Los símbolos de los desheredados

La mañana del 4 de diciembre de 1914, después de algunos meses de comunicación epistolar, por fin pudieron conocerse en persona los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata. Esto sucedió en el entonces pueblo de Xochimilco, adonde llegó primero el morelense tras pasar algunos días en la ciudad de México. Según los testimonios, los generales fueron recibidos con flores por parte de algunos niños y de inmediato se dirigieron a la escuela del pueblo, en donde charlaron y concertaron el Pacto de Xochimilco, que básicamente se refería a que los villistas aceptaban el Plan de Ayala zapatatista como válido para todo el país, así como la elección de un presidente civil que lograra conciliar todas las vertientes revolucionarias.

Había mucha gente de ambos bandos aunque no todos consiguieron sentarse para el almuerzo que se les preparó. Pero todos allí notaron enseguida el marcado contraste entre los aspectos de los generales: mientras que Villa tenía el rostro enrojecido por el sol, era de gran estatura y cuerpo robusto, Zapata era más bien bajo y macilento; Villa vestía de forma austera, con un casco inglés, suéter café, anchos pantalones color caqui y gruesas botas de montar; en tanto que Zapata portaba un elegante traje de charro color negro con botones de plata en las piernas, un gran sombrero que impedía desbarrancarse en la profundidad de su mirada, una camisa color turquesa y un pañuelo azul atado al cuello. Y sin embargo, en sus respectivos ejércitos sucedía más bien lo contrario: la División del Norte, auspiciada por el contrato cinematográfico de la Mutual Film Company lucía uniformes, si no lujosos, por lo menos sí perfectamente cuidados y homogéneos; mientras que los soldados del Ejército Libertador del Sur eran una mezcla heterogénea de indígenas y mestizos con atuendos de mantas coloridas, no siempre con zapatos, y armas que iban de los machetes hasta las carabinas.

Según Leon Canova, un estadounidense que marchaba entre los villistas “Fue interesante y divertido ver a Villa y Zapata tratando de hacer amistad. Durante media hora se quedaron sentados en un incómodo silencio, ocasionalmente roto por algún comentario insignificante, como novios de pueblo”. Sin embargo, de acuerdo a la versión taquigráfica de la entrevista, misma que se encontró entre los documentos del archivo particular del general villista Roque González Garza, de inmediato comenzaron a hablar de los odiosos constitucionalistas, comandados por el canalla de “don Venus” (Venustiano Carranza), de las anécdotas de algunas batallas, de que ambos ya desde antes habían intentado concertar esa cita que a la postre resultaría histórica, e incluso de sus respectivas preferencias por cierto tipo de sombreros. En lo que sí coinciden las versiones, es en el momento en que se propone un brindis con coñac: Zapata lo bebió como si nada, pero Villa, que era abstemio, lo bebió tras meditarlo largamente, y entonces todos pudieron ver cómo se le iba congestionando el rostro hasta que, con voz ronca y suplicante pidió agua.

Poco después ambos tendrían una reunión privada de poco más de una hora (cuyos detalles no fueron registrados) y finalmente Villa diría algunas palabras toscas, pero nacidas «de su corazón», a la concurrencia. Un Roque González Garza emocionado habló también de que ese día emulaba el abrazo de Acatempan entre Guerrero e Iturbide ocurrido casi cien años antes, pero que a diferencia de aquél, mancillado por un Iturbide incapaz de cumplir con su palabra, los instaba a cumplir el pacto y a llevar la tan anhelada «felicidad» al sufrido pueblo de México.

Dos días después harían la famosa visita al presidente Eulalio Gutiérrez en el Palacio Nacional de la ciudad de México, en la que Villa, entre bromas y veras, se sentaría en la silla presidencial, con un receloso y desconfiado Zapata sentado a su izquierda. En aquellos momentos de júbilo, pocos se habrían atrevido a anticipar que quizás esos días fueron la cúspide de sus carreras como revolucionarios, que en los meses siguientes serían derrotados y obligados a regresar a una vida a salto de mata, a la guerra de guerrillas. Y menos aún que con el paso del tiempo, la historia los convertiría en los símbolos de lucha de los desheredados.

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@elReyMono

Foto: marcha de los generales Emiliano Zapata y Francisco Villa rumbo a la ciudad de México, 6 de diciembre de 1914.

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Víctor Sampayo

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