Los latidos de la escritura

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La escritura tiene un ritmo. La escritura se cocina a fuego lento, pausado, con el aceite a punto de acitrón, aunque la prisa del teclado y de los time-lines obligue a meter en microondas los pensamientos. Mi columna en la Hoja de Arena también tiene, tuvo y mantuvo un ritmo. El ritmo marcado por el lugar donde escribí por algunas horas. El ritmo de las pausas aceleradas para el cálculo los posibles lectores. El ritmo de las semanas intermitentes en las que era posible, finalmente, sentarse a escribir. Durante estos ritmos entrecruzados planeé ensayos, dibujé notas de viaje, apunté críticas de , embalsamé microficciones, registré lecturas de acontecimiento y documenté un repertorio poco hábil para detectar el pulso de los días. Este pulso -mi pulso-, que en ocasiones afortunadas detectó el pulso de los otros, tuvo la ventaja de funcionar como un estetoscopio ciudadano. El pulso y la escritura miden exactamente lo mismo: las palpitaciones de nuestro mundo y los latidos del mundo de los otros.

Hace algunas semanas recibí un mensaje de uno de los editores de la Hoja de Arena. El mensaje, cortés y atento, preguntaba sobre la ausencia de mi escritura. Mi explicación de la ausencia fue la clásica expiación de profesionista: “no tuve el tiempo…”, “fue un semestre difícil…”, “cambié de trabajo…”. Era verdad, pero algo me incomodaba con la respuesta. En el fondo sabía que, desde que comencé a escribir, la práctica de la escritura es una ofensiva contra el tiempo civil; una metodología evanescente para recuperar el pulso de la . La escritura es el oficio más celoso y malagradecido. Volví a escribir. No es que haya dejado de escribir pero, como algunos lectores advierten, mi práctica de escritura atraviesa otras formas de escritura más estandarizada, más académica, menos vital y libre. La escritura libre es alérgica a los formatos de oficina.

La escritura vital, la escritura que mantiene el imperativo ético de no hacer perder el tiempo a los demás, es una resistencia personal contra todo lo que nos impide escribir: el cansancio, las agendas, los pretextos, el hastío o el exceso de alegría. Un punto es claro: no todas las pasiones son adecuadas para la escritura. Un exceso de alegría impediría que nuestros textos gozaran del pathos de la distancia. En cambio, un barrunto de tristeza convertiría este espacio en una jaula de la melancolía o en una bitácora del viaje al descenso de sí. La escritura admite muchas pasiones, pero sin pasión no hay escritura. La escritura es una pasión alegre. La escritura es un rapture razonado, un concierto de desconciertos timbrados por la mano y la pluma. La escritura es un medio para volvernos a reunir. Quizá por esto no importan las razones por la cuales uno toma el teclado y comienza a digitar. Sin embargo, la escritura apasionada tiene un efecto terapéutico, un motivo restaurador. Los griegos decían therapein ahí donde existía un tratamiento, una cura frente a las inclemencias de la vida. La terapia, entonces, no consiste en el acto de escribir sino en el ritmo pausado en la que los pensamientos recogen la página escrita y comienzan a salir como si fuesen humores que el cuerpo no puede soportar. La escritura, recordará Ernest Junger, mantiene una cercanía con la medicina porque “entre la función del autor y la del médico existe una diferencia como entre la de la investigación fundamental y la de la aplicada”. La escritura es práctica humoral, venia legendi para registrar los latidos de la ciudad.

Lector silencioso: esta columna, este espacio de libertad creativa depende de ti porque está pensado para ti. Lamento si muchas veces no logré “engancharte” y te aburrí: el aburrimiento es uno de los pecados de la escritura. Lo sé. Lamento, igualmente, si mis textos fueron dispersos, intermitentes, un paseo fallido en el que lo importante es caminar entre letras. Pero aun así agradezco esos momentos en los que en la oficina, el salón de clases o la comodidad de tu casa pudiste asomarte a mis improperios cotidianos. Sin lectores no somos nada. Sin ti lector agudo, atento, ansioso, inquieto, no tendría un motivo más sublime más allá de los gestos narcisistas que encubre toda escritura. Por ello, aprovecho estas líneas para agradecerte tu tiempo, tus lecturas y, en ocasiones inmejorables, tus “likes”. La escritura continúa, quiere continuar. El lugar desde el que ahora escribo es diferente. Las condiciones cambiaron y la finalidad de la escritura, también. Pero tú, lector silencioso, has estado ahí pacientemente. Te pido que acompañes este nuevo viaje con la paciencia del anticuario: recopila lo que te sirve, desecha la basura, y platiquemos al final sobre las huellas de lo viejo. El pulso de los días es el latido que nos une: la complicidad entre letra y letra, entre párrafo y párrafo, entre acontecimiento y hecho. Los latidos de la escritura son el pulso de mi ciudad: tú paciencia, amable lector.Iconofinaltexto copy

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Ángel Álvarez

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