Lovecraft (y Hellboy)

Tendría yo alrededor de seis años cuando, un par de veces, mi madre me llevó a acompañarla cuando ella iba a visitar a una señora que la asesoraba en algunas labores de costura. La casa de la señora era sencilla pero, en realidad, no recuerdo gran cosa de la fachada ni de la entrada, lo que sí recuerdo bien era el área de trabajo a donde subíamos los tres: las escaleras eran empinadas y subían muy alto, para mi infantil proporción era como subir a una torre vigía. La amplia habitación donde la señora tenía su extensa mesa de trabajo, montones de tela y un par de sillones, era cuadrada y con las paredes de ladrillo limitadas en gran parte por enormes ventanales desde donde podía verse la ciudad como una pequeña maqueta. Me encantaba la vista desde esos ventanales, y cada tanto miraba a través de ellos desde el sillón muy suave, amplio y verde donde yo me acomodaba mientras mi madre y la señora manipulaban hilos, telas y tijeras. Ahí, intercalando sorbos a un jugo de uva en cajita, leí completo El horror de Dunwich, en uno de los diminutos ejemplares de Alianza Cien, editados en los 90’s por el CONACULTA. Quedé impresionado, después de eso pregunté a mi padre sobre el autor y él me dio un par de viejas colecciones de cuentos de H P Lovecraft, me dediqué a devorarlos vorazmente, con lo que probablemente podría considerar mi primer asombro mayúsculo y relevante en mis primeras lecturas. De inmediato el mundo lovecraftiano se volvió una obsesión para mí y eso incluyó, desde luego, multitud de dibujos.

Quizá en parte por ese cariño tan temprano y esa conexión personal inmediata con sus historias es por lo que, hasta la fecha, sigo siendo #TeamLovecraft por sobre el #TeamPoe en esa larga y necia competencia imaginada por los fans.

A Lovecraft le debo, además, el incidente gracias al que conocí a varias de las personas más importantes en mi . En tercero de secundaria me cambié de escuela (una de las mejores decisiones en toda mi vida); el primer día de clases todo mundo se presentó (el típico ritual para perder tiempo el primer día del curso). Yo estaba sentado en la última fila, escuchando sin mucha atención; en la fila delantera una muchacha con mangas multicolores y fosforecentemente extrovertida fue de las últimas en presentarse. Cuando sonó la campana para el receso me quedé en mi asiento, terminando un dibujo que estaba haciendo en una de mis libretas; el dibujo era mi versión de Azatoth (con todo y nombre escrito en letras disque macabras). Mientras prácticamente todo mundo salía del salón (apodado “el calabozo”) la muchacha de las mangas multicolores se acercó a mí para ver lo que estaba dibujando y, al ver el nombre, exclamó “¡Oh! ¿A ti también te gusta Lovecraft?” corrió hasta su asiento, sacó un libro de su mochila y volvió conmigo para enseñármelo. Era una edición ya algo desgastada y con anotaciones en tinta morada de Los sueños en la casa de la bruja. La muchacha se llamaba Larissa y, después de mostrarme el libro salió al patio, regresó para sujetarme del brazo y sacarme jalando del salón: afuera me presentó a Lety, Betty y Fabiola; desde ese momento y durante poco más de doce años, las cuatro han sido del pequeñísimo puñado de personas que más amo en el mundo y han sido de esas poquísimas personas de las que, a estas alturas, ya se tiene certeza que van a estar con uno toda la vida. Y eso empezó con el dibujo de una descomunal y aberrante deidad demente, jo.

Tendría yo unos catorce años cuando Guillermo del Toro estaba a punto de estrenar su Hellboy en cines. Yo conocía el trabajo de Del Toro y lo admiraba mucho (con los años esa admiración ha seguido creciendo ininterrumpidamente); a quien no conocía en ese entonces era a Mike Mignola. Como el estreno de la película estaba ya próximo, Vid (¡Cuánta nostalgia desata el sólo nombre de Editorial Vid, aún con todo y los errores que causaron su ruina final!) editó en México algunos comics de Hellboy, incluyendo en el primer número un letrero avisando que ese era ¡El comic que inspiró Hellboy: la película! Compré el comic, naturalmente, y lo llevé directamente a la sala de espera del consultorio de un podólogo porque una uña encarnada se había salido de control. Comencé a leer el comic en la sala de espera; era la primera parte de la historia Semilla de destrucción, el origen del personaje. Tuve que interrumpir la lectura porque de inmediato fue mi turno de entrar; al salir tenía el dedo gordo de un pie sumamente adolorido y vendado, así que recorrí cojeando el tramo afortunadamente corto hasta mi casa y ahí fui a acostarme en mi cama, para terminar de leer el comic. Me pasó exactamente lo mismo que con Lovecraft, quedé maravillado y sorprendido, nunca había visto un estilo de dibujo como el de Mignola y, además, la historia estaba armada con todos los elementos que yo habría podido desear en una lectura (por aquel entonces estaba obsesionado con temas de magia, ocultismo y viejas mitologías no tan populares como la griega y la egipcia). Hellboy se convirtió en uno de mis comics favoritos de todos los tiempos y Mignola en uno de los dibujantes que más admiro hasta la fecha y de quienes más sigo tratando de aprender. Además la influencia lovecraftiana en el mundo imaginado por Mignola era desbordante y me emocionó a montones, porque significaba una pasión que me conectaba a mí (joven e ingenuo lector) con el admirable creador de ese comic sombrío y maravilloso; poco después descubrí que, además, en el mismo club de fans lovecraftianos se encontraba también Del Toro y, lógicamente, enterarme de eso me llenó de una feliz calidez emocional (pidamos a las deidades ancestrales que algún día consiga filmar su ambicionada En las montañas de la locura).

El pasado 20 de agosto fue el cumpleaños de H. P. Lovecraft, uno de los con influencia más basta y profunda en los géneros de fantasía y terror, su importancia en los géneros es tan indescriptible como los horrores que pueblan sus relatos.  

 

Ilustración del autor.

The following two tabs change content below.
Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
Diego Minero

Artículos recientes por Diego Minero (_16e891a6_)