Estela, otra galaxia

Cerró los ojos y dejó que creciera su cabello. Morado y no más hasta los hombros, como esa cantante que recién se había puesto de moda en Venus. Nunca pensó que lograría el mismo efecto sola. Las otras requerían siempre de las hadas, tanto para rostizar conejos verdes como para preparar pócimas amarra-príncipes-autoritarios. Era una bendición no necesitar de esas estúpidas niñas insectoides para poder ser auténtica. Se sentía casi como probar la libertad.

Las uñas le crecieron como hierba, como aquel calcetín lleno de tierra al que regaba cada martes y que llamaba Pepe Pasto. Las regó poquito y listo, le brotaron al instante. Las abonó con cáscara de plátano del Tíbet y aguacate saturnino. No era experta en jardinería, pero no hacía falta más que un poco de sentido común para saber cómo mimar a una plantita. Las de la mano derecha las pintó del mismo tono diamantino que tenían los ojos de los tigres en Alfa Centauri. Las de la izquierda estaban hechas de pelo condensado, tan morado como su melena.

Para cerrar, se puso los tacones cual corona. Los había fabricado con rastrojos de obsidiana rescatada de minas aztecas. Unió cada piedra con su costurero casero de enlaces iónicos. Le quedaron tan perfectos que, cuando entraban en contacto con su piel, se convertían en superconductores y flotaban al pasar cerca de un imán. La plataforma era discreta, de apenas unos quince centímetros. Claro que le gustaba llamar la atención, pero tampoco se trataba de andar en zancos como una saltimbanqui.

—Hoy soy un poco más libre que ayer —se repitió antes de salir.

Afuera, en la ciudad, reinaba el gris. Los milenios seguían pasando sobre ese pobre planeta sin traer nunca ni un hilito de esperanza. No era sólo el color del humo y del asfalto, sino la expresión de todos los andantes. No importaba si eras de la Tierra, de Venus o de Marte. Ni siquiera los que venían de las colonias de Júpiter y Saturno lucían un poco más felices.

―No tienes que reírte todo el tiempo ―decía el príncipe, como de broma, cuando estaba de buenas―. ¡Me caga tu puta sonrisa! ―más de malas.

Ojalá no hubiera sido siempre tan ingrato, pensaba. Que me hubiera dejado quererlo algunas veces. Pero nada, puras habas de Plutón. Tanto empeño que había puesto en tratar de mantenerlo contento. Tantas dietas y sopas y desvelos. Cuántos años de estudio de la alquimia hipermoderna en la universidad había tirado al caño espeso para intentar sacarle un re-pútrido te quiero. Pero nada, sólo gorda, estúpida y marrana. Sólo celos, control y mucha mierda.

Era una lástima que todo hubiera terminado así, tan de repente.

Estela vomitaba la violencia y se oponía con pelo y uñas a ocuparla. Probó de todo para evadir la situación. Intentó hacerse más paciente inhalando polvo de mezcal y metiéndose extracto de amatista. Solicitó incluso la mediación de un monje budista de la orden tri-uraniana y muchas veces trató de divorciarse por la paz. Pero nada. Sólo más gorda, más estúpida y marrana.

Estela vomitaba la violencia y se repudiaría por siempre el haberla utilizado. Se le quedaría de cicatriz en la jetota, como las pinches marcas ésas que le había dejado el brote 33 de la pandemia de viruela.

―’Ora sí que ni qué hacerle, ya no queda más que apechugar ―se dijo, mientras tiraba en el depósito los pedazos del cuerpo de Epifanio. En una bolsita negra, claro, que tampoco era una cínica insensible.

Se despidió del hombre. De su hombre. Ése al que había querido tanto y que le había pagado con puros chingadazos. Le echó un cerillo a la basura y listo, se fue bien mona tarareando a la Hey Jude.

En la calle todos la miraron como él. No había día en esa intergaláctica existencia en que no la vieran como si fuera un esperpento monstruoso y ajeno a cualquier forma de vida. Pero hoy se reinventaba el universo. Y en el nuevo no habría lugar para el estigma. Lo decidió mientras sumergía el rostro de Epifanio en el tazón de las verduras: Jamás volvería a depender de la bondad de los extraños. 

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

David Ledesma es activista en favor de las personas de la disidencia sexual y de género. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Le dicen la malquerida.
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