Las fotografías como advocaciones

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Irónicamente, ahora que es más fácil que nunca tomar fotografías en cualquier lugar y que, en consecuencia, una persona promedio (ociosa y/o con una rebosante dosis de ego) puede acumular tantas fotografías en un día como antes sólo podían acumular las madres en los quince años de su hija, es también el momento en que más fácil se pierden las fotografías; los archivos electrónicos pueden ser, no raras veces, más vulnerables y perecederos que aquellos en papel, pero además cada imagen se diluye como una gota particular en un balde enorme de agua. Dejemos a un lado, por ahora, la continua discusión sobre si tomar selfies todo el tiempo o fotografiar cada alimento antes de ingerirlo significa perderse el momento en orden de tener algo engañosamente “palpable” con qué recordar algo de lo que, en realidad, no se tiene el recuerdo porque en vez de invertir tiempo en vivir el instante, que después transmutaría en recuerdo, se invirtió el tiempo en crear un recuerdo artificial que, por eso mismo, está vacío. Fijémonos, mejor, en las imágenes, en las fotografías por sí mismas y en lo que encierran.

Desde luego no estoy en contra de la facilidad fotográfica, que no pocas veces deviene en imágenes que tiempo después nos harán sonreír con deliciosa nostalgia; pero no deja de resultarme curiosa la forma en que las futuras generaciones nos conocerán, a todos nosotros, cuando hayamos envejecido. Desde luego, serán sentimientos muy distintos a los que tenemos nosotros sobre nuestros antepasados, el sentimiento que puede tener uno viendo la que, quizá, sea la única fotografía existente de un abuelo, por ejemplo, y lo vamos de pie en una calle, con las manos en los bolsillos, tal vez mirando atentamente algo fuera de cuadro ―la duda nos carcomerá toda la vida, ¿qué estaba viendo?―, detrás de él puede haber una puerta abierta por la que se podría espiar un fragmento diminuto de otra realidad, de otra vida, de otro mundo que nos precedió y que ya ni siquiera podemos imaginar. Comparemos eso con la sensación de un nieto futuro, que tendrá una pereza inenarrable tan sólo ante la idea de ver, literalmente, miles de fotografías de su abuelo, joven, autoretratándose la cara en primer plano con una playa de fondo, con un comedor de fondo, con una ventana de fondo, con un patio de fondo, con unos árboles de fondo, o las interminables fotografías de la abuela haciendo duckface frente al espejo del baño, en un antro, en un salón de clases, rodeada de amigas haciendo el mismo gesto, etc. No dudo que cada una de esas imágenes tenga un significado muy personal para quienes las hayan tomado, pero tal avalancha desvanecerá por completo ese significado a ojos de cualquier otra persona; un registro tan exhaustivo de la realidad por lo general le borra todo rastro del misterio que, por ley, debería ser ingrediente inamovible del pasado. Lo mismo que sucede con la tecnología más avanzada en reproducción de películas (con el doble de cuadros por segundo al que estamos acostumbrados): hace que la imagen se vea tan, pero tan insoportablemente real, que todo se ve desilusionadoramente falso.

La magia que recubre las fotografías es de dos tipos, la de aquellas imágenes míticas de personajes conocidos masivamente, y la de las fotografías con simbolismos y significados descifrables únicamente para aquellos que las tienen como parte de su propia historia. El futuro de estas magias es incierto, una parte desaparecerá, otra parte puede que se transforme y, albergo la esperanza, surgirán otros tipos de magia que por ahora no resultan evidentes. Solamente espero que las generaciones venideras conozcan un hechizo similar al inigualable que representa encontrar una vieja caja ―vacía de su contenido original de galletas, o puros, o pinturas o cualquier cosa― y descubrirla llena de fotografías viejas.

El asunto de la importancia de las imágenes de antaño me hace pensar en la relevancia de las fotografías de algunos personajes de un par de años atrás, el otro tipo de magia que mencionaba antes, específicamente en fotos de escritores y de músicos. No era tan fácil tomar fotos y videos como lo es ahora, por eso no es tarea imposible redactar una lista completa de todas las imágenes conocidas de, por ejemplo, Julio Cortázar, Jim Morrison, Kurt Cobain o Sylvia Plath. Es más, sus seguidores conocen perfectamente todas ―o casi todas― esas imágenes, y conversando entre ellos ni siquiera necesitan mostrarlas, no hace falta más que decir “Sí, la fotografía de Morrison con chamarra de mezclilla, recargado contra una pared graffiteada y con un perro negro al lado” o “Claro, la fotografía de Cortázar donde está despatarrado junto a la ventana platicando con un gato”. Entonces esas fotografías se vuelven ya no sólo imágenes que son fragmentos diminutos en la vida de una persona sino imágenes simbólicas en cuanto a que encierran un universo entero; la fotografía de Kurt Cobain, con unas alas que parecen suyas gracias al ángulo y la perspectiva, con su suéter raído y la guitarra entre las manos, ya no es solamente una foto de un concierto, es una imagen que contiene, para sus seguidores, la historia entera de su vida, la esencia completa de su música y su personalidad.

Tratándose de personajes tan importantes y, además, Creadores (así, con mayúscula), sus fotografías, escasas bajo criterios actuales, mutan con los años en algo más parecido a las imágenes de las advocaciones religiosas. Un católico aplicado podría enumerar e identificar distintas advocaciones de la Virgen María: La Virgen de los Dolores, La Virgen de Fátima, La Virgen de Guadalupe, etc, como un devoto literato podría identificar las advocaciones de Cortázar Sentado en el Piso Tocando la Trompeta, Cortázar Imberbe Mirando a Cámara Con Una Lupa Frente al Ojo, Cortázar a Contraluz Como Una Silueta Negra Escribiendo en su Máquina, etc.

Este principio aplica tanto a las fotografías casuales como a las de estudio, si bien las casuales tienen siempre algo más, el extra que viene siendo el aroma del incienso en un templo, pero nadie puede negar la inmortalidad de, por ejemplo, la advocación de El Rey Lagarto Con Torso Desnudo y Brazos Abiertos o la advocación de Joven Sylvia Mirando Sobre el Hombro y Sonriente Sobre Fondo Blanco.

Justamente reforzando su condición de advocaciones prácticamente religiosas, estas imágenes se utilizan no solamente como el equivalente a ilustraciones de la vida de los santos, sino que con toda la implicación que llevan dentro son reproducidas en carteles, en postales, en playeras, en cualquier variante que devenga en amuletos, en escapularios a partir de las advocaciones. Así tenemos incluso, por ejemplo, numerosos talismanes con la bendita Audrey Hepburn.

Ahora es prácticamente imposible encontrar imágenes con esa carga cuasi esotérica, sea por falta de personajes o porque la fotografía se ha banalizado debido a su cantidad; las fotografías casuales son un alud y además han sido derrocadas por cualquier forma de video; las fotografías de estudio también se han multiplicado y la cantidad siempre decrece el valor de las cosas. Quizá solamente sucede que el mundo en general ha perdido una alta dosis del misticismo que seguía impregnando tantas cosas. De cualquier modo, personalmente, me declaro fervientemente ateo de cualquier grupo que tenga como advocación alabada una fotografía de estudio del descomunal y desagradable derrier de la Minaj. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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