Lista arbitraria de libros 2016

Se acaba este año de mil formas horrendo para el mundo sin ninguna garantía de que el próximo será mejor, y con el cierre de ciclo llega también esta ahora tradicional lista de lecturas personales. Libros sueltos, que no comparten la menor característica ―al menos no deliberadamente― fuera de haber sido leídos por un servidor a lo largo de estos doce meses que expiran; recomendados sólo porque es gratis y porque, tras un año más, nadie me ha clausurado este foro de expresión. Ahí les van, en riguroso desorden y más o menos surtiditas ―prometo leer más libros de cuentos el año que viene―, mis lecturas favoritas de este año:

El ejército iluminado (novela), de David Toscana (México)

Toscana se cuela en la lista por segundo año consecutivo con esta novela en la que Ignacio Matus, profesor regio ―que no es lo mismo que un regio profesor― y atleta frustrado, deja de enseñar historia de México en Monterrey para emprender la reconquista de Texas por medio de la toma de El Álamo. Lo acompaña su ejército, un cúmulo de muchachitos huidos de una escuela para jóvenes de lento desarrollo, liderados por el muy poco heroico Gordo Comodoro. Una novela sabia y divertida, que lo mismo se burla del nacionalismo y el amor familiar que explora la complejidad emocional de un personaje quijotesco, con la prosa siempre tersa y precisa del autor regio (ahora sí, en sus dos acepciones).

Saltaré sobre el fuego (poesía), de Wislawa Szymborska (Polonia)

Esta breve edición bilingüe de Nórdica Libros recopila algunos poemas de la Nobel polaca en un solo libro ilustrado. Es un volumen que merece la pena comprar (y por pena quiero decir trescientos pesos, apróx.) por su valor además de su enorme contenido literario, incluso si uno no pertenece al selecto porcentaje de polacoparlantes del país. Es además una ancha puerta de entrada a la obra de Szymborska, y en él se respiran toda la hondura y la luminosidad con las que aborda incluso los pasajes más atroces de la historia moderna. Un gran regalo para la próxima navidad; les da tiempo de ahorrar.

El gran cuaderno (novela corta), de Agota Kristoff (Hungría-Suiza)

Este libro me lo recomendó Fernanda Melchor, a quien le tengo un altar desde entonces (por altar me refiero a un tuit de agradecimiento). Agota Kristoff fue una escritora húngara emigrada en Suiza que escribió en francés; Le Grand Cahier es el primer libro de una trilogía que aborda la vida de un personaje doble, los gemelos Klaus y Lucas, y su vida bajo la custodia de su salvaje abuela tras el estallido de la guerra. Su gran mérito es alejarse del esperable y farragoso melodrama bélico y crear, por medio de capítulos súper breves y justificados con maestría, un de reglas propias e imparcialidad cudelísima de dimensiones superiores a las de cualquier ladrillo hiperdescriptivo. Tradicionalmente un detractor de las trilogías, no puedo esperar a conseguir las dos partes restantes. Por mucho uno de mis favoritos del año.

Avaricia (ensayo periodístico), de Emiliano Fittipaldi (Italia)

Baste decir, a la manera de los mercadólogos editoriales, que Fittipaldi está todavía bajo proceso en las cortes vaticanas a causa de este libro. Se trata de un completo trabajo de investigación, abundante en documentación de primera mano, que muestra sin ánimos panfletarios y con estricto rigor periodístico el fracaso de la Iglesia Católica en respetar sus propios principios fundacionales de austeridad, desde la fraude del óbolo de San Pedro ―la recolección mundial de limosnas para obras de misericordia, un fin para el cual se utiliza apenas un ínfimo porcentaje― hasta el involucramiento de obispos en inversiones bastante poco cristianas como el financiamiento de un canal de pornografía, pasando por los cardenales que en la teoría apoyan los esfuerzos de Francisco por fortalecer el discurso de la humildad, y en la práctica lo ensucian con lujo de opulencia. Lección de periodismo, ejemplo de hipocresía.

Las intermitencias de la muerte (novela), de José Saramago (Portugal)

A Saramago no puedo volver sino con cariño. Esta vez le leí a mi abuelito perdido una parábola, siniestra y bella como las suyas, en la que La Muerte se pone en huelga en un país anónimo y a partir de ese día la gente deja de morir; eso no significa, por supuesto, que deje de envejecer, o de enfermar. A partir de un hecho que trastoca la cotidianidad, a la manera de Ensayo sobre la ceguera, todos los engranajes de todos los niveles de esta sociedad azotada por el caos de la inmortalidad obligatoria se enchuecan y poco a poco desembocan, de forma sutil y al mismo tiempo sorprendente, en una historia de amor, no exenta de la filosa ironía y la aterradora ternura de la prosa del Nobel portugués.

Voces de Chernóbil (crónica), de Svetlana Alexéievich (Ucrania)

Tratándose de un libro últimamente tan mencionado (y con justa razón), hay poco que pueda agregar que no pueda encontrarse en cualquier reseña. Me bastó el prólogo para quedar abrumado por la dimensión del universo al que estaba por entrar. La polifonía que reconstruye la tragedia nuclear con el hilván invisible de la autora es un cementerio de voces que se recorre en silencio, con un peso permanente en la espalda, un libro del que no hay forma humana de salir indemne, y sin embargo una obra necesaria que parece ordenar y llenar un hueco creado por la propia humanidad a partir de un evento único y (sólo parcialmente) accidental. Ignoren la horrenda portada de la versión en español y corran a comprarlo.

Tú y yo (novela corta), de Niccolò Ammaniti (Italia)

Esta novelita del rockstar de la narrativa contemporánea italiana narra cómo Lorenzo, un adolescente de catorce años, introvertido tirándole a misántropo, engaña a sus padres y en vez de irse de vacaciones con su grupo de escuela se encierra en el sótano de su edificio a vivir una semana en completa y pacífica soledad, aprovisionado de cocacolas y libros de terror. El plan cambia con la irrupción de Olivia, su hermana mayor, que había abandonado la casa de sus padres años atrás y ahora regresa envuelta en toda clase de problemas. Se trata de una novela de iniciación (haciendo eco de la fascinación que parecen tener los novelistas italianos de este siglo por la niñez) en la que Olivia se convierte en un remolino de exterior que obliga a Lorenzo a romper el cascarón y enfrentarse a las cosas bellas y terribles de este mundo, que casi siempre llegan revueltas.

Población de la máscara (poesía), de Francisco Hernández (México)

Muy acorde con el estilo camaleónico de Hernández, que parece ser un nuevo autor en cada libro que escribe, este poemario consta de setenta y dos “autorretratos” de artistas modernos y contemporáneos. Desde el reflejo, desde la muerte, desde sus tragedias o desde un lunar en la mejilla, cada uno de ellos habla como la máscara de quien les dio vida, y el conjunto es una casa de los espejos en la que las distorciones no vienen sino desde el protagonista que se mira a sí mismo en cada poema. Tiene el plus de estar editado por Almadía, en una edición compacta y diseñada, como es costumbre, por Alejandro Magallanes.

Nada (novela corta), de Janne Teller (Dinamarca

Otra de las favoritas, clase maestra de novela corta, la compré un poco reticente porque, sepa por qué razón, le vi cara de best-seller, hasta que me la recomendó Edmeé Pardo con la sentencia de que tenía que leerla si me decía un lector de novela corta, y el terremoto que es me agarró desprevenido. La fórmula es simple: el niño Pierre Anthon decide que nada tiene sentido y, por lo tanto, no tiene sentido hacer nada; se trepa a un árbol y ahí se queda. Sus compañeritos de escuela, abrumados por la posibilidad de que su amigo tenga razón, deseosos de que no sea así, se proponen defender El Significado, y emprenden una colección de cosas que para ellos significan algo; capítulo a capítulo, al principio inocente, la historia se convierte en una vorágine sin freno y sin control que cimbra, en unas cuantas páginas, el conjunto de certezas y miedos que sostienen la civilización occidental. Top del top.

Contra el trabajo (antología de ensayos), diversos autores

Este librito forma parte de la colección Versus, de Tumbona Ediciones, y recopila algunos ensayos cuya médula es la defensa del ocio. Séneca, Samuel Johnson, Nietzsche, Adorno y Cioran componen la lista, aunque mención aparte merece ―y por cuyo ensayo solito vale la pena conseguir el libro― Bertrand Russell y su “Elogio de la holgazanería”. Al mismo tiempo una denuncia y un respiro en medio de un sistema que enaltece el estar ocupados y difumina las fronteras entre la moral del trabajo y la esclavitud, este libro (junto con toda la colección, de paso) resulta más que recomendable.

Sumisión (novela), de Michel Houllebecq (Francia)

Houellebecq tiene el talento de hacerte caer en depresión en menos tiempo del que te toma aprender a pronunciar bien su apellido, y en este libro no es diferente. Pasado el lampareo de la polémica del año pasado, me acerqué a esta novela sobre una Francia gobernada por un régimen musulmán y me encontré no sólo con la satisfacción del morbo distópico, sino con el negativo a contraluz de la novela, del que poco se habla en las reseñas: la historia de un hombre cansado y desilusionado del mundo en que vive, que es al mismo tiempo la historia de una civilización que ya no da más de sí; en un occidente que se come a sí mismo, que decepciona a cada paso, no queda sino la alternativa, la paz de la creencia abúlica o la llana y gris resignación. Cierto que hay que aguantarle a Houellebecq un tufillo machista y un estilo que, con el pasar de sus libros, comienza a sentirse cansado, además de que, si se lee la traducción, hay que hacerlo en anagramés, pero Sumisión es una novela puntual y puntillosa, pertinente y hasta divertida en su corrosiva acidez.

El final de Rasputín (crónica), de Féliks Yusúpov, Conde Sumarókov-Elston (Rusia)

Pocas veces uno tiene el privilegio de leer la crónica de un asesinato en la pluma de uno de sus homicidas en persona, máxime si el occiso en cuestión es nada menos que Rasputín, favorito de la última zarina de Todas las Rusias y consejero del zar ―un poco a pesar de éste, la neta―. Bueno, pues es el caso. Es la oportunidad inigualable de acceder a uno de los episodios más emblemáticos de la primera mitad del siglo XX, la conspiración y la cena que desembocaron en la muerte del monje que, para el horror de sus asesinos, nomás no se acababa de morir, así como las consecuencias del evento, todo en la voz de un aristócrata exiliado tras la revolución bolchevique, partidario de la monarquía y nostálgico del pasado, lo que se lee muy rico en contraste con la mirada occidental sigloveintiunera. Lo edita Nevsky Prospekt, dedicada a la rusa del pasado y del presente por medio de ediciones bastante coquetas.

La corte de los ilusos (novela), de Rosa Beltrán (México)

Tengo la teoría, completamente injustificada, de que cada mexicano debería leer cuando menos una novela histórica mexicana al año. Claro que ya suficiente problema es que lea una novela de lo que sea al año. En esta ocasión tocó el turno a la primera novela de Rosa Beltrán, publicada hace veinte años, ganadora del premio Planeta, y recién reeditada por Alfaguara en un volumen cuyo precio es un robo en descampado. No obstante, si les sobran trescientos pesos o tienen contactos en Gandhi, pueden acceder al gusto de adentrarse en el reinado de Agustín de Iturbide, cabeza del fugaz y ridículo Primer Imperio Mexicano, narrado certeramente por las mujeres de la corte, con un estilo que recrea con precisión quirúrgica el siglo XIX mexicano, aderezado con recortes de los manuales de comportamiento de la época. Una gran novela que explora los orígenes de una identidad nacional fundamentada en las pretenciones de una clase social.

El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos (Ensayo), de John Gray (Estados Unidos)

Para finalizar, otro terremoto. Hemos estado sobreviviendo más o menos bien con la idea que la humanidad progresa, de que el conocimiento lo aleja, con el pasar de las generaciones, del salvajismo, y lo encamina hacia un estado de perfección cada vez mayor; pero los hechos desmienten este mito, en nada diferente a la religión: en realidad, la adquisición de conocimiento y el avance de la tecnología y la ciencia han probado tener poca relación real con el bienestar y el perfeccionamiento de la civilización, pues nuestro lado salvaje ha encontrado siempre maneras de evolucionar con nosotros; el ser humano parece ser inmune a la razón. Y, no obstante, a pesar de las pruebas, continuamos aceptando el dogma del progreso como si fuera una realidad incuestionable. Eso, grosso modo, es lo que dice este pensador gringo, profesor de sociología y filosofía en este libro, entre numerosas citas literarias y algo de paja, que no demerita en modo alguno el bombazo teórico que suelta sobre el lector desprevenido (bueno, ahora prevenido). Un libro para abrazar la almohada todo enero, y empezar el 2017 con el nihilismo ganador al cien.

Ora sí, nos leemos en 2017. Feliz (?) año nuevo.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @Ad_Chz