Ghostbusters

Los anacronismos son formas canónicas de ocultar el conservadurismo cultural.  En clase de Teoría Política, una alumna defendió un anacronismo con el argumento aristotélico que prescribe que la mujer debe ser gobernada por el hombre debido a que es incapaz de controlar sus emociones. Prejuicio cultural difundido a “lo mexicano” o a lo bestia querido lector: el hombre, sujeto racional; la mujer, entidad estrictamente emocional. Lo que me preocupó, más allá del neo-agrarismo cultural, es la recurrente justificación de la superioridad masculina con base en supuestos racionales no justificados. El problema es que estos aparentes argumentos son la ventana por la cual se asoma la normalización del machismo cotidiano y, por extensión, la naturalización de la violencia en contra las mujeres.

Según los diccionarios al uso, la violencia machista -que no debe ser confundida con la violencia de género- es la acción violenta ejercida por el varón cuando pierde la capacidad de autogobierno. Esta definición, por más sutil esfuerzo de comprensíon, es una definición violenta debido a que perpetúa una lógica masculina de dominación. Por ello, quizá sea peligroso cuestionar si este tipo de violencia es racional, pues probablemente la formulación de la pregunta encierra un proceso de normalización cometiendo una especie de autogol. Pensar la violencia es ya un proceso de racionalización, pero su comprensión no extiende su legitimación social como práctica justificable.

Respecto de la violencia del Holocausto, Hannah Arendt escribió que comprender no implica perdonar. Lo mismo podemos decir de la violencia machista: el esfuerzo psicológico y sociológico por comprenderlo no implica su aceptación como un fenómeno concomitante de la naturaleza humana. La violencia machista, por consiguiente, es un espectro arcaico de las sociedades tradicionales activadas en el presente que cumple una función básica: profanar la dignidad humana. Este espectro, que aparece y desaparece según el grado de dominación de cada sociedad, adquiere materialidad para penetrarse en el imaginario y el cuerpo mancillado de las víctimas. Enemigo silencioso que, en su mayoría, es un escándalo de fuerza que retrata síntomas de impotencia, temor y soledad. Es más, lo peligroso con este tipo de violencia es su impacto simbólico nutrido generación tras generación mediante las narrativas cristianas que fomentan la subordinación de la mujer respecto del hombre. No es casual, por lo tanto, que en los países predominantemente católicos exista mayor violencia en contra las mujeres. Baste recordar algunos filmes españoles acerca de la violencia de género: Te doy mis ojos (Icair Bollaín), Celos (Vicente Aranda), Sólo mía (Javier Balaguero), Qué he hecho yo para merecer esto (Pedro Almodovar), María portuguesa (Dacil Pérez de Guzman); o la mexicana Cicatrices (Paco del Toro) y la argentina, Antigua vida mía (Hector Olivera). En tal caso, de las siete películas anotadas, cuatro incluyen algún pronombre posesivo ¿será esto relevante?

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Antes de continuar debo aclarar un silencio que es, asimismo, violento: la responsabilidad femenina en contra del machismo es igual de importante que la militancia masculina en contra de la violencia. Si la violencia inicia con y desde el lenguaje, entonces es menester disolver el binomio víctima-victimario para así operar sin una lógica de dominio patriarcal. Anteriormente, algunas feministas y el viejo Derrida mostraron que la mayoría de los binomios conceptuales con los cuales organizamos la vida social encubren una lógica de dominio masculino difícil de erradicar. El binomio víctima-victimario, por ejemplo, activa un  marco de dominio masculino en el que la víctima desea invertir los roles asumidos y convertirse en verdugo. Lo que escapa a la víctima, el margen, es la posibilidad de fundar un orden nuevo sin repetir las estructuras de dominación. Recuerde, lector(a) atento, la lógica patriarcal del filme de Polanski: Luna amarga (A Bitter Moon). Este filme, precisamente, muestra que la frontera entre amor, violencia y perversión está hecha de un hilo tan tenue que su tejido conduce necesariamente a la tragedia. La tragedia de la subyugación femenina.

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Por lo anterior, intuyo que la auténtica acción radical en contra de la violencia machista –no contra la violencia de género o los feminicidios- consiste en romper la lógica masculina de dominación desde el centro del conflicto: las desnaturalización de la diferencia de género. Para conseguirlo, se requiere la conjuración del espectro teológico de dominación masculina o, mejor aún, el asesinato del machismo interno que tanto hombres como mujeres llevamos tatuado biopolíticamente. Esto, a su vez, necesita de la aceptación primaria de que la violencia machista opera con una lógica fantasmal: una acción opresiva que está condenada a repetirse una y otra vez si no exorcizamos su daño continuamente. La conjuración del espectro machista sólo es posible si aprendemos de las catástrofes, si comprender no es sinónimo de perdonar, si somos nuestros propios cazadores de perversiones. Por último ¿Qué hacer con el hombre violento? ¿cómo relacionarse con el macho iberoamericano difundido narrativamente todo el tiempo? Tratarlo tal y como actúa: un incontinente, un acomplejado social, un polimorfo perverso que goza de la violencia animal, un analfabeta emocional que sólo ostenta su incapacidad de amar.

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Ángel Álvarez

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