La pregunta que no se están haciendo los católicos de la Marcha por la Familia

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En estos días he visto a mucha gente haciendo militancia online en contra de quienes asistieron a las distintas Marchas por la Familia que se llevaron a cabo a nivel nacional el 10 de septiembre.

La mayoría de los detractores arguyen que se trata de una marcha inspirada por el odio y la discriminación hacia los homosexuales y hacia el matrimonio igualitario. Creo que es innegable que un poco –o mucha– discriminación sí que hay, pero uno que tiene la mala suerte de escuchar el discurso de los insiders (tengo primos que comparten propaganda en los grupos familiares de Whatsapp, ¿qué onda con ellos?) se da cuenta de que el discurso del Frente Nacional X la Familia y organizaciones similares va un poco más allá de la discriminación a preferencias sexuales que no les incumben.

Lo que esta gente no quiere, por encima de todo, es que a los niños se les eduque en la ideología de género, es decir, que la escuela y los libros de la SEP les digan, entre otras cosas, que el género es una construcción social y no una consecuencia irrevocable de la biología.

Todas estas ideas vienen del pensamiento posmoderno, del posestructuralismo, del construccionismo social y demás corrientes de pensamiento con las que muchos se sienten cómodos, pero imagínese usted por un momento el shock que experimenta un católico (los católicos creen que el mundo es un organismo mecánico y ordenado) cuando escucha que todo lo que él toma por obra divina en realidad es un invento de las sociedades humanas.

A este respecto yo misma –que me considero bastante liberal– me pregunto si un niño de kinder o de primero de primaria está listo para manejar conceptos posestructuralistas. La verdad es que no lo sé. No soy pedagoga ni paidopsicóloga, lo que sí sé es que, mientras esto de enseñarles a los niños que el género es un constructo social genera mucha polémica entre las asociaciones católicas, nadie parece polemizar acerca de la conveniencia de exponer a los niños a conceptos como el infierno, la omnisciencia de Dios, el juicio final y la condenación eterna.

Recuerdo que, cuando tenía seis años, murió mi bisabuela y el sacerdote que ofició una de las misas del triduo dijo que mi bisabuela había sido llevada al juicio de Dios y que, al final de los tiempos, todos iríamos también al juicio de Dios y algunos seríamos condenados eternamente.

A partir de entonces, viví con tal terror de la condenación eterna (mi terror aumentaba porque Dios lo veía todo) que llegué a pensar insistentemente en que mejor me hubiera gustado no haber nacido nunca.

Ahora estoy casi segura de que haber sido criada como católica contribuyó fuertemente a mi insomnio y a mi depresión infantiles. Claro, no estoy diciendo que todos los niños sean tan sensibles como lo fui yo en ese entonces, pero me consta que al menos a James Joyce le sucedió lo mismo que a mí.

En Retrato del artista adolescente, Joyce narra cómo, después de asistir a un retiro en su escuela jesuita, experimenta tal temor por el infierno que su vida se vuelve miserable y llena de terror y de culpa solamente porque al muchachito se le ocurrió acostarse una vez con una prostituta.

Vamos, que si la ideología católica tiene el poder de arruinar la vida de niños y jóvenes, no sé con qué cara se plantan estas personas a decir que la ideología de género puede confundir y dañar a los niños de nuestro país.

En ese sentido, creo que lo mejor que me pudo haber pasado –y lo mejor que le pasó a Joyce, probablemente– fue crecer, leer y cuestionarme la validez de las ideas dañinas a las que se me expuso durante mi infancia.

Creo, por tanto, que ni los católicos pro familia, ni las familias en sí, ni mucho menos el Estado deberían de preocuparse por insertarles ideas concretas (y muchas veces dogmáticas) a los niños. Lo que deberían de hacer –y sé que estoy pidiendo una utopía– es enseñarles a pensar y a desarrollar un criterio propio desde que son pequeños. Así cada quien podría decidir si se adscribe a las ideas posestructuralistas acerca del género o a la culpa rancia y sin fin del catolicismo. Iconofinaltexto copy

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Daniela Gúzman

Daniela Gúzman

Escritora y traductora. Becaria de cuento por el PECDA Jalisco. Su escritura a ratos tiene más de dibujo animado o de videojuego que de literatura canónica.
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