Instant Love / Fast Revolution

Cuento de David Alexir Ledesma Feregrino.

 

“Pero yo no me equivoqué de cuerpo, sino de vida”.

Amanecí jodida. Aunque los primeros segundos fueron leves. Hay un momento, justo después de despertar, en el que se forma en tu cabeza una laguna de inconsciencia. Un instante divino, como un refugio de ignorancia, en el que te escondes de todo aquello que te perturba y te separa de quien eres. Después de ello viene la verdad. Pronto recuerdas la mierda en la que estás sumergida y te cae todo de golpe, como una corrida en la cara. Son esas las dos epifanías por excelencia con las que nos jode la vida: la revelación después del orgasmo y la realidad después del sueño de paz.

Anoche terminé por destruirme un poco más. Me dormí convencida de que a mi le han expropiado ya todos los motivos. El cansancio me venció mientras lloraba. Me perdí en el eco de un ¡por favor! desesperado y terminé por aceptar que este frente frío lo voy a tener que mitigar bien sola. Me dormí rogando. Rogando. Como si mi respiración dependiera de aquel beso. ¿Qué pensaría mi madre de semejante arrebato? Seguro que me habría despertado a chingadazos. O me habría acomodado las ideas con el impacto de un comal. ¡Cómo me hace falta la cabrona!

Se me escapó la noche, como antes los sueños. Desperté sumergida en la acidez de mi memoria. Me levanté con calma, como si todo lo hubiera ya limpiado el agua, y me planté en la cocina. El alcohol y la sangre, licuadas en mi boca, me mataban de sed. Me serví un pinche tequila, así como de teporocha histriónica de los años cuarentas, y me puse a mamar desde temprano. No de a deveras, claro. Otra sería mi vida si así fuera. Anoche el príncipe (¡otra vez!) no quiso ni tocarme. Así es él, hay que entenderlo, me repito, pero no más no logro necesitarlo un poco menos.

Salí un ratito pa’ la calle. A ver si hallaba al camión de la basura. No lo encontré. Regresé y empecé a preparar el desayuno. Un poco caliente, quizás, sentía que las frutas me provocaban ansiedad. Qué ganas tenía de que el príncipe se levantara, se olvidara de todo de una buena vez, y me diera bien duro sobre el comedor de la cocina. ¿Qué no se suponía que los hombres estaban siempre ganosos y hambrientos de sexo? ¿Qué no somos nosotras las que nos inventamos dolores para evitar contactos físicos? Es pura mierda, lo sé. Es basura que nos mete la tele y nos aprieta adentro el internet. ¿Pero cómo librarme de esos mensajes? Si me los mandan uno, tras otro, tras otro, tras otro…

Seguro el príncipe no me desea porque no estoy tan buena. Porque, a pesar de exotizar a las indias y quererlas no más por ser morenas, no soy tan única como para acapararlo 24/7. Porque este cabrón españolete llegó a América guiado por su atracción hacia las pieles-chocolate y los cabellos que se dan como en chayotes. ¿Por qué habría de conformarse sólo con una? Si encima todas las putas mueren por servirle de tapete. Todas se cagan porque se las coja el blanco. Aunque las consuma en el acto y al final las deseche. Y al cabrón, por supuesto, el papel le cae de perlas. Le encanta que lo cosifiquen por su diferencia y que lo miren como a un pene con patas.

Yo no puedo más que mirarle. Mirarle. Desinteresado e inmóvil. Prefiriendo el sueño en vez del calor de mis tetas. Y coloco su piel blanca contra mi pubis moreno. Acaricio con las yemas el sexo del príncipe a través de su ropa. Él dormita, se mueve, pero jamás reacciona. Pues claro, como no tengo una jeta distinta todas las mañanas, pierdo el chiste más rápido. Pero no fuera un ejército de putas porque ya estarías más duro que despierto. Lisandro me mira, aunque no está despierto. Me doy cuenta de que él recibió un condicionamiento distinto, al que llama libertad y responsabiliza por sus necesidades (creadas por la tele).

* * *

Lisandro no quiere mucho sexo, ni lo necesita. Pero encuentra vital cambiar un día tras otro de pareja. Encuentra también este último término aburrido. Lisandro viaja de cuerpo en cuerpo no para visitar a las personas contenidas, sino por el viaje como el objetivo mismo.  La red no importa ni importan tampoco los puertos que la integran. Lo relevante para él es conectarse y desconectarse. Decir adiós y despedirse al antojo. No por tener algo mejor que hacer, sino por lo contrario. Porque la vida es vacía y carente de razón.

Anoche me pidió que “abriéramos nuestra relación”. Lo que sea que eso chingados signifique. A mí me partió la madre su cinismo. “Son todas dignas de amarse, y todos también”, me dijo y no tuve objeción. Encontré el argumento más bien contundente. Pero al pasar la premisa a lo particular noté que algo no encajaba del todo. “Es cierto, pero no por mí. No tengo por qué amar a cualquier pendejo, ni por qué valorar a alguien que sólo se interesa en mí por mi culo. Que no ve en mí más que un buen hoyo con patas”. Le dije que no, que ni madres, y es así que terminé aquí: masturbándome en silencio, mientras el agua fría me corre por las nalgas. Fría, por supuesto, porque aún nadie se ha dignado a cambiar el tanque de gas.

* * *

Yo fui un hombre alguna vez. Me llamaba Demetrio y estaba chido. Era ligador y todo el pedo. De niño era más bien ñoño, pero ya más grande me compuse. Me mudé de papel como última opción. Estaba hasta la madre de mi pene y de no sentirme bonita. Pensé que la cosa cambiaría una vez bien instalada. Pero nada. La neta es que el mundo duele en cualquier cabeza. Siempre es una pinche patada. Ya sea de pelotas, de ovarios o de una mezcla de ambas. Se vive siempre con dolor. Ahora me llamo Elena y, lo sé, qué decepción. Sé que esperaban que me llamara Turuleka o Tanzania, pero qué les digo: la vida no es un pinche musical. Así, con todo y nalgas y aceititos inyectados, debo decirles que no soy feliz. Soy menos miserable que antes del cambio, por supuesto. Pero yo no me equivoqué de cuerpo, sino de vida.

Al príncipe lo conocí en uno de esos bailes en los que las princesas nos exhibimos y ofrecemos como si fuéramos reces. Y no es que sea especista, valga la aclaración, pero es que así se venden a las vacas en mi reino. Cuando hicimos el arreglo pa’ juntarnos él todavía se estaba cogiendo a otras y yo de pendeja lo acepté. Para legitimarme hice que un sacerdote ateo me rebautizara como “Elena, la tranny-princesa poliamorosa”. Y así, con mi mascarita de Guy Fawkes y mi bandera del Ché fabricada por cien niños esclavos vietnamitas, me entregué al ideal de vivir como si no hubieran acabado los setentas.

Muy pronto terminé por fastidiarme. Las madrugadas interrumpidas por los gemidos de otra vaca en el borde de tu cama. Restos de semen en tus licuados de avena matutinos. La tanga con raja de la puta pasada en tu cajón de ropa limpia. La revolución no es para mí. Yo soy más bien antigua. Que no dejada, que es otra cosa. Así que le dije que ya no. Que era yo solita o él con otras, pero sin mí. Él se quedó. Un poco sin querer, pero se quedó. Anoche el drama fue porque de seguro se le antojo otra vieja. Yo me mantuve firme en el “ni madres” y allí paró. No creo que lo vuelva a mencionar. Mientras le dure, mientras no exista nada mejor. Tan pronto se encuentre a una más maciza, más hipster y más wanna-be intelectualoide, yo salgo entre los restos pa’l perro.

* * *

Lisandro se levanta. Me da un beso en el cabello y me deja continuar con la cocina. A veces yo no hablo, de puro rencor. Porque estoy resentida conmigo por haber sido tan idiota y con él por no haberlo impedido. A Lisandro le gusta el romance, aunque técnicamente esté en contra de su filosofía. Lo cocina en los vapores del pan tostado y el café de la mañana. Lisandro arropa mis senos con las manos, en un intento de agradecimiento y seducción mal cocida. Yo no hago más que continuar rompiendo los cascarones de los huevos, sin poder ni fingir una sonrisa. Me traicionan los pezones y se erectan ante los espirales de las yemas.

Más tarde, después del desayuno, Lisandro tomará su corona y se irá a dar una vuelta por el parque. No es que tenga ganas de arbolitos ni que quiera platicar con las aves de corral. Sabe, más bien, que hoy toca lavar el baño y no quiere que ni por asomo se me ocurra pedirle que me eche una de sus muy libres, igualitarias, cero oprimidas y súper progresistas manos. Porque claro, una cosa es ser un rojillo revolucionario poliamoroso y otra muy distinta es lavar la pinche taza del baño en el que cagas. Así es casi siempre. Salvo cuando quiere demostrar la funcionalidad de su sistema. Cuando no, pues yo apechugo. Ni modo. Me quito la corona y le doy batalla larga a esos pinches hongos estercoleros.

* * *

A veces me pregunto cómo la estarán pasando las princesas de los otros reinos. Si habrán conseguido el ideal del amor sin intereses. Si Titania se siente verdaderamente contenta de saber que el novio se coge en la alcoba a cualquier mujer que se encontró en el bar, mientras a ella le toca dormir en el sofá. Si a Hipólita no le surgen siquiera tantitas ganas de repetir el acostón con algún hombre. De no desecharlos siempre al día siguiente. ¿Les habrá funcionado a ellas la revolución?. Aunque al final me vale madres. No funciona para mí y fin de la historia. Que el fracaso sea general no me consuela.

De vez en vez recibo cartas de las otras, que me tachan de monjita persignada. Se burlan de mi castillo y de los poemitas que le recito al príncipe antes de dormir. Implican siempre que yo debería sentirme culpable por la forma en que elegí amar y ser malquerida. Todos esos ataques en mi contra, por el logaritmo con el que produzco relaciones, me recuerdan a esas princesas de Europa del Este que dedican sus vidas a quemarles las burkas a las musulmanas. Su “separación de los machitos” las ha llevado incluso a obligar a otras a rebelarse. ¿Y qué pasa si una quiere usar la pinche burka? ¿Por qué la libertad tiene que significar lo mismo para todas? ¿Existe acaso sólo una forma de vivir con dignidad?

* * *

Má:

He querido buscarte tantas veces, decirte lo mucho que te he estado extrañando. Lo mucho que admiro esa manera en que, sin ser reina, lograste establecer tu propio pueblo libre y soberano. Envidio tu casita miserable a la mitad de ese cerro desgajado en la que te montaste el paraíso. Los cuadros de roble podrido a la mitad de las paredes. La taza de frijoles hervidos para sobrevivir la semana. Y esa maldita fuerza con la que has resistido todos los choques que han tratado de partirte la jeta.

Me siento torcida. Hay días en que preferiría romper el espejo y desgarrarme el rostro con los trozos que tener que mirar esa expresión asimétrica y común. De una forma o de otra, no logro jamás sentirme validada ante sus ojos. Tampoco ante los míos. Estoy cansada del doble discurso. De las almas que dicen abrirse como llano florido, para que en ellas entre cualquiera, pero que se espantan al primer indicio de confianza e intimidad. Y cuando me hablan bonito, y cuando me encuentran guapa, no puedo sino sentir desprecio por su simpatía indeseable. ¿Qué ven cuando piensan que me ven? ¿A quién creen que conocen cuando me introduzco falsa y superficialmente a sus vidas?

A veces quiero decirte tantas cosas y, como no encuentro las palabras, en su lugar te digo “guau, guau”. Te ladro como una perra porque así es como mis hermanos me enseñaron a hablar. Me comporto como xola por vergüenza, por no tener el coraje para decirte que me siento fracasada. Que abandonar el aislamiento fue una idea estúpida y que pensar en él me produce más martirio que placer. Que me siento miserable, pero que ninguno de los cuentos que las otras se tragan me hacen sentir más esperanzada. Que no debí. Que cada pinche mañana que me levanto tengo que inventarme un pretexto para pretender que quiero existir y que no más lo hago porque me caga la idea de pensarme en pedazos tras escapar por la ventana.

A veces te pienso, a veces, y busco entre mis fotos a esa chica tan fuerte que maté lentamente a golpe de ilusiones sofocadas. Pero nada te digo y es que me puede la vergüenza de saber que todos mis caminos llevan al fracaso. Y no me queda más que despertar para siempre con esa invariable sensación de ¿qué he hecho?

Má. Si alguna vez me quisiste, te lo pido, regrésame a tu útero. Y esta vez, por favor, no dejes que salga entera.

Muerta desde siempre, Elena.Iconofinaltexto copy

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David Alexir Ledesma Feregrino

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