La magia del convento

Cuando era niño, mi papá solía llevarme muchas veces al museo alojado en el ex convento de San Francisco aquí, en Tlaxcala. Lo revisábamos completo siempre, con infinita calma y con el interés nunca menguante, siempre exaltado. Durante los recorridos (casi siempre en solitario; el museo no solía estar repleto de gente) mi papá me iba contando retazos de la historia de la Conquista, como una sucesión de vívidos cuentos.

Desde que salíamos de casa, durante mañanas soleadas, bajo un cielo del azul más limpio que se pueda imaginar, con brisa fresca, yo ya me sentía emocionado. Mi papá entonces comenzaba a cambiar el mundo a nuestro alrededor con las cosas que contaba; de pronto ya no eran las calles de la ciudad, diariamente recorridas, por donde íbamos nosotros, de pronto eran caminos de tierra, hace cientos de años, frente a nosotros avanzaba un grupo de soldados españoles montados a caballo, sudando bajo las pesadas armaduras, escoltados por guerreros tlaxcaltecas que miraban con curiosidad a los extranjeros, de pronto, a nuestro alrededor, ya no escuchábamos el zumbido de los autos sino caracolas y tambores a la distancia, veíamos a los españoles inquietarse porque ya sabían lo que esos sonidos significaban.

Llegábamos luego a la pendiente de piedra que, con viejos árboles a cada lado, asciende hasta el ex convento, al que entrábamos siguiendo a un soldado español que hablaba con un monje, las botas de metal chirriando a cada paso. Me encantaba ver todo lo que había en el museo, pero lo que más me gustaba era el propio edificio, el convento, con sus arcos, columnas, patios, madera tallada, ventanas y una calma y una belleza sobrecogedoras, ajenas al resto del mundo.

De modo que, siendo niño, recorrí múltiples veces un espacio histórico (uno de los primeros conventos construidos en el país, en la ciudad que inició el país), viendo esculturas de viejas deidades talladas en piedra, con rostros solemnes y escabrosos, profundamente escabrosos pero que nunca me dieron miedo porque, en el fondo, sabía que se trataba de los espectros de mi propia tierra y no éramos ni ajenos ni amenazas uno para el otro, especialmente esas efigies que habían sido talladas por lejanos antepasados. Vi aquellas añejas deidades oscuras conviviendo pacíficamente con pinturas de vírgenes inmaculadas ataviadas con vestidos de intrincados adornos dorados, representaciones de Cristos sangrantes y de rostros profundamente afilados, en contraste con los rostros cuadrados o redondeados de las deidades prehispánicas. Cruces recubiertas de simbolismos talladas en piedra por manos que antes trabajaban para otra religión. Vi oscuras armaduras españolas, materialización directa de las historias que me contaba mi papá en esos momentos sobre Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Maxixcatzin, Tlacaéletl, sobre sangrientas batallas, rituales sobrenaturales y la más cruda humanidad enredándose con la más arcana humanidad. Fui un niño sumamente afortunado al poder caminar por entre vestigios de historia guiado por un Heródoto particular.

Culminábamos aquellas visitas haciendo escala en un local al pie de la pendiente que subía al ex convento. Ahí comíamos sendas nieves mientras mi papá me hablaba sobre cómo Cortés y sus soldados habían huido aterrados de los mexicas, con el capitán español llorando sus pérdidas junto a un árbol reseco, sobre cómo un guerrero tlaxcalteca no necesitó más que un golpe sobrehumano para decapitar a un caballo español, sobre cómo a veces los españoles tomaban ventaja en las peleas cuando pensaban que para los indios aquello era una especie de juego porque se retiraban si les quitaban un estandarte, sobre cómo el juego se volvía una pesadilla cuando los soldados españoles vean a la distancia cómo los sacerdotes de aspecto escalofriante sacaban corazones, todavía latiendo, del pecho de algún compañero europeo que moría ofrecido como alimento a un dios con el que nunca haba hablado siquiera. Mi papá me contaba sobre los señores tlaxcaltecas que se paseaban a caballo igual que los capitanes españoles, mientras yo escuchaba atentamente, comiendo una nieve, y recordando una y otra vez que buena parte de lo que me contaba había sucedido ahí mismo, en esa misma ciudad, en mi hogar.

Ahora mi papá tiene cincuenta y ocho años, yo tengo veintisiete. Volvimos a ir juntos a ese mismo museo después de muchos años de no haberlo visitado. El INAH ha remodelado el montaje, pero eso es lo de menos. Una vez más, fuimos los únicos visitantes en el museo durante todo el rato que estuvimos ahí; reencontramos esculturas, pinturas y la armadura española. Ahora miro el lugar desde una perspectiva distinta; el convento me parece más pequeño ‒sólo un poco‒ de lo que recordaba, pero sigo absolutamente enamorado del lugar. Durante años el recuerdo de ese convento alimentó la manera en que yo me imaginaba Hogwarts al leer los libros de Rowling. Para mí, aquel convento y la historia de la conquista ‒especialmente toda la parte correspondiente a Tlaxcala‒ no significan solamente una historia épica repleta de guerras impresionantes, ni solamente un conflicto religioso, un choque de mundos, para mí ese convento y la historia de la conquista son, antes que nada, y por sobre todo, una historia repleta de magia, de magia cruda, real, sobrecogedora y que todavía perdura. Tanto el encuentro de la magia de dos mundos (representada en principio por los chamanes indígenas en un lado y Blas Botello en el otro) como la magia producida como eco de las cosas que sucedieron hace cientos de años entre españoles ignorantes y bárbaros e indios refinada y sanguinariamente místicos, una magia no siempre lumínica, pero sí primigenia y densa, que sigue por toda la ciudad como un río subterráneo, a pesar de la descorazonadora indiferencia de los tlaxcaltecas actuales, porque la abrumadora mayoría de los tlaxcaltecas actuales son apáticos y vacíos al respecto, piensan que no tienen raíces, que no existió historia alguna antes de su propio nacimiento, son gente a las que no les importa la magia antiquísima, no tienen idea de las cosas que sucedieron en el mismo pedazo de tierra donde ellos hacen su , los que cargan ‒sin saberlo‒ la desgracia de nunca haber saboreado una nieve dulce mientras les contaban la historia más emocionante del mundo.  

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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