La tradición incómoda


No hay duda, es el siglo XXI. Entonces ¿por qué hay quien sigue asistiendo a las corridas de toros?

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Plaza México ( 17 febrero 2013)

Última tarde de la temporada. La Plaza México se luce con la presencia de uno de los mejores rejoneadores del mundo: Pablo Hermoso de Mendoza. Para los taurinos, ver a un hombre montado en su caballo encarando a un toro embravecido es un acto emocionante, pero natural. En cambio, para un neófito espectador, la pericia del jinete y el azote al animal sólo existen como reminiscencias de historias antiguas.  Luego, bruscamente, la evocación a aquellas historias se difumina justo cuando el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, recibe la dedicatoria del siguiente toro por parte de Hermoso de Mendoza.

No hay duda, es el siglo XXI. Afuera de la plaza, minutos antes de la corrida, la gente se embiste para comprar boletos, ya únicamente disponibles para la zona general de sombra y sol. Pablo Hermoso tiene fama de llenar cualquier plaza.

Tal vez, en toda la ciudad de México, sólo en Garibaldi y la Plaza México antes de la fiesta, se tiene “permiso” para ingerir bebidas alcohólicas en el espacio público. Como en cualquier fiesta, para asegurar el buen rato, se llenan las botas de vino.

Un hombre ataviado de charro sube las escaleras para entrar a la plaza. Su nombre es Pablo Huerta y es presidente de porra de las alturas. Asiste a los toros desde los ocho años, por influencia de su familia. Ahora, a sus 64, porta el traje de charro porque viene ante todo “a una fiesta, una fiesta taurina”. Como con una frase que guardaba en su traje desde hacía tiempo explica qué significan las corridas de toros:

–Toda una vida. Es una fiesta muy hermosa de seda, oro y sangre.

Pablo Huerta es reconocido fácilmente por algunos espectadores que le tocan el hombro para saludarlo. Relata con orgullo su experiencia en Madrid hace tres años, con el mismo traje de charro con botonaduras de toros plateados, cuando lo identificaron como un “digno embajador de México”.

Menciona que respeta la posición de los antitaurinos, sin embargo, está convencido que ésta proviene de la ignorancia.

–Sin ofender a nadie, antes que nada, no somos asesinos ni bárbaros. Somos gente con educación. Ellos vienen hasta nuestro lugar de esparcimiento, que es la Plaza México, a hacer borlotes cada que se les ocurre. No saben lo que es un toro de lidia. Yo los invitaría a que fueran a la ganadería, al hábitat de los toros para que vean cómo se crían y para qué nacen. Es más bárbaro tenerlos en un circo o zoológico, que los tienen confinados en jaulas.

Sin embargo, tradición

DSC05834Con la tauromaquia, ocurre como en todas las tradiciones: es casi imposible entenderlas si nunca estuviste inmerso en ellas. Por supuesto, con la peculiaridad de que las tradiciones, casi siempre, se defienden con un argumento tautológico: “lo hacemos porque ya lo hacíamos”. Y claro, resulta artificial querer suscribirse a una tradición de la noche a la mañana. Es comprensible que la gente rechace el acto con severidad, especialmente porque es una tradición violenta.

Sin embargo, en España, las pinturas rupestres de toros del Prado del Navazo y de Minateda, en Albarracín y Teruel, respectivamente, son testimonio de la fascinación del hombre por el toro desde tiempos inmemoriales. El historiador, Ángeles Álvarez de Miranda, en su estudio Ritos y juegos del toro menciona que el toro desde siempre ha tenido atributos tales como la fuerza, corpulencia y el valor, no obstante es hasta su domesticación que se atribuye el poder sexual. Incluso, esta característica ya está en la etimología: “Al nombre sumerio del toro, gud, se añade después la palabra que expresa el miembro viril, gis, para especificar de este modo la nueva situación del toro semental, diferente del toro salvaje”.

De hecho, el toro siempre ha sido un recurso utilizado en el arte para representar la virilidad. Ovidio, por ejemplo, cuenta que Júpiter, enamorado de Europa, se transforma en toro para treparla en su lomo y raptarla para llevarla a Creta, lugar en donde se cree tuvieron lugar las primeras corridas de toros. También, Picasso, en varias pinturas eróticas se muestra a un hombre con cabeza de toro en medio del acto sexual o de una orgía.

La fiesta brava

“Criaron al toro para morir en la plaza” es uno de los argumentos que Pablo Huerta, como muchos de los amantes de la tauromaquia, utilizan para defender esta práctica. Incluso, se alega que sin la taurmaquia el toro de lidia desaparecería. Pero de acuerdo con la organización AnimaNaturalis, tal noción es incorrecta, pues el toro de lidia no es una raza sino una hibridación de diferentes razas con cierto tipo de crianza. Es decir, la desaparición de la tauromaquia no traería ninguna consecuencia para la biodiversidad.

“¿Has cortado flores alguna vez? Pues es lo mismo” comenta uno de los asistentes a la plaza, como un argumento ya ensayado para defender la muerte en la fiesta brava. Es una muerte digna, según la asociación pro-taurina Asotauro. Soltar al toro en la arena es darle una oportunidad para defender su vida: los “mejores” son indultados para volverse sementales. “El toro libera 10 veces más de cortisol que las que libera una mujer en el parto. Esa es la razón por la cual el toro vuelve donde el picador, pues la sensación de dolor desaparece en milisegundos.”, comenta el director, Luis Alfonso García Carmona, en la página de la asociación. Mientras observa el primer tercio de la corrida, el espectador critica a los anti-taurinos: “Ay, es que matan al toro. Se quejan, dicen y se espantan, pero comen hamburguesas… La doble moral, siempre.”

Organizaciones en pro de los derechos animales adjetivan a la tauromaquia como una práctica “cruel”, “primitiva”, “brutal”, y se oponen con los mismos argumentos al consumo de carne y ropa de piel. Sin embargo, de acuerdo con la organización VeoVerde, el 70% de los habitantes de la Ciudad de México se opone a las corridas; difícilmente existe la misma proporción de vegetarianos. Lo que parece molestar no es la muerte de los animales sino que sea pública.

En marzo de 2012 la moción para prohibir la tauromaquia en el Distrito Federal se aprobó en la Comisión de Administración Pública y Local, pero se encuentra esperando a ser votada en el pleno de la Asamblea Legislativa del DF para convertirse en ley.  Actualmente, las corridas de toros sólo existen en nueve países: México, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, España, Portugal, Francia y Panamá. Tres ciudades las prohíben: Cataluña, Las Islas Canarias y Bogotá.

La cultura taurina

“Ni arte ni cultura” es la versión pregonada de la frase popularizada por Manuel Vicent: “si el toreo es cultura, el canibalismo es gastronomía”. A pesar de ser una de las favoritas en las manifestaciones anti-taurinas, resulta errónea. De acuerdo con su definición antropológica, cultura es todo aquello que forme parte de los “modos de vida y costumbres” de un grupo social. Y como tal, muchos han intentado defenderla.

Cada año, en la UNESCO, el Comité Intergubernamental para Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial se reúne para evaluar las candidaturas que diferentes países proponen con el fin de proteger sus respectivas tradiciones. Esto indica que cada país es encargado de verificar si la tradición merece o no ser perpetuada. Desde el 2008, la UNESCO ha registrado 298 patrimonios inmateriales de las cuales ninguna corresponde a las corridas de toro. Sin embargo, uno de los criterios es el siguiente:

 R.4 La propuesta de inscripción del elemento se ha presentado con la participación más amplia posible de la comunidad, el grupo o, si procede, los individuos interesados y con su consentimiento libre, previo e informado.

El criterio, ciertamente ambiguo, no especifica la “participación más amplia”. El hecho no es desdeñable, de esto depende la continuidad de cualquier tradición en el mundo que, como método más común de resolver problemas, está bajo el dominio de las mayorías. No obstante, sucede que en España hace exactamente un año un grupo de toreros: Cayetano Rivera, Serafín Marín, Curro Vázquez o Santiago Martín, El Viti, lograron reunir 580 mil firmas, en las que destacaban las de Mario Vargas Llosa y Joaquín Sabina, para que la tradición taurina sea considerada bien de interés cultural en España, de la misma forma que en Madrid. Esto luego de haberse prohibido las corridas de toros por el Parlamento de Cataluña el primero de enero del 2012.

Más allá de las implicaciones políticas de esta iniciativa –pues ya fue validada–, vale la pena aprovechar para preguntarnos  ¿de dónde tiene que provenir la autoridad para aceptar o rechazar una tradición? ¿Existen mejores tradiciones que otras?

“Nací con la fiesta”

A Jorge Vaquerano le emociona asistir a la plaza, porque recuerda su niñez. Sus primos y tíos son toreros, por lo que acude a la plaza con regularidad, y atiende las corridas de sus familiares cuando sale de la Ciudad. No deja de referirse a las corridas como “la fiesta”, y ésta vez acude con dos familiares. “Nací con la fiesta”.

A un par de metros, Christian Rodríguez rompe el ambiente familiar de Vaquerano. Tiene dieciocho años yendo a las corridas de toros y no supera los treinta y cinco de edad. “El ambiente es lo que más me gusta, estar con los amigos”.  Con cerveza en mano, se emociona cuando Hermoso de Mendoza devuelve el rabo que el juez de plaza le otorgó después de una actuación que, para Rodríguez, se merecía sólo dos orejas. “Sabe que no se lo merece. ¡Y mira como la gente se le entrega!”, dice, mientras los asistentes le gritan, chiflan y aplauden al torero. El toro es arrastrado lentamente fuera de la arena. Su distinción por satisfacer al público.

Después de anunciar la ranchería y el nombre del siguiente toro, los voladeros, encargados de apaciguarlo durante el primer tercio, se preparan para recibir al animal. La bestia de 450 kg sale con fuerza y después de unas cuantas vueltas, embiste a uno de los voladeros y lo aprisiona contra la barda. Los espectadores contienen el aliento mientras dura el forcejeo. El resto de los voladeros corre hacia el toro, para distraerlo con capotes rosas, agitados con fuerza. Pasado el peligro, la plaza se llena de voces. Los camilleros corren en dirección al hombre caído y, mientras lo sacan de la arena, la gente le aplaude. A pesar de todo, la corrida sigue. Ya cuelga la primera banderilla de la espalda del toro. Iconofinaltexto copy

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Gael Montiel y Daniel Melchor

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