“Lo leí en la escuela” no cuenta

16 Mayo, 2017

Centenario de Juan Rulfo. La gente redacta tuits y posteos chuscos que modifican el inicio de Pedro Páramo. Ninguno me hizo real gracia. Supongo que me estoy volviendo amargado. La comparación entre el actual México violento con espectral Comala tampoco me pareció afortunada. Sin embargo ambas circunstancias creo que a Juan le daría risa. Se habla mucho del hombre arisco que fue, el tallerista que arrojaba por la ventana los textos de sus alumnos, el hombre sentado detrás de la puerta para que nadie lo molestara. La contraparte es peor aun: hay una horrenda escultura suya en Colima en la que, sentado en una banca del parque, le lee a un niño pequeño. Y es que Rulfo es un enigma. No entendemos cómo pudo haber uno así entre nosotros. Eusebio Ruvalcaba dejó un poema en el que dice que Rulfo lloraba tierra.
Rulfo es uno de los padres fundadores de la literatura mexicana como la conocemos hoy en día. Así de fácil. Pienso en mi salón de clases y todos los niños con su ejemplar amarillo con los perros en llamas en la portada forrada en estorboso plástico. No estoy seguro de que sea la mejor lectura para un grupo de escuincles y chamacas que sobrellevan sus primeras erecciones o iniciales ciclos menstruales. Sin embargo algo debió de sobrevivir de aquella experiencia escolapia. Básicamente en este país todos nacemos sabiendo que existió un escritor llamado Juan Rulfo. Qué bendición. Así sí baila mi hija con el señor. Con Rulfo me pasa algo que agradezco: me cuesta mucho trabajo memorizarlo. Si se me pregunta cabalmente de qué trata cada uno de los cuentos en El Llano… ¡no me acuerdo! Por eso acudo a él por lo menos una vez cada dos años. Lo releo con constancia religiosa y desde el más básico asombro de lector, vuelvo a ser un niño menso en la secundaria. Ese puñado de cuentos, como piedras duras de tanto sol, siempre me tienen reservadas sonrisas nuevas, hallazgos fascinantes. Y aun así tengo clarísima la frase de Rulfo que me llevaré a la tumba: “Estaban las estrellas hinchadas de tanta noche.”
No es una cita literal, traduzco con la memoria.

17 Mayo, 2017

Hay una noche importantísima en la historia de la literatura mexicana. Juan Rulfo viene de ver la película basada en su cuento “Talpa”. La odió. Desesperado y triste, incomprendido, camina por las calles de la colonia Cuauhtémoc en la ciudad de México. Toca a la puerta de Josefina Vicens con lágrimas en los ojos. A ambos los hermana el silencio, la dolorosa imposibilidad de escribir, ¿se asumen peones de lujo de la creación literaria? En ese momento no sabían los dos que se irían de este nivel de realidad legándonos tan sólo dos libros cada uno.
Escribí “tan sólo”. Vaya tarugada. Realmente con que escribamos una línea que nos salve ya la armamos. En fin. Algún día, si abandono este empleo en Polanco redactando basura, intentaré de nuevo escribir un cuento sobre esa noche. La imagino llena de silencios y ante el amparo de un café con piquete.Iconofinaltexto copy

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
Gabriel Rodríguez Liceaga

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