del acoso lo van a tomar, inevitablemente, varios puritanos y varios extremistas… precisamente como ocurre con el feminismo en general, que es teñido, interpretado, extremado y explicado desde muy diversos puntos de vista de las propias personas que creen en él y por las personas en su contra. El propio manifiesto francés lo que hace es “tomar prestado” el movimiento de #MeToo para hacer una crítica muy personal al respecto y utilizarlo como forma de crítica al feminismo actual en general. Las firmantes terminan separándose de un feminismo en el que no se sienten representadas. Ahí está lo que me parece es lo más relevante de todo esto, porque la polémica que está girando en torno a #MeToo es exactamente la misma que gira en torno al feminismo en general. En el Feminismo (así, con mayúscula, un todo, algo enorme y abstracto que cada grupo entiende de forma distinta), como en cualquier ideología, caer en los extremos hacia un lado o hacia el otro termina siendo dañino y, por otro lado, tampoco hay verdades absolutas. Vale la pena recordar aquí las muy honestas e inteligentes palabras de Roxane Gay: ¿Cómo reconciliamos las imperfecciones del feminismo con todo el bien que puede hacer? En verdad, el feminismo es imperfecto porque es un movimiento impulsado por personas y las personas somos naturalmente imperfectas. Por cualquier razón, ceñimos al feminismo a un estándar irracional en el que el movimiento debe ser todo lo que queremos y siempre tiene que tomar las mejores decisiones.

Cuando el feminismo no cumple nuestras expectativas, decidimos que el problema es con el feminismo, en lugar de con las personas imperfectas que actúan en nombre del movimiento.

Recomiendo con desbordante entusiasmo la lectura completa del ensayo Bad Feminism, de Roxane Gay, una de las perspectivas más sinceras, lúcidas y, me parece, necesarias para abordar el feminismo en esta época tan atribulada, confusa y ruidosa.

Finalmente, el movimiento #MeToo, el manifiesto francés, los ensayos de Roxane, los textos inmortales de Beauvoir y Betty Friedan, el personaje de Wonder Woman, las opiniones de Malala, la revista Rookie (aquí va un inmenso etc.), todo es parte de una misma discusión extensa y que es imprescindible. Cerremos, pues, con unas palabras de Tavi Gevinson: El feminismo no es un reglamento sino una discusión, una plática, un proceso.  

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.