La elevación de los creyentes

Cuento de David Ledesma

Y ¿a nosotros quién nos protege? Nosotros mismos.
¿Somos creyentes? Sí, creemos en nosotros mismos”.
Elena Poniatowska, Nada, Nadie. Las Voces del Temblor

—Quiero morir de asco profundo —dijo Tadeo mientras los pelos le caían sobre los ojos.

—Nadie se muere de un vómito.

Azucena tomó la mata negra y la fue alejando de su frente. El otro seguía expulsando baba verde.

—Quisiera proyectar todo este ácido, arrojarlo sobre la mierda que es el mundo.

Si Tadeo hubiera sido un superhéroe y la le diera la fortuna de elegir su habilidad fantástica de un listado sin límites, hubiera elegido, de entre todas, la de proyectar con la boca cual pistola chorros fulminantes de su vómito. Así podría arrojárselo en las jetas a todos esos violadores que andaban sueltos por ahí, gozando de la libertad que habían robado a quién-sabe-cuántas tetas florecientes.

Pero Tadeo era un tipo normal, con unos anteojos de pasta y un cuerpo delgadito. El vómito le surgía como a cualquier terrestre. Con las rodillas achatándose en la frialdad del azulejo y la boca hundiéndose en el blanco porta-nalgas.

—Se te van a salir las tripas —En la panza no le quedaba ya comida, pero el flujo parecía regenerarse de la nada—. Salte tantito a tomar aire.

El drenaje le empezó siete minutos atrás, cuando supo que Jonathan se había matado en ese cerro. Se perdió el otro martes y nadie tuvo ganas de buscarlo.

—¡Újule, mi güero! ‘Ora sí le quedo mal. Aquí tengo otras cincuenta y tantas familias que también andan buscando a sus chamacos. Va a tener que hacer fila.

Tadeo sacó una ficha para acceder al Registro de Abducidos.

—Además, ese tal Jonathan es un pinche güero. ¿A ése por qué lo van a buscar? ¡Que me entreguen primero a mi Jacinto, que sí es del pueblo!

Aunque Jacinto estuviera al pie del mismo cerro. Aunque se los hubiera tragado la misma oscuridad.

—Los podían buscar a todos —las palabras le brotaban con el vómito.

—El tal Jonathan era un chavito de dinero. En su país hasta se come tres veces al día. ¿Por qué lo vamos a buscar? Que busquen a mi Gregorio. Ése si es de por acá y nosotros sí tenemos necesidad.

Aunque a Gregorio y al güerito los estuviera mutilando la misma mano falta de alma.

—No quiero verlos nunca. Quiero que se pudran en la mierda.

Pero Tadeo sabía que era imposible. Que los de afuera serían siempre los vecinos, aunque hubieran enterrado el pelo terso de su Jonathan a puro golpe de indiferencia.

—No seas tan duro, mi Tadi. Entiéndelos; están cegados de dolor. De torpeza. —Azucena intentaba recibir el odio por el pueblo.

—Ni madres. Ellos saben lo que hacen. Son crueles. Son mierdas —Sus ojos negros se partían en pedacitos.

Y lo eran, ciertamente. Lo fueron al burlarse de la desaparición de la piel blanca.

—No mames, ¿en ese pinche cerrito? Ni mis chamaquitos, que tienen siete años, se pierden por allá.

—Creí que estábamos enojados con la muerte.

De la boca ya no salía más que saliva.

—Sí lo estamos, Tadi. Sí lo estamos.

—No. No con toda. No más con la que nos pega en la jetota.

Azucena seguía creyendo en su pueblito, aunque le constaba que todos miraban no más su beneficio. Que tenían torcida la idea de la justicia. Ellos no querían vivir en paz, lo que querían era más sangre ante la sangre y mucha venganza para alimentar su orgullo. A su dios también lo habían matado, se lamentaba cada noche la llorona. Sin él no había esperanza de algún cielo. Peor aún, no había lugar para el infierno. Por eso se esforzaban tanto en construirlo en esa Tierra. Por eso linchaban, mataban, desgarraban y volvían a matar.

En sus tribunales no se buscaban responsables. Los juicios eran un ritual de sacrificio. ¿Te quitaron a tu hijo? Vamos a reparar los daños. ¡Tráiganse a algún morrito de la calle! Usted disculpe la tardanza, señora. Para aligerarle la pérdida vamos a derramar a sus pies la sangre de un extraño. ¿Que si es culpable? No veo la relevancia de su pregunta. ¿Quiere usted justicia o no?

—A nosotros no más con que alguien pague —iban diciendo las vecinas.

Y por el Jonathan nadie. A ése ni un memorial en el discurso.

Lo habían encontrado en la tarde, con el cuerpo todo chueco y las mejillas rasponeadas por el sol. Un chamaquito que jugaba se topó con él en el camino y fue a dar aviso a la alcaldía. Llegaron dos gendarmes, lo vieron, documentaron y se lanzaron a la casa del Tadeo.

—Ya apareció su chingado güero. Váyase pa’l cerro a levantarlo que no somos morgue de extranjeros.

Tadeo pensó esa noche que no podría volver a usar el cuenco entre su pecho. Se lo habían llenado todo de basura, desgarrando el rostro y el perfume de su Jonathan.

Le cerró la puerta a los gendarmes y empezó a vomitar.

—No queda nada.

—La esperanza, m’ijito.

Tenía que ir por el cuerpo, tenía que levantarse de ese baño. Pero los pies le temblaban cuando se alejaba un poco más del suelo. Ni siquiera quería intentarlo. Azucena sabía entenderlo bien: su problema no era ir por el cuerpo o abandonarlo, su problema era la vida o renunciar. El vómito intentaba sanarlo, limpiarlo de pensamientos periféricos para poner su atención en la verdad.

* * *

La escena de la piedad se interrumpió con un par de golpecillos en la puerta. Azucena fue a atender, sin quitar el ojo de Tadeo.

—Está perdida la María —dijo Ignacio, el del correo.

Regresó al baño, donde Tadeo escupía casi los huesos.

—Se están organizando pa’ buscarla, quieren que les ayudemos —así como habían hecho él y la Azucena. Pero a ellos no se les unió nadie.

María era la morrita de Don Sergio, el de los abarrotes. Tendría apenas nueve años y era bien diferente a las demás. No conseguía las cosas con sonrisas ni con la voz tierna y suplicante. Ésta va a ser bien chambeadora, pensaba Tadeo cuando la veía despachando el local de su papá. En la casa de Azucena se paseaba como si fuera una más de la familia. Jugaba a veces con Tadeo a recoger plantas e inventarles nombres. Cuando Jonathan se perdió, María fue la única que quiso ayudar a encontrarlo; su papá no la dejó.

—¿Y quién chingados la dejó ir al cerro sola?

—’Orita no creo que eso sea lo importante, m’ijito.

Tadeo miraba al fondo del retrete como intentando encontrar una flamita. Siempre soñó con el día en que, de tan estirada la cuerda, terminara por quebrarse. Habría un cadáver, una bala, que ya nade más aguantaría. Pero la arena del desierto se había vuelto carmesí y los rostros no lograban superar su impavidez.

Se quedaron en silencio unos minutos, uno debatiéndose entre la esperanza y el abismo y la otra sin querer tomar parte en ese juicio.

Dos golpes más sobre la puerta y un eco que se pierde en el pasillo.

—¡Ya nos vamos a buscarla!

—¡’Orita las alcanzo! —respondió Azucena a la ventana—. ¿Entonces? —miró a Tadeo, con la sonrisa que ponía cuando le rebrotaba la ilusión.

Él seguía con los ojos clavados en el fondo.

* * *

Un anafre sazonaba el aire de la calle. El humo de las trocas se alejaba, como las aguas de Moisés, para dar paso a las estrellas. La tierra mojada, los años de muerte. Todo aquél que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así, escuchaba Tadeo mientras daba un paso a la avenida. Eran ocho, con la familia de María. Y al verlos reunidos se animó a salir otra vecina.

Y otra.

Y otra.

—¡María! ¡María! —iban gritando y más vecinas se asomaban a las puertas.

Todo aquél que piense que esta solo y que está mal tiene que saber que no es así. Azucena tomó la mano de Tadeo, quien tomó a su vez la mano de una extraña. Que en la vida no hay nadie solo y se internaron las tres en la montaña.Iconofinaltexto copy

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la malquerida.
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