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Nos acomodamos en la mesa del café, ella guarda sus gafas de sol y damos un vistazo rápido a la carta antes de comenzar la plática. Gisele apenas se va acercando a los treinta años pero luce más joven, tiene cabello largo y oscuro, ojos grandes y una sonrisa encantadora. Cuando comienza a hablar su actitud alegre resulta contagiosa y uno no puede evitar ponerse de buen humor. Estudió lenguas europeas, nació y vive en Tlaxcala, da la casualidad de que, además, es la primera persona legalmente transexual en el estado. Así aparece la noticia en los encabezados de varios medios y, leído así, el asunto suena muy progresista, pero en realidad hubo muchos problemas de por medio, fue necesario un amparo y un juicio para poder concretar el trámite.

Gisele comenzó a identificarse como mujer desde muy pequeña, nunca terminó de empatizar con los juguetes y atributos de los varones y, conforme pasaron los años, esos sentimientos se fueron volviendo más complejos y profundos.

‒Yo antes era un niño muy inseguro, me daba miedo incluso estar en un sitio concurrido, sentía que todos me miraban… cuando inicié mi transición hubo un cambio radical en mí, como por fin ponerme baterías, cambió totalmente mi forma de ser, hoy en día me siento mucho más segura, a veces me parece que incluso intimido a algunas personas ‒se ríe, divertida con la idea de ahora ser ella quien pueda poner nervioso a alguien más. Actualmente resulta imposible encontrar en ella cualquier vestigio del niño asustado e inseguro de quien en la conversación nunca mencionamos siquiera el nombre; frente a mí, en la mesa, tengo a una muchacha que irradia felicidad, que se desenvuelve con soltura y a la que le brillan los ojos cuando me cuenta sobre los puntos más relevantes de su transición. Ni su atuendo ni sus accesorios son ostentosos, pero es una de esas muchachas que a uno le contagia la sonrisa y que no puede dejar de mirar.

‒Cuando hablé con mis padres eran tiempos distintos, con los años ha habido ligeramente un poco más de apertura en estos temas, que en realidad siempre han estado con nosotros. La familia de mi papá es machista, y siendo yo su primer hijo a él esto le pegó más. Yo me identifiqué con una identidad, sabía que por cuestiones culturales para mis tíos y abuelos estas conductas no eran buenas, la gente las marca como algo malo. A mi papá esto no le pareció y yo entendí que era algo malo… A fin de cuentas, tu papá y tu mamá te educan de una forma, luego creces y llegan las normas de educación en la escuela donde se remarca todavía más que los niños son de una forma y las niñas de otra. Pero me parece que se llega a una edad en que ya se puede decidir qué es bueno y qué es malo para uno, es cuando decidí externar cómo me sentía.

»Sabía que aún no podía hacer ciertos cambios porque entonces el proceso legal era muy complicado, me desanimé por experiencias que me comentaron otras personas que lo habían intentado en vano. Luego me sentí motivada por una nueva ley y decidí ya obtener mi identidad; yo ya salía a la calle como mujer y estaba bien con eso, pero sentía que me hacía falta algo que me respaldara, porque todavía al presentar identificaciones a la gente le causaba morbo y en ese momento te discriminan desde la mirada, yo quería quitar eso. Decidí que quería ya ser Gisele completamente.

Gisele hizo los trámites necesarios para su cambio legal de identidad en la Ciudad de México, gracias a una nueva ley que facilitaba un proceso que antes era sumamente engorroso. Supuso que haber completado el trámite en la Capital facilitaría el trámite para cambiar su acta primigenia en su ciudad natal, pero no fue así, se encontró con que una mujer en el registro civil le dio una rotunda negativa.

‒Creo que yo tenía inconscientemente el prejuicio de que si un hombre me atendía en las oficinas iba a tener mente más cerrada, supuse que, en cambio, al tratarse de una mujer, sabiendo que las mujeres hace muy poco pasaron tiempos difíciles donde ni siquiera se les permitía votar y aún ahora sufren discriminación entonces ella iba a ser un poco más comprensiva o hasta solidaria, pero fue todo lo contrario, me dijo que no, que aquí no se podía hacer eso, que el estado no permitía ese tipo de cosas para la gente que está mal.

Gisele conoció entonces a cuatro personas en la misma situación que ella, dos hombres trans y dos mujeres trans, juntos acudieron a las oficinas tlaxcaltecas de Derechos Humanos para buscar asesoría. Resultó que Derechos Humanos ayudó en todos los trámites, los acompañaron al registro civil, al juzgado, estuvieron siempre presentes, ocupándose de los cuatro casos simultáneamente hasta que, cuatro meses y veinte días después, Gisele fue la primera en obtener su cambio de identidad.

‒Así fue como me tocó ser la primera del estado. Yo sabía que esto, antes que todo y por supuesto, me beneficiaba a mí, pero que iba más allá, porque, aunque entre la gente de mi generación algunos pueden tener interés en concretar este trámite y otros no, detrás de mi vendrán más personas, más generaciones. Varias personas me felicitaban porque soy la primera, pero yo en el momento lo vi más bien como una victoria personal, aunque ser la primera a veces es complicado porque la gente en otras instituciones no sabe qué hacer; en la SEP no sabían cómo hacer ciertos trámites o cómo tratarme, lo mismo en el Seguro, yo tenía que estarles explicando cómo deberían tratar a otras personas en mi situación, porque no conocen el tema, tienen ideas confusas y hay que ayudar a aclararles algunas cosas, así que eso es el trabajo extra que implica ser la primera. También se ha acercado gente pidiendo que la oriente y yo intento apoyar lo mejor que puedo, porque cuando yo inicié mi transición nunca encontré a alguien que me explicara, que me guiara, tuve que ir sola a descubrir las cosas.

Le pregunto a Gisele cómo resultó haber vivido toda su transición en Tlaxcala, un sitio más bien pequeño, tanto geográfica como, muchas veces, mentalmente. Me confirma que aquí predomina el criterio cerrado pero, en realidad, la tolerancia no está distribuida de la manera que uno imaginaría.

‒Hace unos años trabajé en una primaria, ayudando a una maestra a la que previamente le comenté mi situación, para que después no hubiera problemas. Me preocupaba la reacción que pudieran tener los padres de familia, llegué a imaginar el peor escenario posible con gente queriendo lincharme y yo corriendo por las calles. Pero no, para nada. Se trataba de una comunidad humilde y muy tradicionalista pero sólo recibí aceptación, fue muy bonito, me he dado cuenta de que en zonas rurales este tipo de temas son más aceptados. En cambio, en la capital, donde la gente dice ser más “civilizada”, su criterio es mucho más cerrado, es un gran contraste, pareciera que entre más preparadas académicamente están las personas son de mentalidad más cerrada. He conocido gente que no ha estudiado más que la primaria, algunas que incluso la dejaron trunca, personas así que me vieron durante mi transición y su trato se ha mantenido amable, “hola, hija, cómo estás”, “pásele, señorita”, como si desde un principio me hubieran conocido con esta imagen. Aquí, en Tlaxcala Centro, gente que me conoce desde hace años y que tienen licenciatura, maestría y hasta doctorado, en cambio, siguen con la idea de que como me conocieron de un género insisten en tratarme y hablarme de esa misma forma. Se trata de mi identidad, si les cuesta trabajo aceptarlo lo entiendo, pero deben mostrar respeto, no llamarme como ellos quieran, tengo ya un nombre, tengo un acta de nacimiento.

Gisele me dice que le parece redundante que esas personas le pregunten cómo deberían tratarla, si en masculino o en femenino, porque ella vive completamente su vida como una mujer y, en realidad, si uno no conoce su historia sería muy difícil imaginar que no nació bajo el género con el que se ha identificado, las personas que no la conocen prácticamente nunca se dan cuenta. Todo parece ser una cuestión de lo que uno irradia.

‒He tenido buenos tratos, atenciones, en el transporte me han cedido el asiento y yo todavía no me la creo, son momentos muy bonitos porque te reafirman. Pienso que si la gente te ve segura no te anda diciendo cosas, incluso hasta te tienen cierto respeto; en el vecindario donde vivo, por ejemplo, la gente vio mi transición drástica de niño a niña y hoy en día me respetan, no me dicen malas palabras ni me molestan, es como si desde un principio me hubieran conocido como mujer. Creo que te ven firme en tu decisión y es lo que respetan, se mantienen al margen y es padre ganarse el respeto… yo sé que eso tendría que estar implícito, pero hay gente que lo olvida y comienza a juzgar u ofender. Pero no hay que quedarse en pensar que no puedes explayarte porque te van a criticar, que no puedes expresarte porque te van a ver mal. La gente siempre te va a ver mal por una cosa u otra. La identidad de las personas no tiene por qué afectar a terceros, si yo secuestrara, matara o violara sería distinto, pero esto es algo personal, es mi identidad, no afecto a nadie con eso, pero la gente se adjudica el problema, por el simple hecho de existir ya quedas mal visto.

» Otra cosa que he notado es que las personas se fijan con más recelo en las mujeres trans, los hombres trans pasan bastante más desapercibidos. La sociedad en general nos ve mal porque les parece que vamos de más (ser hombres) a menos (ser mujeres), a los hombres trans en cambio los ven como que quieren ir de menos (ser mujer) a ser más (hombres)… existe todavía esa ideología absurda de que la mujer es menos que el hombre.

Le pregunto a Gisele cuáles fueron para ella los momentos decisivos de su transición, me responde que fueron tres.

‒El primer momento fue cuando yo misma me identifiqué con aspectos femeninos, entre los tres y cinco años. El segundo fue cuando pasé de, digamos, mi etapa travesti, que era sólo en las noches y bajo ciertos horarios, a decidir mostrarme al mundo tal como era, cuando decidí que ya no iba a estarme escondiendo porque no estaba haciendo nada malo, nada que me avergonzara; decidí esto cerca de los veinte años, así empecé mi transición, cuando decidí que quería andar de chica todo el tiempo. Comencé a salir a la calle, como mujer, de día. Salí con miedo por la gente, sentía que me iban a reconocer, a ofender, a lo que todos le tienen miedo al principio… Yo sabía que me encontraba en una ciudad conservadora, una ciudad pequeña donde todos se conocen, estaba asustada, pero decidí arriesgarme porque no podía seguir viviendo con miedo. Al salir me di cuenta de que los temores y prejuicios en que venía yo pensando no resultaron como los había imaginado, porque a fin de cuentas la gente no se fijaba, no están atentos a ti todo el tiempo; ya cuando platicas directamente y empiezas a entrar en detalles algunos se espantan, incluso ha habido personas que me reprochan “haberlos engañado”, pero yo no estoy engañando a nadie, simplemente digo mi identidad, mi vida, es todo lo que hago. Hoy en día voy por la calle y la gente es indiferente, camino y es lindo porque incluso he recibido buen trato ‒la veo sonreír con una muy fugaz nota de melancolía en los ojos‒, a veces pienso que tardé mucho en finalmente hacer esto. El tercer momento decisivo fue mi cambio legal de identidad, ya puedo gritar al mundo que soy Gisele, porque ya sé que legalmente, en mi país, en mi estado, en cualquier parte del mundo ya soy yo, ya no tengo que estar dando explicaciones, me siento respaldada.

» A lo largo de mi transición el principal apoyo fue mi familia, porque no me corrieron de casa ni me dieron la espalda sino que me apoyaron. Perdí amistades, algunas dejaron de hablarme, pero a cambio encontré otras, llegó gente nueva a mi vida. Cuando empecé con todo esto tenía muchas expectativas negativas, pero la mayoría de la gente cercana me ha extendido la mano, he conocido personas a lo largo de mi transición que me han animado a seguir adelante, a defender mi postura porque no hay nada de malo en ella. Ahora me sorprendo, porque nunca imaginé encontrar tanta gente que me apoyaría, gente que encontré, en primer lugar, gracias a que inicié la transición.

Le pregunto, ya fuera de los baches legales, qué fue lo más difícil de su transición.

‒Lo más difícil fue decirle a mi familia por primera vez. No sabía ni siquiera cómo abordar el tema… tenía miedo. Después de decirles mi mamá no tardó ni una semana en asimilarlo, me gustó la metáfora con que se me acercó después de eso… ‒se lleva la mano derecha a un costado de la cabeza‒ me dijo “ok, me apago el switch de hijo” ‒baja la mano y ahora se lleva la izquierda al otro costado de la cabeza‒ “y enciendo el switch de hija”. Y así fue, después de eso mi mamá me llamaba hija, me dijo “yo tengo dos hijas y punto”. Entonces yo tenía diecinueve años más o menos, y esa actitud de mi mamá me ayudó mucho a seguir adelante, porque me hizo sentir que mis cimientos estaban bien, teniendo esa aceptación. A mi papá le costó más, incluso cuando le mostré los papeles del cambio legal sentí que él… ¿cómo explicarlo…? Que eso lo devastó, yo creo que él tenía su última esperanza de controlar esto al saber que mi identidad legal era de varón, así que cuando se enteró del trámite y le dije que ya no tenía un hijo y una hija, sino dos hijas… sentí que herí su orgullo, no sé explicarlo… pero le costó más trabajo asimilarlo… y lo entiendo, por el trasfondo cultural, su educación, haría yo mal en juzgarlo y criticarlo.

» Con mi hermana la situación fue distinta. Ella es cinco años menor, y para ella fue algo tan natural como cuando mamá nos gritaba que bajáramos a comer. Le dije mi situación a mi hermana y ella sólo dijo “ah, ajá” ‒se ríe, recordando el momento e imitando el gesto apacible de su hermana‒. Yo esperaba otra reacción, me preocupaba que se avergonzara de mí, pero fue quien se lo tomó con más normalidad, con eso ella me enseñó algo importante a mí. Fue lindo que resultara así. En cierta forma entiendo a cada uno, a mis papás y a mi hermana, porque sé que vienen de épocas diferentes, hay gente a la que le cuesta asimilarlo más que a otras y eso no está mal. Solamente me parece mal que haya gente que se niegue a conocer más cosas, a aprender de lo que no conoce, que se conforma solamente con lo que ya sabe, gente que se ensaña y se aferra. Es cuestión de cada quien permitirse conocer más cosas.

Le digo a Gisele que luce feliz, le pregunto si acaso eso significa que ya ha dejado atrás todos los problemas más graves con respecto a su transición.

‒Me siento realizada, en todos los aspectos. Me falta seguirme preparando, sé que me falta alcanzar más cosas, no me quiero conformar con lo que tengo hasta ahora, pero voy paso por paso. Con mi familia las cosas están mejor, después de que hubo un tiempo de conflictos hoy en día la aceptación es más favorable, ya salimos a la calle, platicando, siendo de lo más normal, natural. El apoyo de la familia es muy importante para cualquier situación.

Ahora, por fin, Gisele es completamente ella misma, le pregunto si eso la ha hecho aprender algo nuevo sobre sí misma.

‒Sí, además de darme mucha más seguridad en mí misma aprendí que algunas de mis ideas previas sobre el tema estaban equivocadas, yo pensaba que todas las chicas trans debíamos salir del mismo molde, que todas queríamos alcanzar un mismo modelo de mujer, la más bonita, la más deseada, la más popular… pero no es así, porque cuando vas por la calle ves una infinidad de cuerpos muy distintos entre sí, y el tipo de físico no te hace ser más ni menos. Cada una se construye a sí misma de acuerdo a la perspectiva que cada una tiene sobre el género. Hay chicas trans que se operan para alcanzar una belleza muy voluptuosa porque para ellas su concepto de belleza en una mujer es ese, para otras es menos llamativo y más natural. Eso es lo que aprendí, que la gente se construye a sí misma desde la perspectiva que cada quien se crea. Se piensa que para ser mujer tienes que ser bonita, arreglarte, tener bonito cuerpo… eso es influencia de los medios, que quieren hacerte creer que si no eres así entonces no eres realmente.

Es imposible no sentir el entusiasmo de Gisele en su situación actual, le devuelvo la sonrisa y le pregunto ¿Personalmente cómo defines ser una mujer?

‒Ser una persona que trabaje, que tenga ideas propias. Lo que tengas entre las piernas no te hace más ni menos que nadie. Saber que eres libre de vestirte de la forma que quieras y no por eso estás provocando. No digo que ser mujer sea ser linda, femenina y arreglada, porque no por no “arreglarte” dejas de ser mujer. Es expresarlo en la forma más natural.

 

La búsqueda de identidad sexual podría parecer un tema muy específico, pero en realidad no es otra cosa más que una de tantas formas que toma la búsqueda de identidad, el trabajo de encontrarse a uno mismo, y por lo tanto es algo con lo que absolutamente todos podemos identificarnos. Personas como Gisele, en realidad, incluso nos llevan ya un buen tramo de ventaja a la mayoría de nosotros, porque han progresado mucho más en el complicado proceso de encontrarse a sí mismas, conocer su satisfacción y felicidad es algo que debería inspirarnos a todos en nuestras propias búsquedas personales en la vida. 

 

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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