La flor, ese órgano sexual

A las plantas les interesa reproducirse tanto como al resto de los seres vivos.

A todos nos gustan las flores. Son el símbolo inequívoco de la llegada de la primavera, son inspiración para poetas y músicos, se usan como adornos que brindan un toque de alegría a nuestras casas. Las regalamos en diversas ocasiones; en cumpleaños, en graduaciones, incluso en velorios. Pero, ¿alguna vez te has puesto a pensar que al hacerlo estamos regalando un órgano sexual? Las flores contienen a los aparatos reproductores de las plantas. Existen de género femenino y masculino e incluso hermafroditas; es decir, que presentan ambos sexos en la misma flor.

Al contrario de animales como el humano, las plantas exponen sus órganos sexuales a los cuatro vientos sin ningún pudor; y no sólo los exponen libremente sino que, además, las hacen increíblemente atractivas. Hay flores maravillosas tanto por sus colores y formas como por sus aromas. Pero ¿por qué? La respuesta es sencilla:a las plantas les interesa reproducirse tanto como a los humanos y a todos los seres vivos.

La forma en que las plantas hacen el amor es sumamente interesante, ya que al ser organismos que no tienen movimiento, requieren de la ayuda de otras especies móviles como es el caso de los animales.Para que una planta pueda reproducirse sexualmente, tiene que haber un tercero en discordia, un polinizador. Las flores son tan llamativas precisamente porque buscan atraerlos. Pero claro, no basta con tener flores hermosas, las plantas tienen que dar néctar o polen a cambio.

Antes de la aparición de las plantas con flores, las plantas dependían de factores como el viento o el agua para dispersar sus gametos masculinos (el equivalente a los espermatozoides humanos) y así poder llevar a cabo el proceso de la fecundación en las estructuras femeninas de las plantas.  La aparición de una estructura tan vistosa como las flores permitió la interacción de las plantas con seres tan distintos a ellas como los animales, una interacción mucho más efectiva.

La reproducción de las  plantas con flor depende en su mayoría de que especies de insectos o aves les hagan el trabajito de la fecundación. Este proceso, conocido como polinización, permite el transporte de gametos masculinos (nada más y nada menos que el polen) a las estructuras femeninas en las plantas, donde se localizan los óvulos.  El transporte de estos gametos por insectos o aves, es mucho más efectivo que el viento o la lluvia, puesto que, al otorgar la recompensa, las plantas se aseguran de que los animalitos, en su afán por buscar comida, visiten otras plantas iguales a ellas y por lo tanto las fecunden.

Pero, ¿qué pasa si una abejita, en su búsqueda de néctar, lleva polen de una flor a otra de especie distinta? A través de millones de años de evolución, las plantas han desarrollado mecanismos para reconocer polen extraño y evitar una fecundación que no producirá nada. Estos mecanismos son muy diversos, y pueden ir desde evitar la fecundación con polen extraño hasta el aborto del producto.

Sin embargo, la evolución se ha encargado de reducir las equivocaciones al máximo, ya que éstas acarrean un gran gasto de energía. Por ello que existen grados de especialización, tanto de polinizadores como de plantas, es decir, ciertas especies de plantas son polinizadas sólo por ciertas de insectos; o al revés, algunos insectos se alimentan sólo de determinadas especies de flores. Incluso hay casos extremos en que una sola especie de insecto poliniza una sola especie de planta.

Por un lado, esto beneficia a la planta en el sentido de que asegura la entrega de su mercancía, pero también la sitúa en una situación de dependencia absoluta para su reproducción; la extinción de las dos especies implicará la extinción inminente de la otra.

Existe también una relación muy estrecha entre la forma y el tamaño de las flores y el tipo de polinizador que las visita.  Si te fijas bien un día que salgas al campo, en general, a las flores que son rojas y tubulares, las visitan aves, especialmente colibríes. Los insectos como abejas o abejorros prefieren las flores amarillas o blancas.  Un tipo muy especial de polinizador, el murciélago,  prefiere las flores blancas y nocturnas, pues es durante la noche cuando sale a buscarlas.

Ya que las recompensas florales, tanto el néctar como el polen, son muy caras en términos energéticos, algunas especies de plantas recurren al engaño para manipular a los polinizadores y hacer que las visiten sin entregar nada a cambio. Lo pueden lograr de muchas maneras.

Algunas orquídeas que no producen néctar son prácticamente idénticas a las orquídeas que sí lo producen; por lo tanto se benefician de parecerse a ellas, al ser polinizadas por error.  Otra táctica muy socorrida por las orquídeas es la de asemejarse a individuos femeninos de escarabajos o de otros insectos. No sólo son casi idénticas en la forma, también asemejan el aroma. Para esto desprenden sustancias parecidas a las secretadas por ellos. Así, los insectos llegan engañados y piensan que copulan con uno de su especie, cuando en realidad están favoreciendo a la planta.

Las flores son la estructura sexual por excelencia, así que la próxima vez que quieras regalar un ramo de rosas piensa muy bien a quién se lo darás.Iconofinaltexto copy

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Tania Arteaga

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