La culpa no es del gringo, sino de quien lo hace compadre

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Enrique Peña Nieto no sale de una para meterse en otra. Y es que nuestro presidente experimenta un caso clásico (y crónico) de ‘esto sonaba mejor en mi cabeza’, o bien, tiene un enemigo acérrimo entre sus asesores políticos. De otra forma no se explica que haya terminado haciéndose “amigo” de Donald Trump, cuando lo que tenía que hacer era exigirle una disculpa pública para los millones de mexicanos a quienes ha atacado de manera sistemática durante los últimos 13 meses.
Pero, aunque las redes sociales estén enardecidas por la respuesta tibia rozando con helada que dio el mandatario mexicano, esa fue sólo la cereza del pastel de una serie de necedades que desembocaron en un error tan garrafal como previsible.

La (no) invitación

Para identificar la causa de un problema, lo primero que uno tiene que saber fue quién no entendió bien las instrucciones.
La semana pasada el gobierno mexicano envió una invitación a los candidatos presidenciales de Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump, para dialogar sobre las relaciones políticas y comerciales entre ambos países. Hasta ahí, todo era políticamente correcto, pero a algún descuidado se le olvidó anexar una nota aclaratoria que dijera: “No se lo tomen muy en serio, lo hago por compromiso” y empezaron los problemas.
Doña Clinton, como vieja loba de mar en la etiqueta política, desestimó cortésmente la propuesta del gobierno mexicano para seguir atendiendo su campaña. Pero Trump, quien ha tenido problemas para atraer el voto de las minorías, no captó la indirecta y decidió este martes, a última hora, que sí le iba a tomar la palabra a Peña Nieto. ¡Y ni cómo desinvitarlo!
Para el magnate, esta oportunidad era perfecta y, como buen hombre de negocios, supo aprovecharla. Después de todo, ¿qué mejor impulso para su discurso sobre inmigración que reunirse con el presidente de México? Le vino como anillo al dedo.
Los que todavía estaban en chanclas y con los tubos puestos eran los funcionarios mexicanos que olvidaron que Trump es un enemigo consumado de las buenas costumbres. Total, ya este año la canciller Claudia Ruiz-Massieu había lanzado la propuesta y a nadie le importó.

La visita: Crónica de una vergüenza anunciada

Desde la noche del martes, la indignación se hizo presente en medios y redes sociales. Y con su justa razón: No es una cosa habitual que el máximo líder de un país se reúna con un hombre que amenaza a su gente de manera sistemática, en parte por ganar votos y en parte—la mayor— por hobbie.
No es que la reunión, como idea, estuviera mal. De hecho, si se toma en cuenta que la posibilidad de que Donald Trump llegue a ser presidente del primer socio comercial de México y el país más poderoso del mundo, la decisión fue estratégicamente adecuada. El encuentro era una forma de curarse en salud y dar un mensaje de apertura y de conciliación, además de ir tentando el terreno.
Pero, una vez más, las formas no ayudaron y la noticia cayó como balde de agua fría a un país que empezó la semana de luto. Otra cosa hubiera sido si, en lugar de que Trump nos avisara vía Twitter (el epítome de la descortesía diplomática) que nos visitaría, nos lo hubiera dicho el gobierno con más tiempo de anticipación. Así, aunque la recepción no fuera menos incendiaria, México habría ‘tomado al toro por los cuernos’ y no recibido una cornada. Y, así, a lo mejor, a quienes escribieron el discurso a Peña se les hubiera ocurrido una frase más contundente que “los mexicanos merecen respeto”.
En lugar de eso, el señor Peña Nieto nos regaló una retahíla de lugares comunes y frases de vedette, mientras que Trump dijo categóricamente que sostiene su idea de hacer más largo el muro fronterizo—aunque no discutieron quién va a pagar ni si va a ser en abonos chiquitos o de contado— y que el Tratado de Libre Comercio hay que reformularlo porque quiere que Estados Unidos tenga más beneficios. Porque Peña, a estas alturas, negocia como si fuera la primera vez, mientras que su invitado no oculta su colmillo largo y retorcido en la materia.
Pero, por suerte, el encuentro terminó con ambos líderes llamándose “amigos” y dándose un apretón de manos. Porque, obvio, eso es lo que siembra una sana relación bilateral, libre de “malos entendidos” que nosotros—malpensados ignorantes de la lengua de Cervantes—confundimos con ofensas.
Ahora sólo falta ver si el discurso de Trump cambia para ajustarse a la corriente electoral o si, en vez de eso, va a darle el último golpe a México y sus intentos—genuinos pero mal logrados—de lograr una relación no estrecha, pero sí viable para su subsistencia. Si eso ocurre, el esfuerzo no habrá valido la pena y el país quedará, innegablemente, en ridículo. Pero, como dice el dicho, la culpa no es del gringo, sino de quien lo hace compadre.

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